
Investigación y edición de José Luis Muñoz Pérez
Un día como hoy 17 de enero, en 1998, una noticia aparecida en un casi desconocido blog de los que aún eran escasos, el newsletter de Matt Drudge, daría inicio a uno de los escándalos más sonados de la historia presidencial de los Estados Unidos. También al que sería el primer linchamiento masivo de la era digital que recién comenzaba y que dejó huella en la historia con el nombre de una joven veinteañera nacida en 1973: Mónica Lewinsky.
El tema no sólo sacudió al mudo político y exhibió y puso en jaque al mandatario más poderoso del planeta, también revolucionó el espectro mediático que hasta entonces se circunscribía a prensa, radio y televisión, y abrió la puerta a una época que hoy domina el escenario, caracterizada por un público carente de empatía y compasión, que es partícipe activo como nunca antes y marca la tendencia, frecuentemente acompañada de crueldad. Una crueldad que se estrenó precisamente en Mónica.
Mónica Lewinsky fue la primera víctima global de internet a gran escala, antes de la aparición de las llamadas redes sociales, y antes de que el mundo entendiera lo que la burla y la deshonra viral pueden hacerle al alma de una persona. Ella misma habló décadas después ser la “paciente cero” de la humillación en Internet.
La nota de The Drudge Report del día 17 no daba nombres. Sólo informaba que Newsweek había “matado” una historia sobre una relación entre Clinton y una becaria de la Casa Blanca. Newsweek Kills Story On White House Intern. Unas pocas horas después el sitio había acumulado miles de visitas. La noticia se propagó a una velocidad hasta entonces desconocida y al medio día comenzó a ser comentada por la radio, con grandes reservas. Ningún otro medio sabía nada.
La Casa Blanca negó y minimizó el asunto diciendo que el ”falso rumor” no merecía ningún comentario.
Pero al día siguiente, 18 de enero, el Drudge publicó el nombre de Mónica Lewinsky.
También mencionó que se trataba de una investigación del periodista de Newsweek, Michael Isikoff.
Newsweek que efectivamente había decidido a último momento posponer la publicación de la noticia de Isikoff -debido a que en esos días un fiscal investigaba una denuncia de acoso sexual contra el presidente Clinton interpuesta por Paula Jones, una ex empleada del gobierno de Arkansas cuando Clinton era gobernador en 1991- al verse evidenciada y ante el temor de ser rebasada, pues como todos sabemos es un semanario, decidió publicar la historia en su sitio de internet America Online AOL.
El informe detallaba que la pasante de 23 años habría tenido una relación con el presidente desde que ella tenía 21 años y él 49, en 1996, y que había cartas de amor y cintas de conversaciones íntimas. También revelaba que conversaciones grabadas de la pasante comentando detalles de su relación sexual con el presidente estaban en posesión de investigadores federales.
De inmediato, medios como The New York Times, Los Angeles Times y cadenas de televisión comenzaron a investigar la información y a preparar reportajes, pero se abstuvieron de confirmar oficialmente la versión.
Sin embargo otros medios mencionaron que la investigación del fiscal independiente Kenneth Starr se había expandido para incluir este caso, algo que no sólo lo confirmaba sino además le otorgaba una dimensión extraordinaria.
La competencia entre los principales medios de los Estados Unidos se había desatado y las agencias noticiosas internacionales no tardaron en levantar la nota y distribuirla al mundo entero.
La Casa Blanca insistió en su terca línea de despreciar la especie.
Pero… ¿y Mónica?
Cuando la noticia salió a la luz quedó atónita. Posteriormente recordó haber visto su nombre en los tabloides y darse cuenta de que su vida privada había terminado. Sin embargo, su primera preocupación fue que el asunto llegara a perjudicar seriamente al presidente Clinton.
El día 21, The Washington Post publicó su primer reportaje confirmando los puntos clave de la historia de Drudge. Obviamente, eso significó un escalamiento del tema a los más altos niveles de los medios tradicionales, pero la Casa Blanca no cedió.
