
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Don Nicolás tenía un puesto de frutas junto a la entrada del Mercado Juárez, desde ahí escuchaba de todo, reclamos, chismes, amenazas, promesas de políticos que jamás regresaban, un día vio llegar a un muchacho con ejemplares de “La Jeringa” debaj o del brazo, el vendedor gritaba titulares como si anunciara remedios milagrosos, así Nicolás compró uno por curiosidad, más por cansancio que por convicción. Lo leyó entre clientes, detrás de los costales de naranja; cada texto le raspaba la paciencia porque era verdad conocida, verdad común, verdad que a nadie le convenía nombrar.
El periódico hablaba de los arreglos entre compadres, del dinero que nunca alcanzaba para la gente, mientras sobraba para los cercanos al poder, del uso de la fuerza para callar protestas y de la arrogancia de quienes gobernaban como si la ciudad les perteneciera. Nicolás no era hombre de discursos, pero esa tarde le contó a otros marchantes lo que había leído, uno de ellos se río con amargura y dijo: “Eso ya lo sabemos, nomás que nadie lo escribe”. Y allí estaba la diferencia. La Jeringa daba forma a lo que el pueblo ya sentía; le ponía letra al coraje. Desde entonces, Nicolás lo compraba cada semana, decía que era como tener una conversación honesta en medio de tanto engaño; aseguraba que el periódico lo hacía sentirse menos solo, menos aplastado por la autoridad, y menos obligado a fingir que todo estaba bien. En un mercado donde todos sobrevivían a base de aguantar, La Jeringa, parecía abrir una rendija para respirar indignación sin vergüenza.
Doña Tina cosía de madrugada para entregar encargos antes de que amaneciera, sus ojos ya no resistían tanto hilo ni tanta penumbra, pero ella seguía porque había que comer, un día una vecina le dejó un ejemplar de La Jeringa sobre la máquina de coser. La portada le pareció insolente, casi desafiante, “Léalo, vecina, para que vea cómo está la cosa”, le dijo la mujer. Tina lo abrió mientras el pedal de la máquina quedaba inmóvil, lo que encontró la dejó helada, denuncias sobre abusos, sobre policías que golpeaban sin motivo, sobre funcionarios que se enriquecían mientras la gente sobrevivía con monedas contadas. Lo más duro no era el tono, sino el reconocimiento. Cada párrafo parecía describir su calle, su colonia, su propia vida. La costurera sintió miedo, no de las páginas, sino de que fueran ciertas, porque cuando la verdad se parece demasiado a la miseria cotidiana, duele más, aun así, siguió leyendo. Y entonces apareció algo inesperado, una sensación de amparo, como si la voz del periódico le dijera que su hambre, su rabia y su cansancio no eran un invento suyo, sino parte de una injusticia más grande. En la cena, Tina le leyó un fragmento a su esposo. Él frunció el ceño y dijo que era peligroso guardar esas cosas. Pero ella respondió que peligroso era vivir callados. Desde ese día, cuando oía a los políticos hablar de orden y progreso, Tina recordaba a La Jeringa y sonreía con desconfianza. Sentía que alguien, al menos una vez por semana, se atrevía a nombrar el abuso con todas sus letras.
Doña Adela había perdido a su esposo en un accidente laboral del que nunca se aclaró nada, desde entonces miraba con rabia cualquier discurso oficial que hablara de bienestar, un vecino le llevó un ejemplar de La Jeringa, asegurándole que allí “decían las cosas como eran”. Ella lo hojeó con recelo, pero terminó leyéndolo completo junto a la ventana. Encontró denuncias contra autoridades indiferentes, críticas a los privilegios de los cercanos al poder, relatos de abusos policiales y el señalamiento de un gobierno que exigía obediencia, pero no respondía por el dolor del pueblo. Adela se le humedecieron los ojos, no porque estuviera de acuerdo con todo, sino porque el periódico hablaba desde el lado de los golpeados, de los olvidados, de los que ya no esperaban justicia sino apenas una palabra honesta. A los pocos días, cuando fue al centro por un trámite, escuchó a un funcionario presumir obras y progreso, ella apretó el bolso contra el pecho y pensó en las viudas, en los huérfanos, en los enfermos sin atención. Pensó que el progreso no llenaba ataúdes ni devolvía salarios, entonces comprendió que La Jeringa no le daba consuelo, pero sí dignidad. Le decía que su indignación era legítima. A partir de entonces, la viuda pidió siempre el periódico, lo leía en silencio, con las piernas cruzadas y el gesto firme, decía que le gustaba porque “no se arrodilla” y para ella, en una ciudad donde muchos callaban por miedo, esa terquedad era un abrazo.
