
Entre tizas, campanas y recuerdos: la Centenario que llevamos en el corazón (Una Conversación con ex alumnas) -Segunda parte-
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
“Muchos de los temas referentes a las jovencitas eran verdaderos tabúes, y la maestra Natalia, nos los explicaba con manzanitas y piedritas de forma muy pedagógica de cómo enfrentar nuestras dudas, vergüenzas, temores, miedos, debido a que, no teníamos ningún tipo de actividad social como ahora los jóvenes que van a fiestas, y a tantas diversiones en la calle. Me acuerdo que, una vez nos orientó sobre el tema de la menstruación que era sin duda un tema muy peligroso, y una palabra que nunca existía en nuestro vocabulario, sin embargo, ella lo explicó con toda sencillez y maestría que lo pudimos entender, y llegar estar preparadas para tal evento en la vida a la edad de 11 y 12 años.
Cuando daba la campana del recreo salíamos como gacelas para aprovechar el tiempo, jugar e ir a la tiendita a comprar alguna golosina, para nosotras el patio estaba muy grande, tenía dos áreas una de ellas, se utilizaban mucho los lunes el día del saludo a la Bandera, en el otro, había una pila con una llave con agua, la que utilizábamos mucho para darnos un chapuzón el día de San Juan. Era muy común que un alumno o alumna muy temprano, tocara la campana de entrada que estaba frente a los salones de clase, para algunos, era un gusto y para otros no tanto, y una de las voluntarias fue Martha Proa Cisneros, que vivía frente a mi casa y diariamente llegaba muy temprano con mucho ánimo y entusiasmo para tocar la campana, pero también, se acomedía con gusto a tocarla para iniciar el recreo. Era una gritería de alegría para salir a descansar de las clases.
“Camino a la tiendita, atendida por los mismos maestros que se turnaban mes a mes, sacaba mis centavitos que en la mayoría de las veces eran sólo un cinco, que alcanzaban para muchas cosas… Me gustaba comprar tejocotes y manzanas, pero antes tenía que hacer fila para comprarlos, porque era un gusto comerlos además se vendían galletas, dulces de miel de abeja, los famosos barrilitos, donas ¡Qué ricura!; las bolitas de menta, limón, fresa, que las compraban en “La Unión” que estaba ubicada donde estuvo el restaurante “La Olla”, ahí se hacían las sodas gaseosas que nosotros les decíamos corrientes, porque era una botella sin chiste, sin nada…Como olvidar lo que disfrutamos después de ir a la tiendita, con los juegos debajo de aquellos árboles que nos arropaban del fuerte sol. Algunas veces hacíamos verdaderos tendidos con las monitas o muñecas de cartón, porque a la que le traían del Paso, Texas, la considerábamos como una niña muy rica; luego, juntábamos la lanita de los suéteres y nos la compartíamos para ponerlas en los cuadernos como formas decorativas.
“Finalmente, los mazapanes que vendían en papel aluminio de colores con figuras muy bonitas, las utilizábamos para vestir a las muñecas; cortábamos también pedacitos de papel que nos quedaban de las envolturas de los dulces para jugar también, hoy en día le llamaríamos a esto “reciclar” todo lo que estaba en nuestras manos. Cada una aportaba ideas e imaginación, nos sentábamos en las banquetas y hacíamos una verdadera ciudad con las muñecas; las vestíamos, y les hacíamos ropita, y en las amplias áreas del patio, jugábamos a los “yexes”, eran unas estrellitas que las aventábamos y cachábamos con una pelotita, era fabuloso, porque había tal coordinación entre ojos, mano y rapidez, y lo más importante es que, existía la participación de todas; algunas nos sentábamos en forma circular, tanto las que jugábamos y aquellas que sólo observaban.
