
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Cuando el sol comenzó a hundirse detrás de las colinas y el desierto, adquirió ese tono marrón rojizo de una película antigua, Ciudad Juárez comenzó su segundo turno; el primero, era para los comerciantes, los trabajadores, los viajeros, la gente que cruzaba las calles con el paso apresurado que venía con asumir un trabajo; el segundo, era para las luces, la música y esos personajes que aparecían después del atardecer como si la noche los hubiera enviado con un telegrama secreto, lo que significaba que la ciudad no se apagaba, se maquillaba.
Las fachadas brillaban durante toda la noche, las marquesinas prometían grandes espectáculos, y los bares dejaban salir en silencio y con la solemnidad de templos para bailar, el aire en las calles del corazón de la ciudad, se llenaba con el olor de la comida fresca, con el perfume de mujeres elegantes, con el tabaco de clientes impacientes y con el polvo de una frontera que nunca estaba quieta; todo parecía moverse al mismo tiempo, los tranvías, los coches, los vendedores, los músicos, los turistas y los amantes, formaban una coreografía urbana que era difícil de preparar, y aún más, difícil de olvidar. Ciudad Juárez florecía en sus contradicciones.
Era un pueblo mexicano y al mismo tiempo un espejo de El Paso, Texas, conectados por el río, así como por un cruce internacional, ambas poblaciones, tenían una relación intensa, contradictoria y profundamente práctica; en los Estados Unidos, las prohibiciones sobre el alcohol hacían la vida difícil, en Juárez la libertad de disfrutar del mundo estaba allí para las personas que sabían cómo aprovechar la curiosidad y la sed de los visitantes. El puente, no solo conectaba territorios;, abría una nueva atmósfera para el tiempo venidero, una en la que, la noche parecía más larga, los permisos más flexibles, la aventura mucho más abundante.
Los visitantes acudían con diversos propósitos, algunos, iban para consumir bebidas alcoholicas, otros, para escuchar música y había quienes decían que solo querían ver la arquitectura local, afirmación que resonaba contra el primer letrero de neón que se ponía en frente. Soldados de Fort Bliss, comerciantes, viajeros y turistas estadounidenses, encontraban en la Ciudad de Juárez, una vida nocturna que satisfacía a casi cualquier gusto; se hablaban diferentes idiomas en las calles del centro, y diferentes estilos de ropa se cruzaban; había un gran vestíbulo en la frontera donde todos llegaban para unirse a la fiesta; el centro de la ciudad era bullicioso, por ejemplo, la avenida Juárez y sus alrededores, estaban llenos de bares, restaurantes, salones de baile, cabarets, tiendas de artesanías, hoteles, casas de cambio y pequeños negocios que se ajustaban al ritmo de la multitud nocturna.
Cada establecimiento era parte de ese bullicioso ecosistema: los restaurantes, alimentaban a los huéspedes, los bares, los mantenían animados, y la orquesta los hacía bailar; los vendedores de flores, añadían un toque romántico; el vendedor de cigarrillos, aportaba esa sensación de urgencia, y el coche esperaba a que la noche contara la historia. Las marquesinas también eran los grandes heraldos de la ciudad, tenían cantantes, comediantes, orquestas, bailarines y espectáculos de revista en grandes letras. Tenían nombres que despertaban nuestra curiosidad, incluso, antes de que se conociera el programa, y los anuncios prometían un espectáculo eléctrico, y la realidad no se quedaba atrás, mientras caminábamos bajo esos letreros hacia la taquilla con la mirada alzada, como si una estrella estuviera a punto de caer del cielo para comprar entradas. Al ingresar al cabaret, su sala había sido cuidadosamente iluminada, mesas en la pista de baile, y un escenario que podía ser un salón parisino, una plaza mexicana o una fantasía tropical. Había bebidas, cenas y espectáculos, donde se servía elegancia; su cristalería afilada, manteles de alta calidad, camareros atentos, y clientes que venían por una ocasión y que podrían haber estado esperando toda una semana para ingresar. La vestimenta no era un detalle menor, los trajes, el vestido, los zapatos y el peinado, eran parte del boleto de entrada.
