
Morena ya eligió en Chihuahua. Cruz Pérez Cuéllar será su coordinador estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, después de imponerse en el proceso interno sobre Andrea Chávez y otros perfiles del partido. Mientras veía la transmisión hubo algo que no podía dejar de pensar: Cruz podrá cambiar de partido, de discurso y hasta de colores, pero hay algo a lo que siempre ha sido fiel: a su propia ambición política.
Y no lo digo solamente por llevarle la contra. Su trayectoria está ahí. Cruz militó en Acción Nacional entre 1988 y 2015. Fue diputado local y federal, secretario general e incluso presidente estatal del PAN. No fue un militante cualquiera ni alguien que pasó unos meses por el partido; ahí construyó buena parte de su carrera política. Pero pareciera que nunca fue suficiente. Cuando el azul dejó de ofrecerle el siguiente escalón que buscaba, cambió de color. Llegó a Movimiento Ciudadano y en 2016 fue por el premio mayor: la gubernatura de Chihuahua. Perdió.
Tampoco se detuvo ahí. Dos años después apareció en Morena. Con el guinda encontró una nueva oportunidad: llegó al Senado, después a la Presidencia Municipal de Juárez y hoy, diez años después de aquel primer intento, vuelve a colocarse frente a la misma puerta que quiso abrir en 2016. Quizá simplemente tuvo que seguir buscando hasta encontrar el color que sí le funcionara.
Azul, naranja y ahora guinda. Distintos partidos, distintos discursos y distintas circunstancias. La aspiración, sin embargo, parece seguir siendo la misma. Y no, cambiar de partido no es un delito. Tampoco creo que una persona tenga que pensar exactamente igual toda su vida. Todos cambiamos, maduramos y podemos modificar nuestras ideas. Pero cuando alguien pasa por proyectos políticos tan distintos mientras continúa buscando espacios de poder, creo que es válido preguntarnos: ¿qué fue cambiando durante todos estos años, sus convicciones o el vehículo para llegar a donde quería?
La pregunta me parece todavía más interesante cuando ahora escuchamos a Cruz jurar lealtad a un movimiento que lleva años repitiendo tres principios: no mentir, no robar y no traicionar. Sobre todo esa última palabra me genera ruido. No traicionar. ¿A quién? ¿Al PAN? ¿A Movimiento Ciudadano? ¿A Morena? ¿O solamente a Cruz?
También me parece interesante preguntarnos por qué fue él. Si hablamos exclusivamente de identidad ideológica con la llamada Cuarta Transformación, Andrea Chávez tiene una trayectoria mucho más ligada a Morena que Cruz. Podré tener muchas diferencias con ella y con su manera de hacer política, pero eso no impide reconocerlo. Cruz, en cambio, pasó casi tres décadas dentro del PAN y posteriormente buscó la gubernatura por Movimiento Ciudadano.
Entonces, ¿por qué Cruz? Mi lectura tiene menos que ver con ideología y mucho más con una palabra que en política vale muchísimo: estructura. Cruz tiene operadores, territorio, relaciones, grupos políticos y muchos años haciendo política. Tiene una estructura importante alrededor de Ciudad Juárez y sabe operar. Eso también hay que reconocérselo. Una cosa es no coincidir con él y otra muy diferente subestimarlo.
De hecho, algo que siempre me ha llamado la atención es que una parte de quienes lo acompañan parecen mucho más cruzistas que morenistas. Han estado alrededor de su proyecto independientemente del color que tenga enfrente. Ayer azul, después naranja y hoy guinda. A donde va Cruz, van ellos. Y ahí es donde me pregunto dónde termina el movimiento y dónde empieza el proyecto personal de Cruz Pérez Cuéllar.
Morena lleva años hablando de una forma distinta de hacer política, pero para encabezar su proyecto en Chihuahua terminó escogiendo a un hombre que hizo buena parte de su carrera política en el PAN y que después pasó por Movimiento Ciudadano. No escogieron necesariamente al perfil que pareciera tener mayor identificación histórica con la izquierda; escogieron a un político con estructura, operadores y oficio. Al final, Morena quiere competir por Chihuahua y Cruz tiene los medios políticos para hacerlo. Después de pasar por distintos partidos, encontró uno que nuevamente lo colocó frente a la gubernatura.
Y ahí entra inevitablemente Ciudad Juárez, porque será su principal carta de presentación. Cruz ha defendido los resultados de sus administraciones y consiguió una reelección con un respaldo electoral importante en 2024. Negarlo haría deshonesta cualquier crítica. Pero también existe el otro Juárez: el que conocemos quienes hemos recorrido la ciudad, con calles deterioradas, rezagos importantes de infraestructura, problemas de servicios públicos y una situación de seguridad que continúa preocupando a muchas familias.
Tampoco sería justo responsabilizar exclusivamente a Cruz por problemas que Juárez arrastra desde hace décadas. Hay avances y también hay rezagos. Precisamente por eso me parece que cualquier balance serio de su administración debe contemplar ambas cosas. Una cosa es Juárez desde un informe de gobierno y otra es Juárez desde el volante. Si esa ciudad va a convertirse en el ejemplo de su proyecto estatal, entonces habrá que revisar completa su gestión: lo que funcionó, lo que no, lo que mejoró y aquello que sigue pendiente.
Y aquí mi reflexión deja de ser solamente sobre Cruz. También es sobre la manera en que entendemos la política en Chihuahua. Tengo 21 años y estudio Derecho. He vivido prácticamente toda mi vida viendo cómo la discusión pública termina convertida en una pelea entre colores, como si cuestionar a un partido automáticamente significara justificar todo lo que hace el otro. No creo que deba funcionar así. Tengo mis convicciones políticas, claro, pero eso no significa cerrar los ojos frente a los errores de quienes piensan como yo ni inventar defectos en quienes piensan diferente.
Chihuahua tampoco está terminado. Tenemos muchísimo trabajo pendiente en seguridad, agua, movilidad, infraestructura, salud, carreteras y servicios públicos. Hay decisiones del actual gobierno que deben cuestionarse, errores que corregir y resultados que exigir. Reconocerlo no significa hablar mal de Chihuahua; significa tomarnos en serio los problemas del estado.
Por eso, independientemente de qué partido gobierne, creo que deberíamos exigir algo bastante básico a quienes buscan el poder: congruencia, resultados, respeto por las instituciones y memoria. Y en el caso de Cruz, la memoria importa mucho. Antes de hablar de transformación, es válido preguntarle por sus propias transformaciones; antes de hablar de lealtad, revisar su trayectoria; y antes de utilizar Juárez como ejemplo, revisar también aquello que continúa pendiente en Juárez.
Cruz tiene experiencia, estructura, operadores y respaldo electoral. Negarlo sería absurdo. Pero también tiene historia, y esa historia no comenzó con Morena.
Quizá por eso, después de verlo tomar protesta, me quedé pensando en aquella frase que tanto repiten: “no mentir, no robar y no traicionar”. Yo agregaría una cuarta: no olvidar.
Que Cruz no olvide de dónde viene. Que Morena no olvide a quién acaba de poner al frente. Y que quienes observamos la política de Chihuahua tampoco olvidemos las trayectorias de quienes pretenden gobernarnos.
Porque los partidos alrededor de Cruz han cambiado, los colores han cambiado y los discursos también. Pero después de casi cuatro décadas haciendo política, hay algo que sigue apareciendo en el centro de la fotografía:
Cruz Pérez Cuéllar buscando el siguiente escalón.