Don Eusebio manejaba una combi vieja que cruzaba la ciudad de punta a punta, conocía a la gente por sus rutinas y sus quejas, un día uno de los pasajeros olvidó un ejemplar de La Jeringa en el asiento trasero, Eusebio lo recogió y empezó a leerlo en los altos, le sorprendió el tono directo, casi feroz, con que hablaba del gobierno, no era una crítica educada, ni una editorial elegante, era un señalamiento con filo. El periódico acusaba a las autoridades de vivir lejos del hambre que presumían combatir. Hablaba de calles rotas, de colonias sin servicios, de promesas vacías y de la manera en que los funcionarios aparecían sólo para la foto; Eusebio, que pasaba el día entero escuchando reclamos por baches y rutas retrasadas, sintió que la publicación decía exactamente lo que él veía a diario. Empezó a llevar el periódico en la guantera y en los descansos, lo leía y luego se lo pasaba a otros choferes. Algunos se burlaban, otros asentían con el ceño apretado. Todos coincidían en algo, cuando un gobierno se siente intocable, lo primero que ataca es la voz que lo contradice. Para Eusebio, La Jeringa era una especie de defensa, le gustaba pensar que, si alguien se atrevía a escribir con tanta claridad, todavía había esperanza para los que vivían fuera del círculo del poder. Sentía que el periódico le quitaba un poco de la resignación del volante y le devolvía una dignidad sencilla, de hombre común que no quiere que le vean la cara.
Chuy tenía once años y vendía periódicos en una esquina muy cerca de la carnicería Boston por la Juárez antes de ir a la escuela, Los diarios grandes se vendían solos, pero La Jeringa era otra cosa. Había que gritarlo con ganas, porque muchos adultos lo compraban con una sonrisa de nervio, como si estuvieran adquiriendo una travesura. Chuy no entendía todo lo que decía, pero sí percibía el respeto que provocaba. Una tarde, por curiosidad, se quedó con un ejemplar sin vender y lo leyó bajo un farol. Le impresionó el lenguaje directo y brutal. Hablaba del gobierno como hablan los enojados cuando ya no quieren fingir educación. Señalaba abusos, burlas, engaños y mentiras, a Chuy le parecía una cosa enorme que un papel pudiera hacer temblar a tanta gente.
Cuando regresó a casa, le contó a su madre que un periódico decía que los poderosos mentían. Ella lo miró con cansancio y le contestó: “Eso ya lo sabemos, mijo, nomás que unos sí se atreven a decirlo”. Chuy se quedó pensando en eso. Desde ese día, vendió La Jeringa con un cuidado distinto, casi como si fuera algo sagrado. Para él, el periódico era una especie de escudo. No porque lo protegiera del frío o del hambre, sino porque le enseñaba que los niños de la calle también podían entender la injusticia. Sentía que las palabras impresas abrían una puerta donde antes sólo había obediencia. Y aunque aún era pequeño, ya intuía que había textos capaces de incomodar más que un grito.