La música gobernaba la noche, primero, sonaban los instrumentos como soldados que revisaban sus armas antes de la batalla, después, llegaba la fanfarria y la pista comenzaba a llenarse; las orquestas interpretaban fox trot, swing, tango, cha-cha-cha, mambo y danzón, además se podían escuchar sones mexicanos, ritmos cubanos, rumbas y canciones que viajaban desde distintas regiones del continente. En Juárez, la frontera musical, era tan abierta como la geográfica, por ejemplo, las trompetas de Nueva Orleans, podía conversar con un mariachi, mientras un pianista romántico acompañaba a una pareja que discutía en voz baja, sobre asuntos que probablemente no resolverían ninguna canción; el baile, era una forma de presentación social, pues, quien dominaba la pista, poseía una ventaja considerable sobre quien apenas podía distinguir el danzón del tropiezo. Las parejas giraban, se separaban y volvían a encontrarse, mientras los observadores evaluaban discretamente los zapatos, los movimientos y la confianza de cada participante. En ese pequeño escenario, se negociaban romances, amistades, rivalidades y reputaciones. La noche ofrecía música, pero también un sistema completo de señales.
Entre los personajes más llamativos estaban los pachucos, con sus trajes amplios, sombreros y la actitud desafiante, recorrían las calles como si fueran dueños de la elegancia rebelde; la vestimenta parecía desafiar las reglas de la sobriedad, y la manera de hablar, mezclaban expresiones mexicanas y estadounidenses. El pachuco era una criatura de frontera, ni completamente de un lado ni del otro, sino orgullosamente instalado en el espacio intermedio, su presencia, convertía a la ciudad en un laboratorio de identidad cultural; la vida nocturna, producía empleos y movimiento económico donde trabajaban músicos, cantantes, bailarines, meseros, cocineros, taxistas, vendedores de flores, fotógrafos, artesanos y comerciantes. Los hoteles recibían visitantes, las tiendas vendían recuerdos, los restaurantes ampliaban sus horarios, y el transporte permanecía activo hasta la madrugada. La diversión de unos, se transformaba en el sustento de muchos, pues detrás de cada canción, había un músico; detrás de cada mesa, un mesero y detrás de cada noche prolongada, una cadena de pequeños negocios que dependían de que la ciudad no perdiera el apetito por la fiesta.
Pero la noche no era igual para todos, había lugares lujosos para aquellos con mucho dinero, y pequeños lugares para esos trabajadores y visitantes que tenían menos dinero y más personas con quienes relajarse, y para otros solo había informalidad y ninguna disculpa en la noche. La ciudad era entretenida, con un presupuesto ajustado, pero la desigualdad estaba a la puerta, en el precio de la bebida y en el trato. La supuesta libertad nocturna tenía límites y jerarquías, que podían percibirse claramente cuando llegaba el momento de pagar la cuenta, sin embargo, para muchos ciudadanos y visitantes, la noche era un respiro de las cosas; cuando los tiempos eran difíciles, cuando los conflictos y problemas familiares ocurrían, el cabaret les permitía imaginar que la vida sería más generosa. No se resolvían deudas ni aliviaba decepciones, pero ofrecía una canción, una mesa, y unas pocas horas de olvido; la risa era temporal, pero no menos genuina por eso; el público, sabía que al amanecer, los problemas regresarían, y por eso disfrutaban más intensamente las horas que les pertenecían.
Era una dinámica que cambiaría con los años, púes, la ciudad se expandería y se abrirían nuevos centros comerciales, el transporte y la inversión cambiarían; el centro perdió algunos de sus visitantes habituales, y ciertos edificios dejaron de recibir mantenimiento; las marquesinas desaparecieron, los salones cerraron, y las calles que antes estaban llenas de música, comenzaron a escuchar principalmente motores, vendedores ambulantes y el eco de locales vacíos.
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Fuentes: libro Ciudad de Chihuahua: Apuntes Históricos. Zacarías Márquez, 2010, GCC.; Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua