
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
La teología de la liberación no llegó a Chihuahua como un manifiesto escrito en las paredes de las parroquias, sino más bien, como un susurro que se convirtió en voz, luego en grito y eventualmente en memoria. En la década de 1980, este movimiento teológico, nacido del calor de las comunidades latinoamericanas que leían la Biblia con los pies en la tierra y los ojos en la justicia, encontró terreno fértil en la Arquidiócesis de Chihuahua, pero no sin tensiones y contradicciones y, sobre todo, personas que decidieron encarnarlo más allá de los libros.
Un líder de ese movimiento fue sin duda el arzobispo Adalberto Almeida y Merino, un hombre de educación clásica y miembro de todas las sesiones del Concilio Vaticano II, Almeida no era un teólogo de escritorio ni un revolucionario de salón, era un gran pastor que entendía que la fe, si no se convierte en un compromiso con los más pobres, se convierte en una teoría hermosa pero estéril. Bajo su administración, la Iglesia de Chihuahua fue testigo de lo que muchos ahora llaman un "florecimiento espiritual comprometido", así, las comunidades eclesiales de base (CEBs) se multiplicaron en los barrios populares, en las colonias periféricas, en el medio rural, donde los campesinos rezaban con los pies hundidos en la tierra seca.
Estas comunidades no eran solo grupos de oración, eran espacios donde la Biblia se leía de manera diferente, por ello, el Éxodo no era una historia de la antigüedad, sino un reflejo de la migración y opresión contemporáneas; las Bienaventuranzas, no eran un consuelo para el futuro, sino un programa para el presente; me acuerdo que había redes de solidaridad y conciencia crítica en esas capillas; no era solo fe, era denuncia; no era solo liturgia, era organización, y en el centro de esa efervescencia, estaba el periódico Notidiócesis, un tabloide modesto pero poderoso que se convirtió en una voz incómoda para los poderosos y esperanzadora para el pueblo. El padre Dizán Vázquez Loya, fue quizás la cara más visible de esa Iglesia que había dejado de ser silenciosa; sacerdote, comunicador nato, maestro de apologética, periodista y portavoz de la Arquidiócesis, Dizán salía cada domingo desde el púlpito y cada semana en Notidiócesis.
Su espíritu ecuménico, sus palabras medidas pero firmes, su capacidad para equilibrar verdad y prudencia, resistencia y caridad, fue un faro para muchos en una década turbulenta. Los años 80 en Chihuahua fueron tiempos de desorden político, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), parecía imparable, apoyado por una maquinaria de votación que estaba llena de favores, silencios comprados y amenazas veladas, pero algo se estaba rompiendo, la gente comenzó a gritar lo que antes murmuraba, y en ese escenario, la Iglesia, a través de Almeida, se atrevió a decir lo indecible: "¡Hubo fraude!" El año 1986 fue un punto de inflexión, las elecciones estatales fueron uno de los fraudes más descarados del PRI en la historia de Chihuahua, de esta manera, el candidato de ese partido, Fernando Baeza Meléndez, ganó la elección sobre Francisco Barrio del PAN, y la Iglesia desafió la tradición y se negó a guardar silencio, como comenté, Almeida en su homilía dominical replicaba: “La verdad nos hará libres, y ocultar el fraude es esclavitud política”. En los salones parroquiales, esa frase se convirtió en un lema secreto, era el espíritu de una idea muy seria; Dizán, como portavoz de prensa, transmitió este mensaje con una gracia que sorprendió tanto a amigos como a enemigos: “La Iglesia no busca el poder político”, dijo a un reportero de El Heraldo, “pero sí tiene el deber moral de denunciar las mentiras y acompañar al pueblo en su dolor”. Notidiócesis, impreso con poco o ningún recurso y distribuido sigilosamente entre los feligreses y comunidades, documentó abusos, recopiló testimonios, valoró la dignidad humana y desafió la narrativa oficial.