Esa misma noche las principales cadenas de televisión, ABC, CBS, NBC, dedicaron gran parte de sus emisiones noticiosas al tema, con análisis y entrevistas a expertos en derecho y en política.
Ya era la principal noticia en la Unión Americana.
El 26 de enero el presidente Clinton hizo una declaración pública en la Casa Blanca durante una reunión con líderes religiosos, diciendo:
"No tuve relaciones sexuales con esa mujer, la señorita Lewinsky. Nunca la he incitado a que mintiera, nunca la he animado a hacerlo, nunca le he sugerido que lo hiciera. Eso no es cierto". Hillary estaba a su lado.
Los medios cubrieron en directo la declaración y analizaron cada palabra, destacando la frase "that woman", que algunos la catalogaron como despectiva.
Cuando Mónica escuchó las palabras “esa mujer” de boca de Clinton, de quien aún estaba enamorada, se sintió profundamente lastimada y ofendida en su dignidad femenina. El término la dejó devastada, con rabia y dolor. Sin embargo, a la vez aliviada porque no quería que Clinton perdiera su cargo.
Hilary misma se unió a la negativa. La mañana siguiente, 27 de enero, apareció en The Today Show y aseguró, plenamente convencida, que todo era una conspiración “de la derecha”.
Pero aún faltaba lo peor.
Mónica había comenzado su trabajo en la Casa Blanca en junio de 1995, como becaria no remunerada en la oficina del jefe de gabinete Leon Panetta, gracias a la mediación de una tía que tenía cierta relación con el matrimonio Clinton. Se esforzó en su desempeño y consiguió buena aceptación. En diciembre de 1995 pasó a ocupar un puesto remunerado en la Oficina de Asuntos Legislativos, encargándose de las cartas de los miembros del Congreso. A menudo llevaba el correo al Despacho Oval iniciando cierto acceso al presidente. Tuvieron algunas conversaciones y comenzó a enamorarse de él. Clinton no puso una barrera, sino al contrario. Pronto se dio un primer acercamiento a solas y sobrevino el primer contacto físico ciertamente a iniciativa de ella.
En el transcurso de poco más de 17 meses, entre octubre de 1995 y marzo de 1997, sus encuentros combinaban momentos de intimidad y conversación. Los encuentros más cercanos sucedieron entre 1995 y principios de 1996. Hubo aproximadamente 10 encuentros físicamente íntimos, en el despacho personal del presidente en la Oficina Oval, durante horas de trabajo o cuando el personal no estaba cerca; en un baño adyacente a la Oficina Oval y en la Sala de Mapas, un espacio utilizado para reuniones pequeñas. Posteriormente se estableció que Mónica le practicaba sexo oral y realizaban otros tocamientos, pero nunca penetración.
También hubo encuentros informales en eventos oficiales de la Casa Blanca, donde intercambiaban miradas o palabras discretas.
Mónica describió que la relación combinaba momentos de intimidad con largas conversaciones sobre temas personales y políticos; ella sentía que había una conexión emocional, mientras que Clinton mantenía una distancia más profesional en público.
En una ocasión los padres de Mónica fueron invitados por gestión de ella a visitar la Casa Blanca y los recibió unos momentos el presidente. Su padre, integrante de una familia de judíos que llegó primero a Honduras cuando el éxodo de Alemania, comentó posteriormente que le llamó especialmente la atención la familiaridad con que Clinton los trato a él y a su esposa.
La joven buscaba atención y validación, mientras que el presidente parecía ver la relación como un escape de la presión de su cargo.
Como la relación escalaba, Lewinsky expresó deseos de que fuera más seria, pero Clinton se negó a terminar su matrimonio o a hacerla pública, lo que generó cierta tensión entre ellos.
Pero los funcionarios más cercanos al presidente obviamente percibieron la relación y encendieron las alertas. La relación terminó en marzo de 1997, cuando Clinton le dijo a Lewinsky que debían mantener distancia por cuestiones de seguridad y su posición presidencial. Aunque ella intentó mantener contacto, la comunicación se fue reduciendo hasta detenerse completamente.
