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Cuando escribir dejó de ser pensar

Decidir en la era IA
M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega
sacevedo@uach.mx

M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega

Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería.

 

Pensemos en un salón universitario de Chihuahua. El profesor termina de explicar un concepto difícil y se vuelve hacia el pizarrón. Antes de que pueda preguntar si alguien entendió, se levantan veinte teléfonos. Una fotografía captura fórmulas, flechas y definiciones en alta resolución. Nadie ha copiado una línea. La clase continúa con la tranquilidad de quien cree haber salvado algo importante.

Semanas después, durante el examen, un estudiante reconoce la imagen. «Sí lo tengo, profe», dice mientras busca entre cientos de fotografías. Tiene la fecha, la diapositiva y hasta la letra del maestro, perfecta. Lo que no puede hacer es explicar el concepto sin mirar la pantalla. Permítame señalar con la precisión que la situación merece lo que esa escena contiene, porque es más interesante de lo que aparenta. No es un problema de memoria, ni de disciplina, ni de generación. Es un problema de proceso: el estudiante conservó la información con fidelidad perfecta, pero nunca tuvo que elegir qué era importante, relacionarlo con algo conocido ni traducirlo a sus propias palabras. Guardó una palabra sin haberla comprendido. A veces la mano necesita detenerla para que la mente pueda alcanzarla.

 

La confusión pedagógica de nuestra época

Nunca habíamos tenido tanta capacidad para conservar información. Una presentación puede descargarse en segundos; una clase puede grabarse; una inteligencia artificial puede resumir cincuenta páginas antes de que el estudiante abra la primera. Estas posibilidades democratizan materiales, ayudan a quien trabaja, vive lejos o necesita apoyos de accesibilidad. Sería absurdo renunciar a ellas. Sin embargo, la abundancia introdujo una confusión pedagógica que esta serie ha documentado bajo distintas formas durante cincuenta artículos: comenzamos a tratar el acceso como si fuera aprendizaje.

Tener el PDF sustituyó a leerlo. Fotografiar el pizarrón sustituyó a reconstruir la explicación. Copiar una diapositiva sustituyó a formular una idea. Y ahora, en la versión más sofisticada de esa misma tendencia, el asistente de inteligencia artificial que autocompleta frases, sugiere párrafos enteros y termina argumentos con la fluidez de quien ha leído todo lo que la humanidad ha escrito sobre el tema ofrece la posibilidad de llegar al producto final sin haber recorrido el proceso que lo hacía significativo. El artículo cuarenta y seis de esta serie describió ese patrón con el concepto de Paulo Freire: educación bancaria, el sistema que deposita conocimiento terminado sin que el depositario deba construir nada propio. La autocomplección de la IA es la educación bancaria llevada a la oración individual. Te ofrece el final antes de que hayas decidido qué quieres decir.

El aula que fotografía el pizarrón y el algoritmo que autocompleta la oración comparten el mismo secreto: eliminaron el momento exacto en que el pensamiento debía ocurrir.

 

La ciencia es más modesta — y más útil — de lo que sugieren los titulares

En 2024, un estudio de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología comparó la actividad cerebral de estudiantes mientras escribían palabras con un lápiz digital y mientras las tecleaban. Los autores encontraron patrones de conectividad más amplios durante la escritura manual y plantearon que la coordinación visual, motora y sensorial podría favorecer procesos relacionados con memoria y codificación. Los medios lo tradujeron, con la generosidad que los descubrimientos neurológicos suelen inspirar, en una recomendación sobre el futuro de las aulas. Sin embargo, Sara Pinet y Marieke Longcamp publicaron en Frontiers in Psychology (2025) una crítica precisa: observar mayor conectividad cerebral no demuestra, por sí solo, que haya un mejor aprendizaje en niños dentro de un salón real. Los participantes del estudio noruego eran universitarios, escribían palabras conocidas y tecleaban con un solo dedo para controlar el experimento — condiciones que se alejan considerablemente de una clase en Chihuahua.

Esta honestidad científica no debilita el argumento sobre la escritura. Lo vuelve más serio. El estudio muy citado de Mueller y Oppenheimer (Psychological Science, 2014) concluyó que quienes tomaban apuntes a mano obtenían mejores resultados en preguntas conceptuales. La réplica de Urry y colaboradores (Psychological Science, 2021) con 142 participantes no encontró evidencia suficiente para confirmar esa ventaja. El estudio de Shin y colaboradores publicado en Frontiers in Education (2026) con 33 universitarios encontró que los distintos medios producen patrones de procesamiento distintos, pero no diferencias significativas en las pruebas inmediatas de comprensión. Y además añadió una observación que conviene no ignorar: cuando el teclado se utilizaba para una tarea constructiva —formular preguntas en lugar de copiar— algunas diferencias cerebrales frente a la escritura a mano se reducían.