Las altas paredes eran ideales para cualquier juego simple, por ejemplo, los de pelota que aventábamos haciendo las “retas” para el “guanini” y la que se reía, movía, era “fusilada”. También aventábamos la pelota y la frase que decíamos era antes de cacharla y al devolverla; decíamos todas las frases y no se debía caer la pelota y la que lograba todo esto, era la que ganaba. Recordamos que muchas pelotas fueron castigadas y ya no las devolvían, era nuestro tesoro jugar y una frustración cuando nos las quitaban; no las devolvía por malosos.
“Era triste porque nuestros padres no tenían mucho dinero para comprarnos pelotas y es por eso que el ver el sacrificio de ellos y en un “tris” nos las confiscaban, era verdaderamente frustrante. Algunas veces tuvimos por este motivo algunos conflictos con la maestra Luz Olivas, era muy estricta y debido a que cuidaba mucho su jardín con violetas frente al salón, cuando llegaba a caer una pelota sobre las plantas era seguro que se perdía y hasta castigadas salíamos. Una anécdota no muy agradable fue que en alguna ocasión me subí a uno de sus árboles porque estábamos jugando a aventar cosas y algo se quedó atorado y ella enojada me dijo: “Pareces chango, niña Villalobos” me decía, me subí y todas le teníamos miedo a esa maestra. Otros juegos que acostumbrábamos hacer con nuestros compañeros eran: el saltarín, mamá leche que ahora le dicen el avión; así mismo, los juegos eran de temporada, unos de verano y otros del invierno, algunos era el de saltar la cuerda, el lazo con su respectivo “mole” o a dos lazos, se tenía que ser una verdadera atleta para brincarlo.
“Uno de los detalles especiales –decía Lilia- de la maestra Natalia Portillo de Santa Ana en sexto grado, es que había pedido permiso para enseñarnos a hablar por teléfono, ya que en nuestras casas no se contaba con estos aparatos y sólo en algunas tienditas de barrio (en la escuela y la comandancia) y otro que estaban frente de la placita Porfirio Parra en la Escudero. Teníamos miedo de llamar con esos tan sofisticados aparatos tomándolo con miedo, ya que se nos figuraba que podría salir un monstruo de ahí. De esta manera aprendimos a llamar por teléfono, gracias a la paciencia de la maestra querida maestra Natalia. Ella también nos ayudó al aprendizaje del idioma inglés, lenguaje imposible de aprender en aquellos tiempos y sin pasarme detalle del mismo, nos enseñó una hermosa melodía llamada “Amapola” que hasta la fecha la recuerdo. La escuela contaba con un salón de actos donde se celebraba la fiesta del 10 de mayo y la mayoría participábamos en bailables o poesías corales con las virtuosas del canto como San Juanita Guzmán, María Elena Sáenz, Lupe Molina, Martha Aguilera, Luz Elena Ruiz, Lucha Villa, las que participábamos con gran alegría para todos porque cantaban muy bonito. Margarita Ramírez, recitaba en todas las fiestas; Chole Lechuga, con sus bailes españoles y su vestido rojo con las castañuelas que sabía tocarlas con maestría; Margarita Ramírez que estaba en 4º o 5º, le gustaba mucho la poesía año y ella me había enseñado el Credo a México que está larguísimo, por lo que en una ocasión me llevaron al Teatro de los Héroes (antiguo) a recitarlo. Estaba muy emocionada hasta el momento en que el público se empezó a reír de las chiquilladas que hacía; me sentí tan mal que nada más terminé un párrafo y di media vuelta para salir apresurada. Sin embargo, me dieron mi ramo de flores y eso me tranquilizó, además Luis Lechuga me llevó a regalar una mochila con cuadernos y un tintero porta plumas, borrador, la verdad ¡Fue lo máximo!..Esta crónica continuará.
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Fuentes:
Sra. Margarita Ramírez Morales. Etelvina Villalobos Ostos (Etel), Lilia Lechuga Mejía, María Elena Núñez Barrio y Fototeca-INAH-Chihuahua.