Mónica fue entonces trasladada a un puesto en la Secretaría de la Defensa, con el claro y necesario propósito de distanciarlos. Ahí conoció a una mujer que la doblaba en edad y que también había trabajado previamente en la Casa Blanca, Linda Tripp. Hicieron migas, salían a comer juntas y poco a poco estrecharon su relación. Mónica la llegó a contemplar como una amiga de confianza y una figura materna. Un día se animó y comenzó a contarle los detalles más íntimos de su vida, incluso su relación con Clinton. Fueron varias las conversaciones personales y telefónicas en las que abordaron el tema. Linda tenía resentimientos con los Clinton por haberla alejado de la Casa Blanca donde había trabajado con 2 administraciones previas, con Bush padre y con Reagan.
Mónica nunca sospechó que Tripp grababa sin su consentimiento ni conocimiento esas pláticas.
Cuando Mónica declaró en una comparecencia legal por el caso Jones que buscaba indagar si había una conducta repetida de Clinton, y negó haber tenido alguna relación con él bajo juramento, la falsa amiga se apresuró a contactar a los abogados de Jones y al fiscal y a entregarles las cintas grabadas.
Más aún: el FBI contacta con Tripp y le pide que obtenga más información, pasándole preguntas concretas. Tripp se presta y consigue que Mónica le hable más sobre su relación con Clinton, sin saber, obviamente, que han entrado en juego los federales.
Cuando la policía la detuvo y le reveló la trama, Mónica se vio obligada a confesar la verdad, pero logró un acuerdo para que el perjurio cometido en su primer juramento le fuera condonado sin pisar la cárcel, a cambio de colaborar en la investigación. Sin embargo, adquirió obligaciones como la de no defenderse públicamente.
Todavía en el mes de julio, Clinton seguía insistiendo en su “inocencia”.
Por declaraciones de Tripp el FBI se enteró de la existencia de una prenda que se volvería famosa y que contenía una prueba irrefutable: el vestido manchado con semen de Clinton que Mónica conservaba en su armario como recuerdo, lo cual había confiado a la confidente.
Cuando la madre de Mónica es llamada a declarar ante el jurado del caso Jones, el fiscal Starr sospecha que Marcia está obligando a su hija Mónica a mentir y le hace una particular oferta: si le entrega el vestido azul marino con restos de semen, su hija tendrá inmunidad total. Marcia accede, localiza la prenda y la entrega.
En agosto de 1998 los técnicos del FBI analizaron la mancha en el vestido y compararon el ADN del semen con una muestra de sangre de Clinton. El resultado fue una coincidencia con una probabilidad de uno entre 7 mil 870 millones de personas, lo que confirmó inequívocamente que el material biológico provenía del presidente.
Esta prueba científica fue fundamental para demostrar que Clinton había mentido al negar relaciones sexuales con Mónica durante su testimonio en el caso Jones.
Si bien la relación en sí no implicaba un delito, mucho menos de corte penal, el mentirle a un jurado sí.
El 17 de agosto Clinton declara ante el gran jurado de Starr por videoconferencia, admitiendo finalmente haber tenido una "relación inapropiada" con Lewinsky, aunque califica la relación como no sexual en el sentido legal del término usado en el caso de Paula Jones, lo que obviamente fortaleció los cargos de perjurio y obstrucción de justicia que llevaron a su impeachment o juicio político, pues la cámara de representantes con mayoría republicana lo aprobó, intensificando la división partidista y mostrando que los cuerpos legislativos son en realidad una prolongación a favor o en contra de los intereses del ejecutivo. Los republicanos exigieron la condena de Clinton mientras los demócratas defendieron su inocencia.
El resultado del análisis del ADN incrementó el infierno para Mónica.
Los presentadores nocturnos de televisión la convirtieron en el chiste de noche tras noche. Tan sólo Jay Leno le dedicó textualmente cientos de chistes que prácticamente todos los norteamericanos repetían unos u otros y creaban más. Los periódicos diseccionaron su cuerpo, su ropa, su carácter. Muchos medios priorizaron la velocidad y el impacto sensacionalista, con titulares llamativos y énfasis en los detalles íntimos de la relación. Millones de personas que jamás la habían visto se sintieron con derecho a juzgar todo sobre ella. Y por internet, los correos electrónicos haciendo escarnio de su persona se multiplicaron por millones.
