
Que viva lo que nos une
Llegaron las fiestas.
Septiembre tiene esa manera tan particular de recordarnos quiénes somos. De pronto aparecen los colores, las banderas, la música, las plazas llenas, las mesas que se preparan para compartir y esa palabra que durante todo el mes parece acompañarnos: México.
Comenzamos a festejar la Independencia, sí, pero quizá también comenzamos a festejar algo mucho más cotidiano: nuestra identidad, nuestras costumbres, nuestra manera de encontrarnos.
Porque los mexicanos sabemos hacer fiesta. Sabemos convertir una noche cualquiera en pretexto para reunirnos. Sabemos que una mesa siempre puede recibir a uno más, que el “¿ya comiste?” muchas veces significa “me importas” y que compartir el plato, la conversación y la risa también es una manera de decirle al otro: aquí cabes.
Septiembre nos recuerda que pertenecer no siempre significa pensar igual. A veces significa reconocer aquello que tenemos en común: una historia, una tierra, una canción que todos conocemos, un sabor que nos lleva de regreso a casa.
Y quizá por eso me gusta tanto esta época: porque entre el ruido de la fiesta también aparece algo que a veces olvidamos durante el resto del año.
La solidaridad.
Esa que aparece cuando alguien necesita ayuda. La que no pregunta primero quién eres, de dónde vienes o qué puedes dar a cambio. La que simplemente se acerca y dice: yo te ayudo.
Tal vez ahí también está una parte de nuestra identidad: en la capacidad de hacer comunidad, de abrir la puerta, de compartir lo que tenemos y de no dejar solo al que está pasando por un momento difícil.
Porque no todos llegan a septiembre con el mismo ánimo.
Mientras algunos preparan la cena, otros atraviesan un duelo. Mientras unos cuentan los días para reunirse, otros extrañan a alguien que ya no estará en la mesa. Hay quien celebra porque tiene mucho que agradecer y quien, aunque quisiera, hoy no encuentra demasiados motivos para hacerlo.
Y quizá por eso, entre tanto festejo, también podríamos mirar alrededor.
No para apagar nuestra alegría, sino para compartir un poquito de ella.
Porque hacer comunidad también es eso: entender que no todos están de fiesta y, aun así, encargarnos de hacer su mundo un poquito mejor.
A veces será una llamada. Un plato servido. Una silla en nuestra mesa. Un abrazo. Una palabra amable. Una ayuda que nadie pidió, pero que hacía falta.
No siempre podemos cambiarle la vida a alguien.
Pero quizá sí podemos cambiarle un momento.
Así que sí, que lleguen los pozoles, los antojitos, las noches de música, los gritos, las banderas y las plazas llenas.
Que nos permitamos celebrar.
Pero que entre tanta fiesta no olvidemos lo más bonito: que una nación también se construye en las pequeñas formas en que nos cuidamos unos a otros.
Quizá septiembre no solamente nos recuerda de dónde venimos.
También nos pregunta qué estamos haciendo con aquello que somos.
Y mientras suenan las campanas, se encienden las luces y alguien, inevitablemente, empieza a gritar “¡Viva México!”, yo quiero agregar algo más:
Que viva nuestra identidad.
Que viva nuestra alegría.
Que viva nuestra solidaridad.
Que viva esa capacidad tan nuestra de hacer comunidad.
Y que viva México, sí.
Pero que viva también la posibilidad de que, mientras nosotros celebramos, alguien más encuentre un poquito de luz porque decidimos compartir la nuestra.