La conclusión incómoda para ambos bandos del debate es también la más útil: escribir a mano no garantiza pensar y teclear no impide hacerlo. El medio influye; la operación mental decide. Un estudiante puede copiar mecánicamente diez páginas con bolígrafo. Otro puede usar una computadora para comparar argumentos, organizar un esquema y redactar una pregunta extraordinaria. El instrumento condiciona la tarea; no la reemplaza.

 

Lo que la fricción produce y por qué el mercado tecnológico tiene interés en eliminarla

La defensa de la escritura — sea manual o por teclado — no necesita nostalgia para ser rigurosa. Su valor aparece cuando funciona como una fricción productiva: una tarea que el estudiante no puede eludir sin tomar una decisión cognitiva. La mano es más lenta que la voz, y por esa razón obliga a renunciar a la fantasía de capturarlo todo. El estudiante debe escuchar una oración completa, esperar, decidir qué conservar y construir una versión abreviada. Escribir se convierte en una forma de editar el mundo. El apunte valioso no es una copia limpia de la clase. Es el rastro visible de una mente que encontró dificultades, estableció relaciones y comenzó a apropiarse del conocimiento.

Aquí aparece el argumento polémico que ningún proveedor de tecnología educativa ha querido formular en voz alta: la industria EdTech y los sistemas de IA generativa tienen un incentivo estructural directo para reducir exactamente esa fricción. Un autocorrector que anticipa la siguiente palabra elimina la decisión de cuál usar. Un asistente que sugiere el siguiente párrafo elimina la decisión de qué argumentar. Un sistema que resume una discusión elimina la decisión de qué retener. Cada una de esas eliminaciones puede presentarse como eficiencia, como accesibilidad o como apoyo al usuario. Lo que no se anuncia es que también elimina el momento exacto en que el aprendizaje podría haber ocurrido. El proceso que la fricción hace posible —seleccionar, jerarquizar, resumir, relacionar, preguntar— es precisamente lo que Kobayashi documentó en su metaanálisis (Contemporary Educational Psychology, 2005) como condición de los apuntes que producen aprendizaje real: no más palabras copiadas, sino mayor elaboración durante el proceso.

La IA puede completar la frase. No puede completar el pensamiento que la frase debía producir. Cuando ocupamos el lugar de uno, el otro desaparece sin que nadie lo note.

 

En la infancia temprana, la escritura tiene una función adicional

En los primeros años escolares, la discusión adquiere otra dimensión que conviene separar del debate sobre toma de apuntes universitaria. Formar una letra no es solamente registrar un sonido; exige coordinar la vista, el movimiento y la orientación espacial. Karin James y Laura Engelhardt observaron en Trends in Neuroscience and Education (2012) que practicar letras a mano podía favorecer su reconocimiento posterior. Marieke Longcamp y sus colaboradores encontraron en Acta Psychologica (2005) que la experiencia de escribir contribuye a reclutar circuitos asociados con el procesamiento de letras y la lectura. Tampoco aquí conviene prometer milagros. La escritura manual no reemplaza la conversación, la lectura o la enseñanza cuidadosa. Pero eliminarla demasiado pronto puede privar al aprendizaje de una experiencia sensorial y motora que tiene su propio valor en la formación del lector y el escritor. La tecnología debería llegar para ampliar esa construcción, no para saltarse el momento exacto en que comienza.

 

Chihuahua: una herramienta no sirve igual en todas las aulas

En Chihuahua, imponer una guerra entre papel y pantalla ignoraría las enormes diferencias entre escuelas. Hay aulas con conectividad suficiente para trabajar colaborativamente y otras donde un archivo pesado se vuelve inaccesible. Hay estudiantes que recorren largas distancias y prefieren concentrar materiales en un dispositivo; otros comparten equipo o dependen de fotocopias. También existen contextos bilingües y multilingües donde escribir una palabra en rarámuri puede ser una forma de escucharla, conservarla y reconocer su estructura. La equidad no consiste en ordenar que todos vuelvan al cuaderno. Para estudiantes con dificultades motrices, dislexia, disgrafía o baja visión, el teclado, el dictado por voz y las tecnologías de apoyo pueden abrir una participación que la escritura manual restringe. Convertir el bolígrafo en prueba de esfuerzo o inteligencia sería tan injusto como obligar a toda la clase a aprender desde una sola pantalla.

La Secretaría de Educación Pública mantiene en su Plan de Estudio 2025 la lectura y la escritura como procesos centrales, y subraya que el alumnado debe participar activamente en la construcción de sus saberes. La decisión sobre la herramienta debe responder al propósito: la mano puede ser adecuada para bosquejar, sintetizar y recordar; el teclado es extraordinario para reorganizar, editar, investigar y desarrollar textos extensos. Una tableta con lápiz puede reunir cualidades de ambos. La educación madura no elige una herramienta por costumbre ni por moda: enseña cuándo usar cada una y por qué.