Fue la primera vez que la fuente de noticias tradicional fue sustituida por Internet para dar noticias importantes de última hora. El público adoró la inmediatez.
La reputación personal de Mónica fue arrastrada por el repugnante fango de la opinión de la multitud de la noche a la mañana. Se le humilló públicamente a escala mundial. El juicio fácil y rápido, instantáneo, hizo de la tecnología un instrumento de lapidación sin misericordia.
Por supuesto, dejó de trabajar. Padeció depresión severa y ansiedad incontrolable, pasaba días sin salir de su habitación o ni siquiera de la cama, estaba apabullada por los sentimientos de vergüenza y humillación y por su mente pasaron ideas suicidas repetidas ocasiones. Su madre la vigilaba constantemente y le pidió bañarse con la puerta abierta. Sentía miedo de no tenerla a la vista constantemente. Ambos progenitores, ya divorciados desde 1987, fueron sumamente empáticos y la cobijaron con inmenso cariño. Huelga decir que también fue una durísima situación para ellos. Mónica dejó de ver a sus amigos y durante meses la agobio un profundo resentimiento contra Linda, que había traicionado su confianza con premeditación y alevosía. El hecho le carcomía las entrañas.
El 28 de agosto Starr envió al Congreso un informe con 445 páginas -36 cajas, producto de cuatro años de una investigación que costó 52 millones de dólares- detallando los cargos contra Clinton, incluyendo perjurio y obstrucción de la justicia. El informe se publicó en internet, accesible para el público. Millones de personas lo descargaron, generando debates sobre la divulgación de contenido explícito, entre otras cosas que en sus declaraciones afirmó que nunca hubo coito, sino sólo caricias sexuales y sexo oral que confesó disfrutar, y que aunque ella pidió penetración vaginal Clinton no quiso, causándole disgusto.
Eso la convirtió en La Reina de las Mamadas.
Se le llamó golfa, furcia, ramera, puta, zorra, bonita estúpida, acosadora inestable y, por supuesto, "esa mujer".
Dos o tres días después las grabaciones conteniendo toda su intimidad se emitieron por televisión y porciones significativas estuvieron disponibles en línea. Cualquiera pudo consultarlas, escucharlas, enterarse “de viva voz” y comentarlas.
Todo era público… por supuesto sin su consentimiento.
La humillación era insoportable para ella. La vida misma era insoportable.
Linda no enfrentó problemas legales, pues en Maryland, donde vivía y fueron grabadas es válido hacerlo cuando quien lo hace participa en la conversación.
Por otra parte, el caso marcó un hito importante en el uso de evidencia de ADN en procesos legales que involucran figuras públicas, generando cambios significativos
en su aplicación y percepción. Antes del caso, el ADN era reconocido científicamente, pero este episodio lo puso en el foco mediático nacional, demostrando su capacidad para aclarar hechos incluso en casos de alto perfil con figuras poderosas. Se consolidó como una "prueba irrefutable" en la mente del público.
Desde entonces, los fiscales y tribunales han recurrido con más frecuencia al análisis de ADN en procesos que involucran figuras públicas, tanto en casos criminales como civiles relacionados con conducta personal o acusaciones de violencia.
Con 24 años, Monica quiso desaparecer para siempre porque el mundo entero la repudiaba y se burlaba por algo que ocurrió cuando apenas había terminado la universidad. A los 22 años se había enamorado de su jefe, lo que seguramente no sólo le sucedió a ella, pero su jefe era un hombre que tenía todo el poder y la fama. Se convirtió en el centro de atención mediática mundial, siendo objeto de burlas, desprecio y estigmatización.
