
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Hubo tiempos en que Ciudad Juárez, Chihuahua no dormía, no era una manera de hablar ni exagerar que, suelen contar los viejos cuando la memoria comienza a mezclar los años con la nostalgia; existió verdaderamente, una época donde la noche parecía no tener fin, y las calles permanecían despiertas hasta que el amanecer comenzaba a pintar de gris las montañas. En otras ciudades, la gente cerraba las puertas de sus casas y apagaba las luces, en Juárez, ocurría exactamente lo contrario, debido a que las marquesinas comenzaban a encenderse, una, luego otra, después decenas, donde los focos de colores, dibujaban sobre la oscuridad del desierto una ciudad distinta, bulliciosa, atrevida, llena de música y de promesas; era la época dorada de Ciudad Juárez, y el oro no estaba bajo la tierra.
Para entender cómo esa ciudad se convirtió en uno de los grandes centros de entretenimiento de la frontera, tenemos que remontarnos a la década de 1920, al otro lado del Río Bravo, en Estados Unidos, cuando decidieron prohibir la venta de bebidas alcohólicas, lo que se llamó "Prohibición", convirtiendo el alcohol en un pecado, pero también, en negocio. Entonces sucedió algo que la historia de las fronteras a menudo repite, cuando las puertas se cierran en un lado de la frontera, alguien aprende a abrirlas en el otro. A solo unos pasos, al otro lado del río, Ciudad Juárez miraba hacia el norte y rápidamente entendió lo que estaba ocurriendo; al otro lado, había hombres con dinero, sed y ganas de divertirse, y había negocios para recibirlos. No había mucha publicidad allí, y las noticias se difundían como reguero de pólvora y la gente llegaba en oleadas. Al principio, eran unos pocos, luego miles y finalmente multitudes.
Las calles que habían conocido el polvo, el comercio diario y el movimiento típico de una ciudad fronteriza comenzaron a cambiar, se crearon bares, casinos, restaurantes, hoteles, salones de baile y, sobre todo, cabarets, Ciudad Juárez, comenzó a vivir de noche, y ciertamente sabía cómo hacerlo, los nombres de esos establecimientos aún parecen pertenecer a una película antigua: el Tívoli, el Lobby, el Chairmont, el Palacio Chino, La Cucaracha, el Follies, el Mint, el Submarino, el Waikiki, el Molino Rojo, el Guadalajara by Night y, entre todos ellos, La Fiesta, que hasta la fecha sería una parte permanente de la memoria de esa ciudad.
Cada cabaret tenía su propia historia que contar, cada uno tenía su clientela, sus músicos, sus bailarines, sus meseros, sus secretos, y probablemente más de un escándalo que nunca llegó a los periódicos, pero si uno tuviera que ser identificado como el gran ancestro de esa vida nocturna, sería el Tívoli, éste nacería alrededor de 1910, cuando muchos de los otros establecimientos que se harían famosos ni siquiera existían, ya que, con el tiempo, se convirtió en uno de los lugares más ricos de la frontera. Las máquinas tragamonedas sonaban incesantemente; las ruletas giraban y los ojos seguían la pequeña bola blanca que podía cambiar una fortuna en segundos. El dinero pasaba de mano en mano y, a veces, parecía que nadie quería recordar que el amanecer eventualmente llegaría y, no se diga de grandes espectáculos, donde bailarines, músicos y artistas llenaban los escenarios, y algunos de esos espectáculos incluso impactarían en el cine mexicano. Ir al Tívoli no solo significaba salir a divertirse, era el lugar donde tenía uno que estar, pero la grandeza de ese Juárez despierto, no estaba en los edificios o los espectáculos, estaba en sus calles, en la multitud, y donde los cronistas de esos años, informaban de cien mil visitantes cruzando los puentes internacionales hacia la avenida Juárez cada día.
Como cien mil personas, entre hombres y mujeres llegaban desde El Paso, Texas caminando por las calles, entrando en restaurantes y sentándose en las mesas, buscando música, bebidas y diversión; algunos venían en pareja, otros con amigos, algunos sabían exactamente a dónde iban, y otros simplemente seguían las luces. La avenida se convirtió en un río humano, y en ese río parecía no tener fin, pues los cabarets no intentaban sorprender a sus visitantes, ya que, no era suficiente tener una buena orquesta. Tenían que ofrecer una experiencia completa, la comida tenía que ser de primera categoría, platos internacionales estaban en las mesas, la cristalería brillaba bajo las lámparas de araña. Los camareros, perfectamente vestidos, se movían por la sala con bandejas en alto. En los escenarios, las cortinas de terciopelo se cerraban, las parejas bailaban en las pistas de baile, y sobre todo, el humo de los cigarrillos se mezclaba con el perfume de las mujeres, el alcohol y la música.
