
El Encuentro Nacional de Acción Juvenil fue, por supuesto, un evento político. Pero reducirlo a eso sería quedarse muy corto.
Ahí había una generación que decidió involucrarse.
Entre esos miles de jóvenes seguramente estaban sentados futuros regidores, diputados, alcaldes, senadores y gobernadores. Quizá hasta un futuro presidente de México. No sabemos quiénes serán ni cuánto tardarán en llegar. Y, después de escuchar las distintas intervenciones, entendí que esa tampoco debería ser nuestra principal preocupación.
Porque la pregunta no es por qué queremos llegar, sino para qué queremos llegar.
En política es muy fácil obsesionarse con el siguiente cargo, la siguiente elección, la siguiente fotografía o la siguiente oportunidad. Nos enseñamos a levantar la mano, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué haríamos si algún día alguien decide confiar en nosotros.
Las oportunidades no llegan solamente por quererlas. Hay que buscarlas y, sobre todo, hay que merecerlas.
Eso implica territorio. Implica operación. Implica estudiar, prepararse profesionalmente, escuchar, equivocarse, volver a intentarlo y trabajar cuando nadie está viendo. Porque ser joven no puede convertirse en un mérito por sí mismo. El relevo generacional sirve de poco si únicamente cambiamos las edades y dejamos intactas las mismas prácticas.
Y ahí está, para mí, una de las mayores responsabilidades de nuestra generación.
Muchos crecimos viendo una política que nos decepcionó. Criticamos a quienes utilizaron el poder para enriquecerse, a quienes confundieron el servicio público con el culto personal, a quienes cambiaron sus convicciones por conveniencia y a quienes olvidaron a la gente en cuanto consiguieron una oficina, un cargo o una candidatura.
Sería una tragedia dedicar nuestra juventud a combatir todo eso para terminar convirtiéndonos exactamente en lo mismo.
No podemos convertirnos en aquello que queremos derrocar.
No tendría sentido llegar al poder hablando de democracia y después dejar de escuchar. Defender instituciones cuando somos oposición y debilitarlas cuando nos estorban. Criticar privilegios para después disfrutarlos. Hablar de principios hasta que aparece una oportunidad que exige olvidarlos.
Porque el poder, el dinero, los reflectores y el reconocimiento eventualmente ponen a prueba aquello que hoy resulta muy sencillo defender desde una silla entre miles de jóvenes.
Por eso me quedo con algo mucho más importante que cualquier fotografía del Encuentro: la responsabilidad de recordar quiénes éramos antes de tener cualquier cargo.
Ojalá dentro de diez, veinte o treinta años volvamos a encontrarnos algunos de los que estuvimos en Aguascalientes. Tal vez unos serán abogados, empresarios, académicos o servidores públicos. Otros quizá serán regidores, diputados, alcaldes, senadores o gobernadores.
Espero que para entonces podamos reconocernos.
No por el puesto que tengamos, sino por seguir defendiendo las mismas convicciones que alguna vez nos hicieron involucrarnos.
México necesita una nueva generación en la política, sí. Pero no necesita jóvenes solamente por ser jóvenes. Necesita personas preparadas, sensibles, trabajadoras, congruentes y conscientes de que ningún cargo les pertenece.
Llegar nunca debería ser el objetivo.
El verdadero reto es saber para qué queremos llegar y, cuando finalmente lleguemos, no olvidar por qué comenzamos.