Por lo que toca a Clinton, se convirtió en el único presidente de los Estados Unidos de la historia en ser declarado en desprecio civil por la jueza Susan Webber Wright por dar testimonios engañosos en el caso Paula Jones y fue multado con 90.000 dólares. ( No debe confundirse con el “desprecio judicial” al que fue declarado Trump en abril y mayo de 2024 por violar 9 veces una orden judicial y una décima posteriormente) La licencia de Clinton para ejercer la abogacía fue suspendida en Arkansas por cinco años, y posteriormente fue inhabilitado para presentar casos ante la Corte Suprema de EE. UU. Su relación con su esposa Hillary se vio gravemente afectada, aunque lograron superar la crisis. Hillary declaró haber estado devastada al enterarse de la infidelidad y las mentiras.
En diciembre de 1998, Clinton fue impugnado por la Cámara de Representantes por cargos de perjurio y obstrucción de justicia, siendo el segundo presidente en la historia de EE. UU. en enfrentar este proceso. Pero en febrero de 1999, el Senado lo absolvió de ambos cargos.
Su relación con el Congreso se tensó notablemente, en especial con los republicanos, lo que afectó su capacidad para gobernar de manera efectiva debido a los conflictos partidistas y las investigaciones continuas. El partido demócrata se vio afectado políticamente, ya que algunos destacados miembros distanciaron sus posiciones de Clinton, pero los demócratas lograron mantener el control del senado en las elecciones de medio período de 1998.
Aunque su administración tuvo trascendentes logros como una economía excepcionalmente fuerte y un sobresaliente presupuesto equilibrado, el escándalo dejó una marca indeleble en su presidencia, y muchos ciudadanos lo recuerdan más por este episodio que por sus políticas acertadas.
Sin embargo, la carrera del presidente sobrevivió. Su reputación se recuperó. Siguió dando discursos, escribiendo libros, imponiendo respeto. Su nivel de aprobación se mantuvo alta, arriba del 65%. Sólo un 40% de los estadounidenses dijo que las acusaciones disminuyeron su respeto por él como persona.
La percepción pública se dividió según afiliaciones políticas: los republicanos generalmente vieron el escándalo como un signo de falta de ética, mientras que muchos demócratas lo consideraron un asunto privado o una campaña política manipulada.
Pero Mónica no podía conseguir trabajo. No podía salir de casa sin que la fotografiaran. No podía existir sin que la redujeran a un chiste. Vivió una década en la penumbra mientras veía cómo avanzaban las vidas de sus amigas: matrimonios, hijos, títulos. Segundas nupcias, más hijos, más títulos. Ella sólo sufría y guardaba silencio.
Un día hablando por teléfono con su mamá comentaron la noticia de un estudiante de primer año de la Universidad de Rutgers llamado Tyler Clementi. “El dulce, sensible y creativo Tyler” fue filmado secretamente por su compañero de cuarto mientras tenía relaciones íntimas con otro hombre. Cuando el mundo en línea se enteró de este incidente, la burla y el acoso cibernético se encendieron. Ese despreciable monstruo inhumano que es el público sin rostro dio rienda suelta a su bestialidad. Unos días más tarde Tyler saltó desde el puente George Washington para acabar con su vida. Tenía 18 años.
Repentinamente Mónica se dio cuenta que ella había sobrevivido a lo que Tyler no pudo.
Entendió que su supervivencia tenía que significar algo.
Decidió rescatarse a sí misma y desapareció. Se mudó a Londres e hizo algo silencioso y profundo. Se matriculó en la London School of Economics. Obtuvo un máster en Psicología. Estudió el impacto de la vergüenza e intentó entender lo que casi la destruye.
Ella así lo recuerda:
“Me mudé a Inglaterra para estudiar, para superarme, para escapar del escrutinio y para reimaginar mi identidad. Mis profesores y compañeros de la London School of Economics fueron maravillosos, acogedores y respetuosos. En Londres disfrutaba de más anonimato, quizás porque pasaba la mayor parte del tiempo en clase o en la biblioteca. Me gradué de una maestría en psicología social. Mi tesis examinó los sesgos sociales en los tribunales y se tituló "En busca del jurado imparcial: Una exploración de la publicidad previa al juicio y el efecto de la tercera persona”.
Estaba descubriendo su nueva vocación, su nicho en un mundo profesional que se le había negado sistemáticamente.