Chihuahua era entonces una ciudad mucho más pequeña, Las calles terminaban abruptamente en terrenos baldíos y arroyos secos, en la colonia Las Granjas, entre sombras y caminos de tierra, hombres armados interceptaron al periodista la noche del 8 de octubre de 1970, no hubo advertencias, no hubo robo, hubo disparos directos, secos, ejecutados con precisión brutal. Los vecinos escucharon detonaciones y luego silencio, un silencio espeso, de esos silencios que parecen quedarse suspendidos sobre las calles mucho tiempo después de la tragedia. Cuando encontraron el cuerpo, el mensaje parecía evidente, no sólo habían asesinado a un hombre, habían intentado asesinar el atrevimiento. La noticia recorrió la ciudad como un golpe en el estómago. Los diarios oficiales hablaron poco y mal del crimen; algunos insinuaron motivos personales, otros intentaron reducirlo a un ajuste de cuentas común. Pero en las colonias obreras nadie creyó aquellas versiones.
El miedo comenzó a crecer de otra manera, ya no era únicamente el temor a la policía o a los judiciales, era el miedo a terminar igual que él; el entierro fue silencioso y feroz al mismo tiempo, hombres con sombrero apretaban los dientes de rabia; mujeres lloraban en silencio; estudiantes caminaban mirando al suelo, algunos periodistas acudieron con cautela, observando discretamente si había agentes infiltrados entre la multitud. Muchos entendían perfectamente lo que acababa de ocurrir, el poder acababa de mandar un mensaje de sangre a toda la prensa crítica del norte del país ,pero el efecto no fue exactamente el esperado, porque aunque La Jeringa desapareció físicamente, su memoria comenzó a crecer como crecen las heridas que nunca cierran del todo, durante años, en Chihuahua, cada periodista incómodo fue comparado con Ernesto Espinoza Hernández; cada denuncia contra corrupción llevaba inevitablemente el eco de aquella pequeña imprenta que había desafiado al gigante.
Los viejos vendedores de los mercados hablaban de él décadas después; los choferes de ruta recordaban las portadas incendiarias, algunas maestras guardaban ejemplares amarillentos dentro de cajas de cartón. En muchas casas humildes el nombre de La Jeringa seguía pronunciándose con respeto, porque para miles de personas no fue simplemente un periódico, fue una trinchera, un refugio moral. Una voz rabiosa que se negó a obedecer cuando Chihuahua estaba aprendiendo a vivir bajo el miedo, y quizá por eso el gobierno jamás logró enterrarlo completamente, porque la tinta derramada por la verdad, aun mezclada con sangre, tiene la mala costumbre de quedarse para siempre en la memoria de los pueblos.
Desde entonces, el ambiente alrededor de Espinoza Hernández se cargó de una electricidad peligrosa. La ciudad, que ya vivía entre la modernización y la disciplina, comenzó a parecerle un sitio más estrecho; los rumores de agresión se mezclaban con la vigilancia, y la vigilancia con el temor. El periodista sabía que estaba caminando sobre una línea muy delgada, pero también, sabía que el silencio sería una forma de rendición, así siguió publicando, insistiendo, acusando, señalando; Cada edición de “La Jeringa” era una nueva herida en el cuerpo simbólico del poder. Cada página se convertía en una advertencia, el pueblo estaba leyendo, entendiendo, comparando, desconfiando. Entonces llegó la noche fatal. El 8 de octubre de 1970 quedó grabado como una fecha oscura, de esas que no sólo cierran una vida, sino que abren una herida en la memoria colectiva. En la colonia Las Granjas, en una zona donde la ciudad parecía deshilacharse hacia la periferia y donde el alumbrado era escaso, el silencio fue roto por la violencia. Ernesto Espinoza Hernández fue interceptado por hombres armados. No hubo diálogo, ni negociación, ni advertencia suficiente para salvarlo. Hubo disparos. Hubo el acto frío y calculador de quienes no buscaban robar, sino borrar. La escena tuvo la brutalidad de una ejecución hecha para mandar un mensaje: no sólo matar al hombre, sino amedrentar a todos los que todavía creían que una imprenta podía servir para defender al pueblo.