
Crónicas de mis Recuerdos
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Sentadas alrededor de una mesa con varias damas distinguidas -- Margarita Ramírez Morales, Etelvina Villalobos Ostos, Lilia Lechuga Mejía y María Elena Núñez Barrio-- disfrutamos de una charla con ellas, y escuchamos historias y recuerdos de su escuela favorita en el barrio de Santo Niño, el antiguo "Centenario," no era cualquier escuela, la cual nacería con el siglo XX porque la fundadora, Ángela Irigoyen Salazar, estaba luchando por el futuro con sus clases el 16 de julio de 1906, cuando Chihuahua era una comunidad semi-rural y su barrio era una especie de "isla" que estaba separada por el río Chuvíscar y sus corrientes. Angelita, como todos la llamaban cariñosamente, estuvo al frente del Centenario durante 20 años, y fue la mejor escuela para la educación de los niños de esa época, lamentablemente le alcanzó la muerte el 31 de mayo de 1937 en su casa, en el mismo barrio.
Las cuatro paredes de la Centenario, escuela señorial, también fueron testigos de la labor docente de otras maestras que dedicaron con pasión su vida a la enseñanza de tantas generaciones. Es el caso de Natalia Portillo de Santana, de quien Margarita y Etelvina recuerdan sus andanzas infantiles al lado de esta maestra que depositó en ellas, y en muchos pequeñines, la semilla que las convertiría en gentes de bien hacia el futuro y en adolescentes responsables: “Nuestra vida era jugar y jugar, y la escuela Centenario nos ofrecía un espacio para todas las actividades, tanto académicas como culturales y de diversión. Nuestra escuela estaba conformada por dos salones, con capacidad para más de 50 alumnos, y un año más tarde de su fundación, se tuvo la necesidad de ampliarla por la importante demanda que tenía. Colindaba con la calle J. de la Luz Corral, tenía enormes techos de madera que me impresionaban todos los días al verlos, ya que, recuerdo que, en ocasiones, alguna que otra paloma o pájaro se escondía de manera discreta para hacer su nido.
“Las aulas olían a madera vieja y tiza mojada, los paneles de madera a nuestro alrededor formaban un marco, los bancos eran duros y brillantes, donde centenares de niños se sentaron a aprender. Nuestro trabajo estaba colgado en las paredes, esos pequeños y torpes dibujos y letras que ahora parecen mapas de un país que ya no existe. La profesora Portillo tenía un don para hacer que esos trabajos importaran, los colgaba cuidadosamente, como medallas, y así las paredes se convertían en nuestro museo; la oficina del director era un pequeño cuarto, a un lado del amplio pasillo de entrada, solo cruzar el umbral hacía que el aire pareciera más denso. Teníamos miedo del director Manuel R. Squech, y luego de la señora Lucía Curiel de Barrios, la madre de los doctores Barrios Curiel, y en los últimos años de nuestra estancia, del profesor Jesús Guerrero. Los directores con los que convivimos durante años, pero la verdad es que ir a la oficina del director significaba castigo. Y esa frase, “Trae a tu papá o a tu mamá,” “Necesito hablar con ellos,” resonaba como una sentencia. Por eso tratábamos de evitarlo, y pasábamos de largo, conteníamos la respiración, y si el destino fallaba, nuestros corazones se hundían hasta los pies.
El salón de actos tenía su propia historia, al frente, el piano esperaba. Estaba tranquilo y serio; abajo, estaba el escenario que solía tener cortinas, ahí, la profesora Natalia García de Gameros, daba clases de canto una tarde a la semana. Vivía en la Avenida Juárez. Llegaba con unos ojos verdes muy hermosos. Llevaba sombra de ojos negra, su cabello estaba recogido, tenía una trenza cruzada o enrollada, parecían dos orejeras. Formaban adornos en su cabeza, siempre quiso formar un coro y lo intentó con mucha paciencia. Se recuerda una canción de todo ese esfuerzo. "Qué bonita se ve mi Susana cuando corre por el campo de trigo". También cantábamos el Himno Nacional, no llegamos muy lejos, pero en esos intentos aprendimos algo, ella nos enseñó a elevar nuestras voces. No teníamos miedo de pertenecer.
“Iniciando la década de los años 40s tanto en verano como en invierno, asistíamos a un kínder ubicado al lado de la Iglesia del Santo Niño con la misma maestra Natalia en filas de dos en dos, para atravesar la avenida Colón. Cada mañana nos reuníamos en la Centenario y ahí las maestras Mercedes y Ana María López con cuidados y amabilidad, nos llevaban a pie hasta el kínder; algunas asistimos tres años, otras dos y en caso extremo solo uno. Al terminar esa parte de nuestros inicios en las aulas, nuestras mamás no tuvieron empacho en inscribirnos en la escuela del barrio, nuestra Centenario, majestuosa y enorme donde recordamos con cariño la cátedra de la maestra María Luisa Marrufo, paciente y un buen ser humano quien nos contaba diariamente un cuento para entrar en calor. Después, nos enseñaba una letra tras otra hasta que aprendimos las vocales y los primeros números, era una verdadera pedagoga que nos dio las bases para seguir subiendo los peldaños de la vida.
“Fuimos avanzando en los grados, pasando a segundo hasta llegar a sexto, algunas otras queridas maestras, unas nos dieron clase otras no, fueron Elena Acevedo de Lozano (†), María Hernández Morales, Berta Dorado Holguín (†), Adela Morales, Margarita Corrales Flores y otras que se nos escapan de la mente. Ya en sexto grado, allá entre los años de 1946 a 1948, la maestra Natalia siempre organizaba clases muy interesantes como la llamada “labores manuales”, “manualidades” donde nos enseñaba a poner botones, tejer, hacer bordados y era tan interesante que, siempre estábamos tan ansiosas de llegar a estar con ella; la calidad humana era grande, no era una maestra regañona como otras que hasta daban miedo, en cambio, a nuestra estimada profesora Natalia, nunca le tuvimos miedo, sino cariño, respeto y cuando se llegaba el viernes, ella lo destinaba para hacer un día social, tratando de enseñarnos y orientarnos a acerca de cómo enfrentar la vida “bronca”, ya que, siendo jovencitas de sexto, nuestras vidas empezaban a cambiar en lo físico, fisiológico y mental, por lo que la orientación de ella fue determinante.
“Muchos de los temas referentes a las jovencitas eran verdaderos tabúes, y la maestra Natalia, nos los explicaba con manzanitas y piedritas de forma muy pedagógica de cómo enfrentar nuestras dudas, vergüenzas, temores, miedos, debido a que, no teníamos ningún tipo de actividad social como ahora los jóvenes que van a fiestas, y a tantas diversiones en la calle. Me acuerdo que, una vez nos orientó sobre el tema de la menstruación que era sin duda un tema muy peligroso, y una palabra que nunca existía en nuestro vocabulario, sin embargo, ella lo explicó con toda sencillez y maestría que lo pudimos entender, y llegar estar preparadas para tal evento en la vida a la edad de 11 y 12 años…Esta crónica continuará.
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Fuentes:
Sra. Margarita Ramírez Morales. Etelvina Villalobos Ostos (Etel), Lilia Lechuga Mejía, María Elena Núñez Barrio y Fototeca-INAH-Chihuahua.