En 2014, volvió a la vida pública en sus propios términos. Publicó un ensayo en Vanity Fair contando su historia con su propia voz. No la versión sensacionalista. La suya. En ese artículo afirmó sentirse profundamente arrepentida por la relación con Clinton, pero insistió en que fue consensual. Sin embargo, destacó que el "abuso" vino después, cuando fue convertida en chivo expiatorio para proteger la posición del presidente, siendo marcada por la administración, por el fiscal especial y por los políticos. Pero sobre todo por los medios y el público en internet.
Esta vez, la respuesta fue distinta. Por fin, mucha gente vio su humanidad.
En 2015, subió al escenario de TED, -acrónimo de Tecnología, Entretenimiento y Diseño, una organización estadounidense sin ánimo de lucro, dedicada a transmitir al mundo "ideas dignas de difundir". Fundada en 1984, TED es conocida por sus conferencias anuales donde pensadores y emprendedores comparten sus ideas y pasiones sobre una amplia gama de temas, incluyendo ciencia, arte, política y tecnología, que buscan inspirar y educar al público- y dio una charla titulada “The Price of Shame”. Fue ahí que habló de ser la “paciente cero” de la humillación en Internet. Pidió compasión en lugar de morbo, empatía en lugar de entretenimiento y diversión con la desgracia ajena.
Esa charla se ha visto más de 20 millones de veces. Se convirtió en una de las más vistas en la historia de TED.
Hoy, Mónica Lewinsky es una de las voces más influyentes contra el ciberacoso en Estados Unidos. Habla en escuelas y conferencias. Acompaña a jóvenes que enfrentan la burla y el escarnio. Produjo una serie de televisión para contar su historia en sus propios términos. Su trabajo ha ayudado a concientizar sobre los efectos perjudiciales del acoso en línea y ha contribuido a las discusiones continuas sobre la ética de los medios y los derechos de los individuos en la era digital.
Tenía 22 años cuando el mundo decidió definir quién era mediante etiquetas surgidas al calor de los inmisericordes chistes.
Ha pasado los últimos 11 años demostrando lo contrario.
No defendiéndose a gritos. No borrando su pasado, sino transformando su dolor en propósito, convirtiéndose en la voz de cualquiera que haya sido avergonzado en público, ridiculizado en línea o reducido a una broma con el único fin de despertar una carcajada.
El mundo quería que su historia terminara en desgracia.
Ella la reescribió como supervivencia.
Hoy cuenta cotidianamente una experiencia que tuvo un gran impacto en los medios de comunicación y las plataformas, obligándolas a una revisión de sus patrones éticos.
Estas son declaraciones que hizo a Savannah Walsh de Vanity Fair, charla que inicia diciendo que Mónica no es ajena a las entrevistas intensas. Se calcula que 74 millones de personas vieron al menos una parte de la entrevista que concedió a Barbara Walters en 1999:
Recuerda que el 16 de enero de 1998, cuando contaba 24 años de edad, desprevenidamente acudió al centro comercial Pentagon City. Allí la apresaron varios agentes federales que no tardaron en comenzar a interrogarla sobre su relación con el presidente Bill Clinton; estuvo retenida durante casi 12 horas. Casi tres décadas después, “en mi familia lo celebro como el Día de los Supervivientes. Me siento muy preparada para mostrar todas mis facetas de manera más pública", afirma y sostiene que se siente menos intimidada por las posibles críticas que pueda recibir su último proyecto: “Estoy bastante versada y tengo experiencia a la hora de lidiar con todo tipo de basura que la gente te pueda lanzar. Sigo siendo sensible. Pero, afortunadamente, en los últimos 10 años he podido reapropiarme más de mi vida y de mi historia. Mi vida está llena de cosas, más allá de mi pasado”.
Aunque el caso de Mónica reveló la barbarie cavernícola que paradójicamente ha significado la llamada era digital, posteriormente también ha obligado al público y a los medios a reflexionar desde el punto de vista ético.
