
Hay palabras que, de tanto repetirse, terminan perdiendo su significado; una de ellas es cultura, en el debate contemporáneo se emplea con tal amplitud que cualquier corriente ideológica, práctica social o propuesta moral contraria a las enseñanzas de la Iglesia puede ser presentada como una expresión cultural. Mas conviene detenerse: describir algo como cultura no significa necesariamente aprobarlo, ni mucho menos reconocerlo como bueno.
Conviene pues decir que la verdadera cultura tiene relación con aquello que el ser humano cultiva, crea, transmite y lega: costumbres, conocimientos, arte, tradiciones, símbolos, formas de convivencia y valores; sí, lo que por siglos ha enseñado la Santa Madre Iglesia en la sociedad y que el liberalismo ha sepultado con el paso del tiempo en su insistente secularización. Por ello, una cultura puede ser examinada críticamente; no todo cuanto produce una sociedad merece ser conservado por el solo hecho de existir.
Aquí aparece una distinción que hemos olvidado: cultura y contracultura no son términos intercambiables; una determinada corriente puede convertirse históricamente en fenómeno "cultural" y, sin embargo, contener elementos que contradigan la dignidad humana, la familia, la vida, la verdad y el bien común. Nombrarla cultura en sentido sociológico no es correcto; convertir esa denominación en una especie de certificado de legitimidad moral es otra cosa y las buenas costumbres cristianas se marchitan, todo ello es contracultura.
La cultura no puede separarse de la verdad, la persona posee una dignidad que no depende de modas, mayorías, ideologías ni decretos, la cultura auténticamente humanizadora ha de ayudar al hombre a conocer la verdad, cultivar sus virtudes, fortalecer sus vínculos, servir al prójimo y ordenar la vida social en una contrarrevolución legítima para restaurar el reinado social de Cristo.
Por ello, expresiones como "cultura de la muerte" o "cultura LGTB+" poseen un sentido preciso: no describen simplemente una mala costumbre, sino un ambiente social en el cual determinadas prácticas o ideas pueden terminar debilitando el respeto debido a la vida humana; del mismo modo, cuando se habla de contracultura, conviene explicar qué se está contradiciendo: la dignidad, la naturaleza humana, la familia, la tradición, la fe, la responsabilidad y determinados bienes sociales.
Toda manifestación contemporánea es enemiga de la humanidad, toda mala costumbre es automáticamente mala; el cristiano serio debe discernir, investigar y llamar a cada cosa por su nombre, incluyendo al pecado ya que como he escrito anteriormente, hay quienes justifican el pecado como si no lo fuese.
Como licenciado en desarrollo cultural y como católico, sostengo que necesitamos recuperar el sentido profundo de la palabra cultura; una sociedad no se edifica únicamente acumulando expresiones, tendencias y consignas; se edifica transmitiendo aquello que considera digno de ser heredado, la fe y verdad.
La solución, pues, no es censurar la palabra cultura, sino devolverle responsabilidad; preguntemos siempre: ¿qué hombre estamos formando?, ¿qué costumbres estamos transmitiendo?, ¿qué verdad defendemos?, ¿qué legado dejaremos?, ¿seguiremos escondido a Dios en lo público?, ¿predicamos realmente a la luz del Evangelio como ha enseñado la Iglesia por siglos?
Porque cuando una sociedad deja de distinguir entre lo que simplemente existe y lo que verdaderamente edifica, termina llamando progreso a aquello que quizá sólo sea otra forma de decadencia.