
En su alocución previa a la oración mariana del Ángelus del 1 de enero de 2026, el Papa deseó un feliz Año Nuevo e invitó a renovar el tiempo desde la esperanza aprendida en el Jubileo, confiando a María el clamor por la paz en el mundo y en los hogares.
Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano
"Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Año Nuevo!". Con este saludo cercano y luminoso, el Santo Padre León XIV inició su alocución previa a la oración mariana del Ángelus este jueves 1 de enero de 2026, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y 59ª Jornada Mundial de la Paz.
Ante el entusiasmo vibrante de unos 40.000 miles de fieles y peregrinos provenientes de los cinco continentes, reunidos en una soleada Plaza de San Pedro tras la santa misa en la Basílica vaticana, el Pontífice subrayó que el inicio del año no puede reducirse a una simple sucesión de fechas y compromisos. "Mientras el ritmo de los meses se repite —afirmó—, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos". Sin ese anhelo de bien, advirtió, "no tendría sentido girar las páginas del calendario ni llenar nuestras agendas".
El Jubileo como escuela de esperanza
Refiriéndose al Jubileo que está por concluir, León XIV recordó que este tiempo de gracia ha enseñado un camino concreto para cultivar la esperanza de un mundo nuevo, "convirtiendo el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas".
El Papa explicó que este es el modo en que Dios mismo entra en la historia y la rescata del olvido, donando al mundo al Redentor. Jesús —subrayó— es el Hijo unigénito que se hace hermano nuestro, iluminando las conciencias de buena voluntad para que el futuro pueda ser construido como una casa acogedora para cada hombre y cada mujer que nace.

No fue una sorpresa, fue una confirmación, la vía corta a Parral cerró el año no con operativos, ni con detenciones, ni con resultados, sino con familias despojadas de sus vehículos a plena luz del día.
Exactamente lo contrario a lo que se supone debe garantizar el Estado.
Días antes, la Fiscalía General del Estado habría emitido un mensaje dirigido a paisanos y viajeros que regresan de Estados Unidos durante la temporada decembrina: eviten circular por esta carretera, sobre todo de noche.
El aviso, lejos de transmitir seguridad, reconocía implícitamente que la autoridad perdió el control de ese tramo carretero.
Pero la realidad fue todavía más cruda, los robos no ocurrieron de madrugada ni en la oscuridad, ocurrieron al mediodía, cuando el sol estaba en lo alto y el tránsito era constante.
Entonces queda claro que el problema no es el horario, sino la impunidad.
Hoy la lógica oficial parece invertida: en lugar de perseguir a los criminales, se advierte a los ciudadanos que no transiten; en lugar de recuperar el territorio, se normaliza el abandono.
¿El siguiente paso será pedirle a la gente que no viaje ni de día? ¿Cerrar carreteras para que los delincuentes operen con mayor comodidad?
Lo más grave es que no se trata de grupos invisibles, en la región es un secreto a voces quiénes operan, cómo lo hacen y por dónde se mueven.
A ciencia cierta y a vista de todos las autoridades saben quiénes son, pero la respuesta sigue siendo el silencio, la omisión y el comunicado tibio.
Mientras tanto, la carretera corta a Parral ya no es solo una vía de comunicación, es un símbolo del Estado rebasado, donde el miedo dicta las reglas y el ciudadano carga con la responsabilidad de cuidarse solo.
Aquí no falla la advertencia. Falla el Estado.

No fue una sorpresa, fue una confirmación, la vía corta a Parral cerró el año no con operativos, ni con detenciones, ni con resultados, sino con familias despojadas de sus vehículos a plena luz del día.
Exactamente lo contrario a lo que se supone debe garantizar el Estado.
Días antes, la Fiscalía General del Estado habría emitido un mensaje dirigido a paisanos y viajeros que regresan de Estados Unidos durante la temporada decembrina: eviten circular por esta carretera, sobre todo de noche.
El aviso, lejos de transmitir seguridad, reconocía implícitamente que la autoridad perdió el control de ese tramo carretero.
Pero la realidad fue todavía más cruda, los robos no ocurrieron de madrugada ni en la oscuridad, ocurrieron al mediodía, cuando el sol estaba en lo alto y el tránsito era constante.
Entonces queda claro que el problema no es el horario, sino la impunidad.
Hoy la lógica oficial parece invertida: en lugar de perseguir a los criminales, se advierte a los ciudadanos que no transiten; en lugar de recuperar el territorio, se normaliza el abandono.
¿El siguiente paso será pedirle a la gente que no viaje ni de día? ¿Cerrar carreteras para que los delincuentes operen con mayor comodidad?
Lo más grave es que no se trata de grupos invisibles, en la región es un secreto a voces quiénes operan, cómo lo hacen y por dónde se mueven.
A ciencia cierta y a vista de todos las autoridades saben quiénes son, pero la respuesta sigue siendo el silencio, la omisión y el comunicado tibio.
Mientras tanto, la carretera corta a Parral ya no es solo una vía de comunicación, es un símbolo del Estado rebasado, donde el miedo dicta las reglas y el ciudadano carga con la responsabilidad de cuidarse solo.
Aquí no falla la advertencia. Falla el Estado.
