
Ayer Chihuahua volvió a encontrarse con una parte importante de su historia. La develación del busto de Francisco Barrio Terrazas y la incorporación de su nombre al Circuito Universitario no fueron solamente un homenaje a quien gobernó nuestro estado. Para muchos de nosotros fue inevitable recordar lo que Pancho significó para toda una generación.
Hablar de Pancho Barrio es hablar de valentía; de aquellos años en los que defender la democracia no era cómodo ni sencillo y, en ocasiones, significaba arriesgar mucho más que una elección. Eran tiempos de un sistema de partido hegemónico que durante décadas construyó una enorme estructura de poder y lealtades, donde un lonche, una despensa o una promesa podían utilizarse para comprar un voto y muchas personas terminaban entregando su futuro por la necesidad del presente.
Frente a eso surgió una generación de ciudadanos que decidió perder el miedo. Pancho fue uno de sus grandes referentes e inspiró a miles a salir a las calles, defender el voto y creer que la alternancia era posible. Aquella lucha, particularmente la del verano de 1986, continuó hasta verlo llegar al Gobierno de Chihuahua en 1992 y, años después, presenciar algo que durante décadas parecía imposible: un candidato de oposición ganando la Presidencia de la República.
Tuve el privilegio de trabajar muy de cerca con Pancho en su Secretaría Particular. Conocerlo, aprender de él y ser testigo de su manera de entender el servicio público marcó mi vida. Pancho ha sido, desde entonces, una de las grandes inspiraciones de mi participación en política.
Aquello no fue solamente cambiar de partido en el gobierno: fue construir ciudadanía, fortalecer instituciones y demostrar que era posible gobernar de otra manera.
Por eso fue particularmente significativo escuchar ayer a Tencha Barrio. Sus palabras nos permitieron mirar a Pancho desde una dimensión mucho más personal.
También me hizo reflexionar el mensaje del alcalde Marco Bonilla y una frase que me pareció especialmente poderosa: a la generación de Pancho le tocó abrir las puertas de la democracia; a la nuestra nos toca impedir que vuelvan a cerrarse.
Porque conquistar la democracia requirió valor, organización, participación ciudadana y personas dispuestas a enfrentarse a un sistema que parecía invencible y conservarla nos exige exactamente lo mismo.
Cuarenta años después de aquel verano caliente de 1986, hay cosas que preocupantemente vuelven a parecernos familiares. México vive nuevamente bajo el predominio de una sola fuerza política que busca concentrar cada vez más poder y regresó también una vieja práctica, ahora perfeccionada: utilizar la necesidad de las personas para construir lealtades políticas. Antes eran el lonche y la despensa; hoy son transferencias de dinero público que desde el poder se pretende hacer creer que son dádivas de un partido.
El problema no son los apoyos sociales, pues un gobierno humanista debe acompañar a quien lo necesita. El problema comienza cuando un derecho se utiliza para construir lealtades políticas y la necesidad de las personas termina convertida en una transacción electoral.
Por eso el legado de Pancho Barrio no pertenece solamente a la historia. Hoy vuelve a interpelarnos.
En Chihuahua esa defensa no ha quedado solamente en el recuerdo. Maru Campos ha sostenido con firmeza una manera de gobernar que pone por delante a Chihuahua, sus libertades y sus instituciones, aun cuando eso ha significado enfrentarse al Gobierno Federal, señalar lo que considera injusto para nuestro estado y mantener una posición firme frente a un poder que demasiadas veces parece más dispuesto a justificar, minimizar o guardar silencio frente a quienes son señalados por coludirse o pactar con el crimen organizado, que a respaldar a quienes deciden combatirlo.
Y ahí aparece también la responsabilidad de Marco Bonilla: continuar lo que Maru ha sostenido para los chihuahuenses y defender a Chihuahua.
En el último encuentro entre Pancho y Marco hubo un momento que hoy adquiere un significado especial. Aquel hombre al que alguna vez llamaron “el Bárbaro del Norte” le pidió a Marco ser valiente, no tener miedo y, mucho menos, rajarse ante el reto que tiene por delante.
Palabras muy de Pancho. De alguien que sabía lo que significaba enfrentar a un sistema poderoso y mantenerse firme cuando estaban en juego las convicciones. Porque cada tiempo tiene sus propias circunstancias y cada generación sus propias batallas, pero el mensaje sigue vigente: cuando llega el momento de defender aquello en lo que uno cree, hay que tener valor, no tener miedo y no rajarse.
Pancho Barrio hizo su parte. Abrió camino, despertó conciencias y demostró que ningún sistema es invencible cuando los ciudadanos deciden perder el miedo.
A su generación le tocó abrir las puertas de la democracia. A la nuestra nos toca impedir que vuelvan a cerrarse.
Y quizá eso sea, al final, lo que distingue a los bárbaros del norte: defender a Chihuahua cuando hacerlo resulta incómodo, plantarse frente al poder cuando es necesario y no rajarse cuando llega el momento de defender aquello en lo que se cree.
Pancho lo hizo. Maru lo ha hecho. Y a Marco le toca continuar esa historia.
Porque cuarenta años después, conservar la democracia nos exige exactamente lo mismo que conquistarla.
Por: Regidora Isela Martínez Díaz
Coordinadora de la Fracción Edilicia del PAN en el H. Ayuntamiento de Chihuahua
Presidenta de la Comisión de Participación Ciudadana y Sociedad Civil Organizada