Inicialmente generó debates sobre la ética presidencial. Hubo voces que defendían la separación de los asuntos públicos y la vida privada, fuese cual fuese, como una infranqueable línea divisoria. Antes del escándalo, era más común distinguir entre la capacidad para gobernar y la conducta personal. Después, muchos ciudadanos comenzaron a exigir coherencia entre ambas áreas. El debate sobre si la vida privada de los líderes debe influir en su evaluación pública llevó a que los medios definieran criterios más claros sobre cuándo la conducta personal es relevante para el cargo que desempeñan. Hoy es totalmente admisible que los políticos que aspiren a cargos de elección popular y todos los funcionarios públicos están válidamente expuestos a que su vida privada sea escudriñada y expuestos sus valores morales y éticos personales.
También se desataron debates sobre el papel de los medios. Su caso fue un punto de inflexión fundamental en la evolución de los preceptos éticos sobre privacidad, tratamiento de los protagonistas de las noticias y responsabilidad mediática. Una gran consecuencia fue que se fortalecieron las pautas para proteger la privacidad de individuos que no son figuras públicas principales, evitando la divulgación de información personal no relevante al asunto y el acoso mediático. Aunque no se ha establecido como una ley regulatoria, sí es algo que los medios más responsables han asumido como políticas propias, pero el trayecto para llegar a ello fue sinuoso y largo.
El éxito de medios que especularon y difundieron rumores falsos y la consecuente competencia por audiencias llevó a un debate sobre si los medios estaban priorizando la "noticia impactante" sobre la verificación y el contexto. Como resultado, varias organizaciones periodísticas actualizaron sus códigos éticos para enfatizar la precisión y la responsabilidad en lugar de la velocidad competitiva y comercial.
El papel tradicional de los medios como filtros de la información se vio gravemente amenazado y cuestionado. Se impuso lo que en la jerga periodística se llamó el “colapso del rol de "portero". The Drudge Report publicó la noticia antes que medios consolidados como Newsweeky y el siguiente fue AOL, dando la delantera a los sitios digitales sobre los tradicionales, lo que demostró que internet podía saltarse los procesos editoriales establecidos, generando debates sobre quién debería decidir qué información es adecuada para el público.
El caso difuminó las líneas entre el periodismo serio y el sensacionalismo, dando amplio espacio a la confusión entre noticias y chismes.
Los medios tradicionales a menudo también priorizaron detalles escandalosos sobre el análisis sustancial, y los rumores sin confirmar se extendieron rápidamente en línea. La competencia en la velocidad se impuso a criterios que antes eran sólidos y fundamentales, como la verificación, pero el público exigía lo sensacional. La presión por ser el primero en publicar la noticia se intensificó debido al ciclo de noticias las 24 horas del día que trajo internet. Los medios tradicionales a menudo se apresuraron a publicar para mantenerse al día con los portales en línea, sacrificando en ocasiones la precisión y las consideraciones éticas. Esto creó una cultura de las "noticias de última hora" a toda costa.
A mediano plazo, esta tendencia contribuyó a la disminución de la confianza pública en los medios, ya que la audiencia tenía dificultades para distinguir entre hechos y especulaciones.
Antes de 1998, no existía un consenso claro sobre cómo tratar a personas no públicas involucradas en historias de interés público. El trato mediático a Mónica Lewinsky, una ciudadana común que no buscó la notoriedad, puso de manifiesto los daños irreparables que podía causar el escrutinio masivo y el sensacionalismo. Esto llevó a que organizaciones de periodismo en todo el mundo actualizaran sus códigos éticos para incluir disposiciones explícitas sobre la protección de individuos privados.
La propagación masiva de rumores falsos sobre Mónica, como las versiones de violencia o de que habría recibido costosos y suntuosos regalos, demostró cómo la falta de verificación podía dañar la reputación de una persona. Esto impulsó el desarrollo de estándares más estrictos de verificación y la implementación de políticas de corrección de información errónea en medios tradicionales y plataformas digitales.
Si esto no suena muy familiar, es debido a que en esa materia nuestro país vive un retraso colosal, principalmente en lo relativo a la información digital.
