
Hablando de política, hay una diferencia enorme entre construir acuerdos y pretender imponer condiciones. Confundir estos términos hace que se pierda el piso y también debilita a quienes nos apostamos como una oposición responsable.Hay algo que como políticos no terminamos de aprender: la congruencia no se negocia según la temporada electoral.
En los últimos días, el dirigente estatal del PRI (catedrático, diputado y persona que tiene mi amistad y respeto) ha optado por atacar al PAN sin tener memoria, como si no hubiéramos caminado juntos en procesos electorales recientes, como si las alianzas de antes se pudieran borrar con un discurso coyuntural. Las declaraciones recientes del dirigente han puesto sobre la mesa un debate que va más allá de fuertes declaraciones: cuestionan el sentido de la cooperación, el respeto entre partidos y la forma en que se debe construir la oposición democrática.
Recuerdo con aprecio la campaña pasada del dos mil veinticuatro; cuando PAN y PRI fuimos juntos. Una combinación que no fue por afinidad ideológica plena, sino por una responsabilidad mayor frente a un poder que amenaza equilibrios, instituciones y libertades. Esa coalición no nació del amor, nació de un deber democrático, nació del deber de proteger un bien mayor. Una combinación pensada como si fuese una buena opción para captar votos y aumentar la rentabilidad electoral, pero el paso del tiempo nos ha dejado en claro que no fue del todo así.
Por eso me sorprende e inquietan las declaraciones; resulta contradictorio que hoy se pretenda convertir al aliado de ayer en el enemigo conveniente de hoy.
El PAN no rehúye la crítica, ni ningún panista. Lo que sí rechaza y nos negamos a aceptar es el oportunismo político. No se vale sumar en la boleta y golpear en el micrófono, no se vale pedir unidad en campaña y repartir culpas en tiempos de posicionamiento personal. Son momentos de presentar proyecto de país y de estado, una idea clara sobre lo que esperamos para el futuro.
El PAN ha sido claro (desde su coordinación parlamentaria y desde su dirigencia estatal) en un punto fundamental: las decisiones del partido se toman en sus órganos internos, con reglas claras y sin chantajes. Esa no es una postura coyuntural, es una convicción histórica, institucional y disciplinada. Y si, yo siento que cuando un partido escoge responder con señalamientos fuera de contexto, no solo genera ruido: debilita la imprescindible la confianza pública en el ejercicio político responsable. Venimos de una histórica rivalidad, luego nos aliamos y ahora, ¿nos amenazamos?, como votantes, ¿qué podemos esperar de estas situaciones? El alcalde de la ciudad de Chihuahua declaró que históricamente, una administración de Acción Nacional actúa con transparencia y honestidad, por lo que no hay nada que temer ante señalamientos políticos, y señaló que que cada fuerza debe concentrarse en fortalecer (pienso yo que es lo más importante, posicionarse como una opción viable) su propuesta ante la ciudadanía antes de plantear acuerdos.
El PAN ha demostrado que sabe competir solo y que sabe dialogar acompañado. Se ha ganado el gobierno del estado en tres ocasiones, sabiendo construir democrática y respetuosamente. Ambas cosas no se contradicen. Lo que sí es incompatible con una democracia madura es la idea de que un partido deba decidir su futuro en función de exigencias ajenas, atendiendo amenazas en público.
Lo digo también desde la experiencia: yo mismo participé y ayudé en estructuras juveniles en un distrito donde caminamos juntos, momentos donde el PAN y PRI avanzamos juntos. Ahí no nos preguntamos colores porque sabíamos que el objetivo era claro, entendimos que la política exige madurez y no estridencia. Ahí quedó claro algo esencial: cuando se va en alianza, se va con respeto y si se discrepa, se hace con seriedad.
Digámoslo de frente: las alianzas no son pagarés en blanco ni contratos de subordinación. Son acuerdos coyunturales, pensados para enfrentar retos mayores, no para condicionar la vida interna de los partidos ni para marcarles la agenda a base de declaraciones públicas. Por eso preocupa que hoy algunos pretendan convertir la diferencia política en herramienta de presión; eso no fortalece a la oposición ni abona al debate público. Al contrario, alimenta la percepción de que las alianzas solo sirven mientras convienen, y se desechan cuando estorban, degradando la confianza de los votantes. Si existe una alianza, es señal de ciertos acuerdos temporales que responden a contextos específicos y a responsabilidades compartidas, no generan deudas eternas ni autorizan exigencias públicas. Pretender lo contrario es confundir cooperación con dependencia. Favor cobrado, no era favor.
Si el PRI quiere competir, que compita, si quiere diferenciarse, que lo haga con ideas, con agenda y con movimiento. Pero si se decide atacar al PAN, que al menos se tenga la honestidad de explicar cuándo dejó de servirle la alianza que ayer defendía. El presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PAN lo dijo frente a los militantes la alianza con el PRI no funcionó.
México —y Chihuahua— no necesitan más pleitos artificiales entre oposiciones fragmentadas, el régimen baila solo sin nadie que le pueda hacer ruido. Necesitamos, si realmente estamos en contra de lo que está haciendo el partido hegemónico, actuar con claridad, carácter, propuestas y memoria. Y, sobre todo, dirigentes de oposición que entiendan que la política se construye con responsabilidad, no con amnesia selectiva.
¿Vamos a construir rumbo a lo que viene?, que sea con reglas claras, con respeto mutuo y sin estridencias. La oposición no se consolida a gritos, se consolida con carácter, memoria y responsabilidad política. Si de verdad se busca construir hacia el futuro, el camino no es el chantaje ni el ultimátum, es el respeto, la memoria política y la responsabilidad de crear un plan frente a la ciudadanía.
Con las esperanzas de cambio no se juega.
Las alianzas no son pagarés, ni las instituciones moneda de cambio.
La dignidad política no se negocia, y mucho menos se chantajea.