Carísimos, hay épocas en que la fe se vuelve liviana, casi líquida, y otras en que reclama peso, forma y nervio. La nuestra pertenece, sin duda, a las primeras. Muchos católicos de banca cómoda confunden caridad con complacencia y misericordia con amnesia doctrinal. Se arrodillan poco ante la verdad y demasiado ante el espíritu del siglo. Así, la Iglesia —que no es asamblea de opiniones sino escuela de verdad— aparece hoy desdibujada, como un rostro retocado hasta perder identidad.
No es novedad, desde hace décadas se repite el mismo canto: “hay que adaptarse”, “hay que actualizarse”, “hay que dialogar con todo”; el resultado salta a la vista: ideología relativista, liturgias sin asombro, catequesis sin nervio, moral contaminada y fieles que ya no saben qué creen, pero creen creer. La adaptación al mundo, cuando no está regida por la verdad, acaba siendo capitulación. Y una Iglesia que capitula deja de ser faro para convertirse en espejo.
Conviene decirlo sin rodeos: la crisis no es sólo pastoral, es doctrinal. En nombre de una falsa apertura se han filtrado ideas que no nacen de la Recta Doctrina sino del capricho: modernismos que diluyen la verdad, ideologías políticas disfrazadas de moral, espiritualidades ajenas al depósito de la fe. No faltan quienes, con lenguaje piadoso, siembran confusión; ni quienes, bajo la sonrisa del falso ecuménismo, relativizan lo que antes se confesaba con sangre. Todo error, cuando se instala en el altar o en la cátedra, se vuelve más peligroso que el enemigo declarado.
Retomar la ortodoxia no es nostalgia ni rigidez; es realismo espiritual. La ortodoxia es la recta alabanza, el pensar bien para vivir bien. La Iglesia de Roma no es ajena a ella: la custodia. Pero custodiar exige celo, y el celo hoy escasea; se tolera lo que debería corregirse, se aplaude lo que debería examinarse y se persigue, a veces con ferocidad, a quien osa recordar que la verdad no se vota ni se negocia.
Es menester exhortar, sí, pero también corregir. Amar implica señalar el error sin odio, no bendecirlo y, cuando dentro de la Iglesia se promueven ideologías del mundo, del demonio o de la carne, corresponde condenarlas y anatematizarlas con claridad, sin miedo al qué dirán; la tibieza no es prudencia; es cobardía.
La solución no vendrá de campañas publicitarias ni de silencios estratégicos, vendrá de volver a las raíces: formación sólida, liturgia reverente, moral sin eufemismos y Sacerdotes que enseñen como maestros, no como animadores. El católico no necesita que le confirmen sus errores, sino que le recuerden la verdad que salva. Sólo así la fe recuperará su filo, y la Iglesia su voz.
Por, Sergio Iván Bolio Mejía.