Aunque el respeto a la información privada ya está en la ley, todos recordamos como el propio presidente López lo ha vulnerado aun estando en el cargo, revelando cuentas, datos fiscales e ingresos de quienes consideró sus “adversarios” y lo hizo impunemente.
Pero ese es otro tema. Me refiero aquí a la trascendencia del caso Lewinsy a nivel global.
Como ya vimos, el caso fue uno de los primeros ejemplos de cómo la era digital podía destruir la vida de una persona convirtiéndola en objeto de humillación global. Esto sentó las bases para el reconocimiento del daño psicológico que causa el acoso mediático y el desarrollo de preceptos sobre periodismo compasivo, que buscan minimizar el impacto negativo en las personas involucradas.
En México aunque el marco legal existía en parte, el caso Lewinsky impulsó la discusión sobre cómo aplicarlo en la era digital. En 2000, se actualizaron los códigos de ética de la Asociación Nacional de Periodistas (ANP) para incluir disposiciones sobre la protección de la privacidad de individuos no públicos y la prohibición de la difusión de detalles irrelevantes en historias de interés público. También contribuyó a la creación de la Ley Federal del Derecho de Protección de Datos en 2010, por cierto reformada en 2025.
En Estados Unidos el caso llevó a la Sociedad de Periodistas Profesionales (SPJ) a revisar su código ético en 1999, añadiendo secciones sobre el tratamiento de fuentes confidenciales, la protección de individuos privados y la responsabilidad por el impacto de la cobertura. También influyó en sentencias judiciales que han limitado la divulgación de información privada de ciudadanos comunes.
En la Unión Europea el caso fue tomado como ejemplo en las discusiones que llevaron a la creación del Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) en 2018, especialmente en lo referente al derecho a la privacidad y al "derecho a ser olvidado", un escalón superior. También contribuyó a la aprobación de la Ley de Medios de 2024, que incluye, allá sí, disposiciones sobre el tratamiento ético de los protagonistas de las noticias. Paralelamente, la misma ley muestra que los países de la UE están avanzando en la aplicación de la Recomendación de la Comisión sobre la protección, la seguridad y el empoderamiento de los periodistas. Las nuevas normas contribuirán a garantizar que los periodistas puedan llevar a cabo su labor en un entorno mediático positivo, algo también muy distante a la práctica gubernamental en nuestro país.
En resumen, el caso de Mónica Lewinsky transformó la percepción de la ética mediática al demostrar que la libertad de prensa no puede estar por encima de los derechos fundamentales de las personas, sentando las bases para los preceptos que hoy rigen -o debieran regir- el tratamiento de protagonistas de noticias de interés público.
Hoy podemos distinguir la calidad y la seriedad de un medio a partir de sus prácticas en ese sentido y permitirnos elegir con quien y dónde nos informamos.
En nuestro entorno existe una empresa de consultoría de medios que se especializa en reportar a sus clientes análisis críticos que incluyen entre otros temas los Derechos de los Lectores y los Derechos de los Protagonistas de las Noticias, un servicio avanzado de escrutinio estricto que sólo un puñado de medios de América Latina ha decidido incorporar a su bagaje profesional.
Hoy Mónica Lewinsky es una persona sumamente respetada en el combate al vilipendio mediático, una destacada y valiente defensora de la dignidad humana y la responsabilidad social en la era digital, contra la vergüenza causada por el ciberacoso y en el terreno del impulso a la resiliencia de quienes han sufrido la burla y la humillación pública. Pero ciertamente su caso es un garbanzo de a kilo. Son miles quienes no han podido soportarlo ni salir del hoyo negro.
Cuando Linda Tripp falleció el 8 de abril de 2020 a los 70 años, víctima de un cáncer de páncreas, Mónica publicó un mensaje en redes sociales expresando sus condolencias a la familia de Tripp, diciendo que "la muerte nos recuerda nuestra humanidad compartida".
Ella y Linda nunca volvieron a encontrarse, pero Mónica logró sacar de su pecho aquel resentimiento, consciente de que era a ella a quien dañaba.
Mónica nunca se casó y mantiene en gran reserva su vida privada.
En algunas entrevistas ha declarado enfáticamente que logró construir una vida feliz.