
En las páginas severas de la historia cristiana se nos recuerda que la fe jamás habita largo tiempo en reposo. Cuando los pueblos se adormecen, surgen ideologías que pretenden ocupar el lugar que corresponde únicamente a Dios. Así ocurrió en otras edades y así acontece también en nuestros días.
El cristiano mexicano no debe olvidar las palabras del mártir jalisciense, el Beato Anacleto González Flores, quien señalaba tres enemigos persistentes de la Patria: la Masonería, la Revolución y el Protestantismo; aquellas fuerzas, distintas entre sí, compartían un mismo designio: desplazar a Cristo del centro de la vida pública. Hoy, sin embargo, el horizonte muestra nuevas corrientes ideológicas que buscan arraigo en nuestra tierra. Entre ellas se levanta el islamismo político, acompañado de otras doctrinas contemporáneas como el sionismo, ambas ajenas al espíritu cristiano de nuestra civilización.
Conviene distinguir con prudencia, no se trata de perseguir personas ni de fomentar odios contra individuos que profesen otra religión. La Iglesia enseña con claridad que toda persona posee dignidad y merece respeto, mas otra cosa muy distinta es la ideología que pretende subordinar la sociedad a un sistema religioso-político incompatible con la libertad cristiana.
El islamismo, entendido como proyecto político, no se limita a la esfera espiritual. En múltiples regiones del mundo ha procurado ordenar la vida civil conforme a una ley religiosa que fusiona poder político y fe. Tal concepción difiere profundamente de la tradición cristiana, donde la autoridad temporal y la espiritual poseen distinción, aun cuando ambas deben reconocer el señorío supremo de Dios.
A algunos observadores les inquieta que corrientes políticas contemporáneas, particularmente dentro del régimen gobernante en México, coqueteen con alianzas internacionales e ideológicas que mezclan socialismo, movimientos revolucionarios y simpatías hacia proyectos islamistas en el extranjero. En el discurso se habla de pluralidad; en la práctica se abren puertas a influencias que desconocen las raíces cristianas de nuestra nación.
La historia enseña que cuando el Estado adopta ideologías extrañas a su cultura espiritual, el resultado suele ser confusión social. México nació bajo la señal de la Cruz; su identidad no es fruto de laboratorio ideológico sino de siglos de tradición católica que también comparte, en lo esencial, con el cristianismo oriental ortodoxo.
Ante ello, la peor actitud del católico sería la tibieza, posición que a Dios le da asco y vomita desde lo más profundo de su ser celestial. El indiferentismo religioso, esa enfermedad moderna que afirma que todas las doctrinas son iguales, termina por vaciar el alma de los pueblos. Cuando la fe se vuelve mero adorno cultural, otras ideologías ocupan el trono que queda vacío.
Por ello es menester recordar la enseñanza clásica de la Doctrina Social de la Iglesia: el cristiano no debe huir de la vida pública. Participar en la política, defender la verdad y promover leyes justas no es ambición mundana, sino deber moral cuando está en juego el bien común.
México necesita católicos despiertos, prudentes y firmes; no para imponer por la fuerza, sino para testimoniar con claridad que ninguna ideología, sea revolucionaria, sectaria o religiosa en su forma política, puede ocupar el lugar que corresponde únicamente a Cristo.
Porque las naciones, como las almas, sólo encuentran orden verdadero cuando reconocen a su legítimo Rey de reyes.