
Hay actos que describen con precisión el fracaso de un gobierno. Uno de ellos es este: cuando una familia deja de comprar carne no por decisión, sino por necesidad. En Chihuahua la carne, emblema de nuestra cultura y de nuestra identidad norteña, ha dejado de ser un alimento cotidiano para convertirse en un lujo ocasional. Y detrás de ese fenómeno hay una causa clara: el desastre económico provocado por el régimen de Morena.
Hoy los chihuahuenses enfrentamos la canasta básica más cara de la que se tenga registro. No es una percepción ni una exageración retórica; es una realidad que se confirma cada vuelta al supermercado. La inflación alimentaria no es un accidente: es la consecuencia directa de decisiones políticas erráticas y de una visión económica profundamente equivocada.
El régimen ha optado por cargar de impuestos a la economía productiva. Este gobierno ha encarecido el trabajo, el transporte y la energía, provocando un efecto dominó que termina golpeando el precio de los alimentos. La carne sube porque el combustible sube; sube porque la electricidad es más cara; sube porque producir en México es cada vez más costoso. Y mientras eso ocurre, desde el centro del país se gobierna de espaldas a regiones como Chihuahua, donde la actividad ganadera y agroindustrial es columna vertebral.
A la presión fiscal se suma el despilfarro de los recursos públicos. Miles de millones de pesos han sido diluidos en proyectos sin rentabilidad social, caprichos ideológicos y una política de gasto orientada a la propaganda. Mientras los chihuahuenses pagamos la canasta básica más cara, el régimen regala miles de millones de pesos a la dictadura cubana.
Cuando la carne se vuelve un lujo, no estamos frente a un simple aumento de precios, sino ante una degradación del nivel de vida. Se trata de una señal inequívoca de que algo se ha roto en el modelo económico. Un gobierno que normaliza esta situación ha fracasado no solo en términos técnicos, sino también en su responsabilidad moral.
Nuestro norte es el motor de trabajo, producción y autosuficiencia. Hoy se le castiga con impuestos, se le ignora en las decisiones estratégicas y se le obliga a pagar el costo de una política económica improvisada.
Porque cuando un gobierno logra que la carne desaparezca de la mesa de su gente, ya no estamos ante un problema coyuntural, sino ante la prueba irrefutable de un fracaso estructural.Gobernar no es administrar carencias ni romantizar la pobreza; gobernar es garantizar que el esfuerzo rinda. Hoy, en Chihuahua, el régimen ha demostrado que no está a la altura de esa responsabilidad.