
En este vaivén diario dejamos ir algunas de las cosas más simples.
Todos los días paso frente a un pequeño puesto de flores. Lo atienden tres generaciones: mamá, hija y nieta. Tres mujeres que, mientras una parte de su oficio permanece intacta, también han aprendido a leer los tiempos: qué colores se venden, qué arreglos están de moda, qué flores aparecen en las fotografías y cuáles terminan convirtiéndose en el ramo que alguien quiere llevarse a casa.
Me gusta detenerme a mirarlas. Quizá porque las flores siempre me han parecido una de esas pequeñas cosas que consiguen cambiar un día cualquiera.
A mí me gustan las flores. Me gusta tenerlas cerca. Me parecen vida, felicidad, un apapacho al corazón, gratitud, amor y, algunas veces, también despedida.
Y quizá por eso me quedé pensando en ellas.
Porque vivimos rodeados de cosas que nos recuerdan qué comprar, qué regalar, qué celebrar y hasta qué flores están de moda. Pero, en medio de tanta mercadotecnia, seguimos haciendo algo profundamente antiguo: regalar una parte de la naturaleza para decirle a alguien que pensamos en él.
Y entonces recordé una historia que escuché hace unos días. Alguien preguntaba qué podía ponerle a sus flores para que duraran más: una aspirina, un Mejoralito, alguna vitamina, cualquier pequeño truco para conservarlas.
El florista respondió algo que me dejó pasmada:
“Las flores no se supone que duren. El propósito de las flores es mantenernos en el presente.”
Y quizá por eso intentamos tanto que duren.
Porque nosotros también queremos que dure aquello que amamos.
Desde que cumplí 30, no recuerdo un cumpleaños sin flores. Cada año llegaba un ramo distinto, quizá más grande, quizá más hermoso, pero siempre había algo en recibirlas que me hacía sentir profundamente querida. No era solamente el arreglo. Era saber que alguien había pensado en mí.
Y quizá eso hacen las flores: convierten un sentimiento en algo que podemos tocar.
Las flores también tienen memoria. Hay algunas que parecen guardar una historia particular dentro de sus pétalos.
La Nochebuena, por ejemplo, me lleva inevitablemente a la Navidad: a la familia, a la convivencia, a la mesa compartida, a esa época del año en la que parece que todos encontramos un pretexto para acercarnos.
Los girasoles tienen algo de primavera, de sol, de luz, de volver a comenzar.
Las flores blancas, elegantes, como las Casablanca, pueden llevarnos a una boda, a una promesa, a dos personas diciendo frente a otros: aquí comienza algo.
Y el crisantemo blanco tiene otro lenguaje. Nos recuerda que alguien trascendió. Que hay momentos en los que las flores también acompañan el silencio, el duelo y la despedida.
A mí me gustan las flores lilas, moradas y rosas. Me gusta el lisianthus, con esa apariencia delicada que muchas veces hace que lo confundan con una pequeña rosa japonesa. Me gustan los alcatraces, tan elegantes y limpios en su forma. Me gustan esas flores que no necesitan demasiado para llenar un espacio y, de alguna manera, también llenarnos a nosotros.
Pero hay una flor que espero especialmente cada año: el cempasúchil.
Me encanta ver cómo aparece poco a poco en las calles cuando se acerca el Día de Muertos. Porque esa flor trae consigo una de las cosas que más admiro de nuestra cultura: esa manera tan nuestra de mirar la muerte sin dejar de hablar de la vida.
El cempasúchil nos lleva al Mictlán, a los altares, a las fotografías, a las historias, a los nombres de quienes ya no están. Nos recuerda que alguien puede haber muerto y, sin embargo, seguir completamente vivo en nuestra memoria.
Quizá por eso me gusta tanto.
Porque me hace pensar que las personas no se olvidan.
No mientras alguien las nombre.
No mientras alguien recuerde una historia.
No mientras alguien prepare aquello que les gustaba.
No mientras alguien siga poniendo flores.
Hace unos días escuché otra historia que se me quedó en el corazón. Un hombre acudía todos los días a una florería a comprar flores para su esposa, que estaba hospitalizada. Un día dejó de ir.
La florista pensó que quizá su esposa se había recuperado.
Tiempo después, el hombre regresó.
Pero esta vez las flores no eran para el hospital.
Su esposa había fallecido y ahora las compraba para llevarlas a su tumba.
Y pensé que quizá el amor también es eso: seguir teniendo un lugar para alguien incluso cuando ya no podemos tenerlo físicamente a nuestro lado.
No sé si quienes se fueron pueden ver las flores que dejamos para ellos. No sé si pueden sentir nuestros abrazos, escuchar nuestros nombres o saber que seguimos pensando en ellos.
Pero me gusta creer que sí.
Me gusta pensar que el amor encuentra caminos que nosotros todavía no sabemos explicar.
Y entonces regreso a aquella frase:
Las flores no se supone que duren.
Tal vez tampoco nosotros.
Tal vez tampoco los momentos.
Tal vez tampoco las personas que amamos permanecen para siempre de la manera en que quisiéramos.
Y quizá por eso las flores tienen tanto que enseñarnos.
Nos recuerdan que algo puede ser hermoso precisamente porque es temporal.
Que una flor no pierde su valor porque mañana se marchite.
Que un momento no deja de ser maravilloso porque termine.
Que una persona no deja de acompañarnos porque algún día tenga que irse.
Y que quizá hemos estado demasiado ocupados preguntándonos cómo hacer que las cosas duren, cuando deberíamos estar preguntándonos cómo vivirlas mientras están aquí.
Porque una flor es un regalo.
Pero también es un recordatorio.
De que alguien pensó en nosotros.
De que estamos vivos.
De que hay alguien a quien queremos.
De que hubo alguien a quien amamos.
De que hoy todavía podemos decirlo.
Y quizá esa sea la verdadera razón por la que seguimos regalando flores.
No porque duren.
Sino porque, por un instante, nos ayudan a detener el tiempo.
A mirar.
A recordar.
A agradecer.
A amar.
Y a estar, aunque sea por unos minutos, exactamente donde deberíamos estar:
aquí.