
Luego de que el Gobierno Federal anunciara que a partir de este 2026 se eliminará la exención de aranceles a diversas fracciones de la canasta básica que formaban parte del Paquete Contra la Inflación y la Carestía (PACIC), entre ellas productos cárnicos, leche, frijol, arroz y aceites, desde el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA) informaron que para la carne de cerdo y la de res ya se establecieron cupos de importación.
“En el caso de la carne de res y carne de cerdo se establecieron cupos de importación de 71,000 toneladas y 51,000 toneladas anuales, respectivamente, con el objetivo de cuidar las cadenas productivas nacionales y evitar distorsiones en el mercado interno”, señaló el director general del GCMA, Juan Carlos Anaya.
En entrevista, el directivo explicó que dichos montos se establecieron en una reunión reciente entre el gobierno federal y representantes de la agroindustria, en el marco del PACIC, aunque aún no se han publicado de manera oficial.
En el decreto publicado este miércoles en el Diario Oficial de la Federación (DOF) únicamente se puntualiza que, si bien se considera necesario eliminar la exención arancelaria de dichos productos cárnicos, “se mantendrá el acceso administrado a la oferta externa de los mismos bajo condiciones que no comprometan la inocuidad alimentaria”.
Ante la interrogante de si dichos cupos de importación serán suficientes para satisfacer la demanda nacional, Anaya explicó que, en el caso de la carne de res, se había propuesto un cupo de 101,000 toneladas anuales, volumen que representa aproximadamente el 50% de lo que se importa.
“En el caso de la carne de cerdo el cupo sí es bajo respecto de lo que se importa, ya que solo es el 6% aproximadamente. Aunque actualmente la carne de cerdo que México importa de Sudamérica y Europa representa un 5% de las compras totales”, explicó.

No fue una sorpresa, fue una confirmación, la vía corta a Parral cerró el año no con operativos, ni con detenciones, ni con resultados, sino con familias despojadas de sus vehículos a plena luz del día.
Exactamente lo contrario a lo que se supone debe garantizar el Estado.
Días antes, la Fiscalía General del Estado habría emitido un mensaje dirigido a paisanos y viajeros que regresan de Estados Unidos durante la temporada decembrina: eviten circular por esta carretera, sobre todo de noche.
El aviso, lejos de transmitir seguridad, reconocía implícitamente que la autoridad perdió el control de ese tramo carretero.
Pero la realidad fue todavía más cruda, los robos no ocurrieron de madrugada ni en la oscuridad, ocurrieron al mediodía, cuando el sol estaba en lo alto y el tránsito era constante.
Entonces queda claro que el problema no es el horario, sino la impunidad.
Hoy la lógica oficial parece invertida: en lugar de perseguir a los criminales, se advierte a los ciudadanos que no transiten; en lugar de recuperar el territorio, se normaliza el abandono.
¿El siguiente paso será pedirle a la gente que no viaje ni de día? ¿Cerrar carreteras para que los delincuentes operen con mayor comodidad?
Lo más grave es que no se trata de grupos invisibles, en la región es un secreto a voces quiénes operan, cómo lo hacen y por dónde se mueven.
A ciencia cierta y a vista de todos las autoridades saben quiénes son, pero la respuesta sigue siendo el silencio, la omisión y el comunicado tibio.
Mientras tanto, la carretera corta a Parral ya no es solo una vía de comunicación, es un símbolo del Estado rebasado, donde el miedo dicta las reglas y el ciudadano carga con la responsabilidad de cuidarse solo.
Aquí no falla la advertencia. Falla el Estado.

No fue una sorpresa, fue una confirmación, la vía corta a Parral cerró el año no con operativos, ni con detenciones, ni con resultados, sino con familias despojadas de sus vehículos a plena luz del día.
Exactamente lo contrario a lo que se supone debe garantizar el Estado.
Días antes, la Fiscalía General del Estado habría emitido un mensaje dirigido a paisanos y viajeros que regresan de Estados Unidos durante la temporada decembrina: eviten circular por esta carretera, sobre todo de noche.
El aviso, lejos de transmitir seguridad, reconocía implícitamente que la autoridad perdió el control de ese tramo carretero.
Pero la realidad fue todavía más cruda, los robos no ocurrieron de madrugada ni en la oscuridad, ocurrieron al mediodía, cuando el sol estaba en lo alto y el tránsito era constante.
Entonces queda claro que el problema no es el horario, sino la impunidad.
Hoy la lógica oficial parece invertida: en lugar de perseguir a los criminales, se advierte a los ciudadanos que no transiten; en lugar de recuperar el territorio, se normaliza el abandono.
¿El siguiente paso será pedirle a la gente que no viaje ni de día? ¿Cerrar carreteras para que los delincuentes operen con mayor comodidad?
Lo más grave es que no se trata de grupos invisibles, en la región es un secreto a voces quiénes operan, cómo lo hacen y por dónde se mueven.
A ciencia cierta y a vista de todos las autoridades saben quiénes son, pero la respuesta sigue siendo el silencio, la omisión y el comunicado tibio.
Mientras tanto, la carretera corta a Parral ya no es solo una vía de comunicación, es un símbolo del Estado rebasado, donde el miedo dicta las reglas y el ciudadano carga con la responsabilidad de cuidarse solo.
Aquí no falla la advertencia. Falla el Estado.
