
La matiné de los últimos días nos estremece y sitúa frente a una de las horas más oscuras de la geopolítica contemporánea. Los ataques perpetrados por las fuerzas de Estados Unidos e Israel contra objetivos en territorio iraní no representan solo un episodio más en la larga bitácora de tensiones en aquel lado del mundo; son, en esencia, un recordatorio de la fragilidad de la paz y del desafío que enfrenta el andamiaje jurídico internacional frente a la fuerza de las armas. Leyendo hoy por la mañana, me sorprendió leer un encabezado que decía “EEUU lanza su primer misil submarino desde la Segunda Guerra Mundial”.
Como abogado, y desde una visión profundamente humanista, resulta imperativo analizar estos hechos más allá del análisis militar. El Derecho Internacional Público, ese conjunto de normas que hemos construido para evitar que el mundo regrese al estado de naturaleza, a lo que ya hemos vivido con anterioridad y lo que en lo que va del 2026 llevamos como mínimo, un acontecimiento fuerte al mes, se encuentra hoy en una encrucijada. La legítima defensa y la seguridad nacional son conceptos válidos y necesarios, estudiados en clase, pero su ejercicio debe estar siempre ceñido a los principios de proporcionalidad, necesidad y, sobre todo, a la distinción fundamental que obliga a proteger a las poblaciones civiles.
No se puede ser indiferentes al costo humano de la guerra. El humanismo y la corriente católica han sentado bases de pensamiento que va en contra de lo que se está suscitando. Toda escalada bélica es, en última instancia, un fracaso de la política y de la capacidad de diálogo. El humanismo político enseña que la persona debe ser el centro de toda decisión pública; por tanto, cualquier acción que ponga en riesgo la integridad de inocentes debe ser vista con una mirada crítica y mesurada. La paz no es solo la ausencia de guerra, sino la presencia de la justicia y el respeto a la dignidad intrínseca de cada individuo. Cualquier extremo, desde la izquierda o la derecha, considero que es malo.
En el plano económico, defendiendo el libre mercado y la certidumbre jurídica, se observa con preocupación cómo la inestabilidad global sacude los mercados energéticos y financieros. Una economía sana requiere de un orden internacional estable. El centralismo que propugnamos (entendido como ese punto de equilibrio que rechaza los extremismos), se dicta que la solución a los conflictos globales no reside en el aislamiento ni en la agresión unilateral desmedida, sino en el fortalecimiento de las instituciones y el respeto a la soberanía dentro del marco del derecho.
Quizás eso lo podríamos sentir estos eventos como lejanos. Sin embargo, en un mundo globalizado, la ruptura del orden en cualquier punto del orbe afecta nuestra realidad local, desde el precio de los insumos hasta la percepción de seguridad. Basta con ingresar a TikTok (que paso bastante tiempo en él, he de admitirlo), para darse cuenta de lo que está sucediendo.
La postura de México, y de quienes participamos en la vida pública con una ideología de centro-derecha humanista, debe ser la de la firmeza en los principios pero la prudencia en el juicio. Se debe abogar por un retorno a la diplomacia que no sea debilidad, sino la manifestación más alta de la inteligencia humana.
Irán, Israel y Estados Unidos se encuentran hoy en un tablero donde un movimiento en falso puede condenar a generaciones enteras. Nuestra columna hoy no es un llamado a la neutralidad apática, sino un exhorto al realismo jurídico: que el uso de la fuerza sea siempre el último recurso y que, incluso en la guerra, el Derecho y el respeto a la vida sigan siendo la brújula que guíe a las naciones.
Es momento de que la comunidad internacional retome el liderazgo moral. Porque al final del día, ninguna victoria militar compensa la pérdida de los valores que nos hacen humanos.
Abrazo fuerte a los 279 mexicanos que huyeron por tierra. Abrazo fuerte a todos los pueblos que están perdiendo seres queridos. Abrazo fuerte a las naciones que más lo necesitan.