 

Lo que puede cambiarse sin esperar una reforma curricular

Después de una explicación importante, la clase puede detenerse dos o tres minutos: sin diapositiva, fotografía ni dictado, cada estudiante escribe qué entendió, qué relación encontró y qué duda permanece. La pausa parece improductiva porque no agrega contenido. En realidad, permite comprobar si el contenido comenzó a convertirse en conocimiento. No deberíamos suponer tampoco que saber escribir equivale a saber tomar notas: el docente puede modelar cómo reducir una explicación a tres ideas, representar una relación con un esquema y distinguir un dato de un argumento. Si solamente calificamos el producto final, premiamos la apariencia y hacemos invisible el proceso; borradores, anotaciones, correcciones y una breve defensa oral permiten observar cómo se construyó una respuesta. Una fotografía del pizarrón puede permitirse al final, después de que el estudiante haya identificado con sus palabras lo esencial. Y una presentación que contiene únicamente la estructura obliga a escuchar; los materiales completos pueden compartirse después, pero durante la clase conviene dejar preguntas, huecos y decisiones.

Volvamos al salón de Chihuahua. El profesor termina una explicación y los teléfonos permanecen unos minutos sobre la mesa. Cada estudiante escribe cinco líneas. Uno traza una flecha; otra encierra una palabra; alguien descubre que no puede explicar el segundo paso y levanta la mano. Después podrán fotografiar el pizarrón, descargar la presentación, pasar sus notas a la computadora y consultar a un asistente de inteligencia artificial para ampliar lo que entendieron a medias. La tecnología no desapareció. Simplemente dejó de ocupar el lugar del pensamiento.

La velocidad nos permite conservar más, corregir mejor y compartir más lejos. Sería absurdo despreciarla. Pero aprender exige momentos en los que no podamos copiar todo, momentos en que debamos decidir qué significa una idea y cómo se conecta con nuestra experiencia. La educación no pierde cuando el estudiante escribe menos palabras. Pierde cuando ninguna de esas palabras tuvo que pasar primero por su pensamiento. Y lo que la inteligencia artificial puede autocomplete con notable eficiencia es exactamente eso: la frase que todavía no sabíamos que queríamos decir, porque todavía no habíamos pensado lo suficiente para necesitarla.

A veces el conocimiento necesita avanzar despacio para llegar más lejos. La herramienta que elimina la fricción puede estar eliminando también el camino. Y un estudiante que aprende a saltarse el proceso nunca sabrá exactamente lo que perdió, porque lo que se pierde es precisamente la capacidad de reconocer cuándo algo falta.

REFERENCIAS

James, K. H., & Engelhardt, L. (2012). The effects of handwriting experience on functional brain development in pre-literate children. Trends in Neuroscience and Education, 1(1), 32–42. https://doi.org/10.1016/j.tine.2012.08.001

Kobayashi, K. (2005). What limits the encoding effect of note-taking? A meta-analytic examination. Contemporary Educational Psychology, 30(2), 242–262. https://doi.org/10.1016/j.cedpsych.2004.10.001

Longcamp, M., Zerbato-Poudou, M. T., & Velay, J. L. (2005). The influence of writing practice on letter recognition in preschool children. Acta Psychologica, 119(1), 67–79. https://doi.org/10.1016/j.actpsy.2004.10.019

Mueller, P. A., & Oppenheimer, D. M. (2014). The pen is mightier than the keyboard: Advantages of longhand over laptop note taking. Psychological Science, 25(6), 1159–1168. https://doi.org/10.1177/0956797614524581

Pinet, S., & Longcamp, M. (2025). Commentary: Handwriting but not typewriting leads to widespread brain connectivity. Frontiers in Psychology, 15, 1517235. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2024.1517235

Secretaría de Educación Pública. (2025). Plan de Estudio para la Educación Preescolar, Primaria y Secundaria. SEP. https://educacionbasica.sep.gob.mx

Shin, B., Sung, M., Kiaer, J., Cho, Y. H., & Lee, S. (2026). Taking notes with different writing devices influences learning processes but not performance. Frontiers in Education, 11, 1799651. https://doi.org/10.3389/feduc.2026.1799651

UNESCO. (2023). Global Education Monitoring Report 2023: Technology in education. UNESCO. https://doi.org/10.54676/UZQV8501

Urry, H. L., et al. (2021). Don’t ditch the laptop just yet: A direct replication of Mueller and Oppenheimer’s (2014) Study 1. Psychological Science, 32(3), 326–339. https://doi.org/10.1177/0956797620965541

Van der Weel, F. R. R., & Van der Meer, A. L. H. (2024). Handwriting but not typewriting leads to widespread brain connectivity. Frontiers in Psychology, 14, 1219945. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1219945

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