Dizán tuvo mano en escribirlo y elegir las palabras. Pero ese medio también tenía enemigos. Algunos sectores lo llamaron subversivo, infiltrado, un panfleto político. El mismo Dizán recibió amenazas telefónicas: “Padre, tenga cuidado, está pisando terreno peligroso”. No respondió con miedo, sino con más convicción. “No hay verdadera fe sin riesgo”, dijo a un grupo de seminaristas al día siguiente. Pero la Iglesia Romana no disfrutó de este despertar latinoamericano de una Iglesia comprometida con la lucha social, Girolamo Prigione, nuncio apostólico y representante del papa Juan Pablo II en México, actuó como una barrera contra cualquier corriente progresista. Frustrado por las acusaciones contra Almeida, Prigione logró expulsarlo de la Arquidiócesis temprano. No fue solo la remoción de un obispo, fue el colapso de una forma de ser Iglesia.
José Fernández Arteaga, por el contrario, un pastor rígidamente conservador que estaba más en línea con la forma diplomática y un negador de las comunidades de base, hizo un cambio significativo. Prohibió el púlpito para hablar de política, desmanteló las CEBs y entregó Notidiócesis a la supervisión editorial. Dizán, sin ser removido públicamente, fue forzado al silencio; ya no era portavoz, ya no estaba al frente del periódico, no se le permitió realizar conferencias de prensa donde cuestionara el poder. Fue relegado a parroquias más pequeñas, en castigo por su fidelidad a la línea pastoral de Almeida y al Evangelio. Algunos sacerdotes lo evitaban, otros le ofrecían solidaridad en privado. La gente, sin embargo, nunca lo olvidó. Un día una mujer del barrio Rosario se le acercó para pedirle una misa por su hijo desaparecido. "Tú fuiste el único que nos dijo la verdad cuando nadie más lo hizo. Por eso confío en ti." Dizán lloró esa tarde. Se dio cuenta de que el valor de su voz no dependía de cargos sino de conciencia. “Hay dos maneras de crucificar al justo, con clavos o con silencio”, escribió años después en su diario.
Nunca rompió con la Iglesia, nunca dejó de celebrar misa, nunca levantó la voz contra sus superiores, estaba en silencio, pero su silencio era elocuente; en sus homilías hablaba de verdad, perdón, amor al enemigo, pero también del dolor de los pueblos olvidados: niños sin escuela, mujeres golpeadas por el machismo, campesinos sin tierra, la gente escuchaba porque sabían que Dizán no hablaba desde el escritorio, sino desde lo más profundo del corazón. La política en Chihuahua cambió con el tiempo, el PRI se debilitó y la alternancia tomó el control, pues las elecciones de los años ochenta fueron discutidas, algunos, dentro del sistema, admitieron que hubo fraude; las palabras de Almeida y Dizán, comenzaron a ganar relevancia nuevamente, nuevamente utilizadas, reconocidas y revividas. Un día, el político local dijo en un evento público: “Si hubiéramos escuchado a la Iglesia en los años ochenta, nuestro camino habría sido diferente”. Era tarde, pero no inútil. Dizán continuó su camino pastoral, discreto pero firme, creando nuevos líderes, uniendo comunidades, escribiendo reflexiones; nunca buscó el protagonismo, pero su legado creció, aquellos que habían sido sus detractores comenzaron, poco a poco, a rendirle homenaje, ahora, cuando uno visita las parroquias en el norte de la ciudad o asiste a misa en un barrio obrero, se puede escuchar de los labios de un nuevo sacerdote alguna frase que hace referencia a Dizán: “La fe sin justicia es solo superstición, el Evangelio es buena noticia para los pobres, no para los poderosos.”
““En el Chihuahua de los ochenta, la fe bajó del altar a las calles y se convirtió en esperanza de liberación.”
Cualquier comentario estoy a sus órdenes, correo: violioscar@gmail.com Oscar A. Viramontes Olivas, licenciado y master en teología en Ciencia Bíblica; estudiante de doctorado en Teología en Ciencia Bíblica en Universidad Internacional Ágape en California.