Era una mezcla difícil de desenredar en Ciudad Juárez, pues algunos establecimientos, incluso, tenían mecanismos que hoy parecerían sacados de un teatro de fantasía, se decía que el Lobby tenía una pista de baile hidráulica y en el Palacio Chino, el escenario se elevaba del suelo al comienzo del espectáculo. En las mesas debía parecer casi magia, de repente, el escenario se elevaba y las luces se encendían, la música comenzaba y la noche continuaba, parecía no tener fin; existían lugares donde el espectáculo comenzaba alrededor de las cinco de la tarde, y podía continuar hasta la madrugada; los músicos tocaban hasta que sus dedos requerían descanso; los cantantes desgastaban sus voces, y los bailarines podían estar horas en el escenario, mientras algunos habían terminado su turno, otros apenas comenzaban a llegar y, cuando el sol finalmente salía detrás de las montañas, muchos que habían estado en el cabaret la tarde anterior, seguían despiertos. Juárez estaba cansado y aún vivo al amanecer, quizás uno de los secretos más increíbles de esa época era que, la diversión no era exclusiva de los ricos. Había lugares elegantes, de primera clase, donde los precios podían ser altos y la etiqueta era parte del espectáculo.
Había establecimientos de segunda y tercera categoría, lugares para diferentes presupuestos, el trabajador podía encontrar una mesa, el comerciante también; el turista americano y el local de toda la vida, podían compartir la misma calle, pero no necesariamente la misma habitación. La ciudad tenía espacio para todos y alrededor de los cabarets, nació una economía que rara vez se menciona cuando se cuenta esta historia, porque detrás de cada noche de fiesta, había cientos de personas trabajando, vendedores de flores regalando gardenias a las parejas, de cigarrillos, recorrían las mesas con sus bandejas, Limpiabotas esperaban afuera para devolver el brillo a los zapatos de aquellos que aún tenían otra parada antes de dirigirse a casa. Los conductores se sentaban en sus coches, los fotógrafos buscaban parejas dispuestas a llevarse un recuerdo de esa noche, y luego estaban las mujeres y hombres en las cocinas, en los bares, en los escenarios, en los hoteles, en todos los negocios que permanecían abiertos por la noche, si es que alguna vez dormía.
Esa noche era la noche de la que dependía toda una economía, Juárez había descubierto que la madrugada también podía ser una forma de vida, donde la fama de la ciudad comenzaba a crecer, y no necesariamente por razones que hubieran enorgullecido a las abuelas. Para muchos visitantes americanos, cruzar a Juárez significaba dejar atrás, aunque solo fuera por unas horas, las restricciones de su propia sociedad; cruzar el puente parecía cruzar una frontera invisible, donde las prohibiciones estaban de un lado, y del otro, donde comenzaba la fiesta, incluso se crearon destilerías, cuya producción fue nombrada en honor a Juárez, lo que hizo que la ciudad formara parte de esa poderosa industria. Pero quizás la imagen más poderosa de esos años es la de las calles a las tres o cuatro de la mañana. La Avenida Juárez está llena; las luces aún están encendidas, las parejas caminan del brazo y grupos de amigos entran y salen de los establecimientos, ahí, los músicos se mueven de una actuación a otra. Para aquellos que vivieron esa época, recuerdan algo que hoy parece difícil de imaginar, un lugar en la madrugada donde podían caminar y no sentir que alguien los observaba desde una esquina. La ciudad aún no había visto el miedo que décadas después cambiaría para siempre la relación de los juarenses con la noche. La madrugada era de todos.
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Fuentes: García Pereyra, R., & Balderrama Armendáriz, C. O. (2016). Visualización de la ebriedad en Ciudad Juárez durante la época de la prohibición del alcohol en El Paso, Texas 1918-1933. Intersticios Sociales, (11), 1–31; García Pereyra, R., & Zetina Rodríguez, M. del C. (2020). Discriminación y criminalización de la prostituta en la región binacional de Ciudad Juárez-El Paso, 1900-1930. Intersticios Sociales, (19), 191–234, y Gutiérrez de Alba, E. (2011). La Fiesta: Recuerdos de una alegre y luminosa Ciudad Juárez del siglo XX.