Masacre en Parral pone en jaque a las autoridades

 

La violencia que sacude la zona sur de Chihuahua no sólo deja en evidencia la fuerza y presencia de los grupos criminales: expone, sin maquillaje, la incapacidad o indiferencia del aparato de seguridad estatal y federal para contener una crisis que ya desborda carreteras, ciudades y hasta eventos públicos.

El ataque en el carril de carreras Santa Teresa, donde presuntos líderes criminales se encontraban conviviendo a plena luz del día, sin ser detectados, vigilados o siquiera incomodados por autoridad alguna, no es un hecho aislado, es un síntoma. Y uno muy grave.

Porque mientras los gobiernos presumen estrategias en coordinación, mesas de seguridad y cifras maquilladas, en el terreno real lo que se observa es otra cosa.

Grupos armados moviéndose con libertad en ciudades y carreteras, organizando eventos, reuniéndose y operando frente a la ciudadanía sin que las fuerzas del orden aparezcan ni por error.

¿En dónde estaban las corporaciones encargadas de perseguir a quienes, según ellas mismas, son prioridad en la agenda de seguridad?

Lo ocurrido evidencia que ni el Estado ni la Federación son capaces de cumplir lo mínimo que exige su responsabilidad: inhibir, vigilar y responder ante la presencia abierta de células criminales que afectan la economía, la tranquilidad y hasta la vida cotidiana de los pueblos y ciudades del sur, centro, norte y prácticamente todo el estado.

Mientras los ciudadanos viven entre carreteras tomadas por los criminales, pueblos en tensión y hallazgos violentos, robos de vehículos, los gobiernos parecen limitados a emitir comunicados tibios y operativos reactivos que llegan siempre después.

En una región que ha pedido auxilio durante años, esta nueva oleada de violencia confirma lo que todos sabían pero pocos se atrevían a decir en voz alta:
el Estado está ausente. Y cuando el Estado no ocupa su lugar, alguien más lo ocupa.

¿Las mesas de seguridad cada lunes con los tres niveles de Gobierno están fallando o solo son simulaciones?

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Organización de "cuarta" y caos, previo al mundial 

El encuentro entre México y Portugal terminó en un auténtico caos logístico, previo al mundial.

La organización del Estadio Banorte mostró graves deficiencias que dejaron a cientos de aficionados fuera del inmueble incluso después de iniciado el encuentro.

Las filas en los accesos continuaban avanzando a cuentagotas, los asistentes denunciaron una espera de hasta tres horas para poder ingresar, logrando cruzar los torniquetes apenas al llegar el medio tiempo.

El desorden puso en riesgo la integridad de los elementos de la policía, quienes se vieron superados por la aglomeración y la molestia de la gente.

En las primeras filas la visibilidad fue nula, impidiendo que los espectadores pudieran seguir las acciones del partido.

Asimismo, se reportó una saturación peligrosa en la parte alta de las tribunas, con una gran cantidad de personas paradas en los pasillos ante la falta de control en el aforo.

 

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