Resurrección: Juicio a Nuestra Tibieza

Consilium Culturæ
Sergio Iván Bolio Mejía
Twitter: @SergioBolioMX
sboliomvm@gmail.com

Hay verdades que no admiten tibios, y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo no es adorno devocional ni consuelo fácil: es el hecho que hiende la historia y examina la conciencia. Si Cristo vive, todo se ordena a la luz; si no, todo se disuelve en vana retórica. Mas vive, y, sin embargo, muchos vivimos como si yaciera aún en el sepulcro.

La Pascua no es un símbolo intercambiable, es la irrupción de la Vida que rompe las cadenas del pecado por medio de la Cruz. En ella se manifiesta que el Crucificado es Dios verdadero, y que la muerte ha sido vencida. De tal misterio brota una exigencia concreta: dejar de pactar con la mediocridad moral; quien celebra la Resurrección y persevera en la injusticia se desdice a sí mismo.

Conviene hablar con claridad: donde se trivializa la verdad, donde la vida es relativizada, donde el bien común se subordina a intereses mezquinos, allí la fe queda reducida a ceremonia sin fuerza. No basta invocar a Dios en lo íntimo si en lo cotidiano se legitima la mentira, se tolera la corrupción o se aplaude lo que hiere la dignidad humana. La incoherencia no es neutral: erosiona el tejido social y oscurece el juicio.

La Resurrección abre el Reino de los Cielos, mas no por decreto automático, sino por conversión real y verdadera. El Señor ha amado hasta el extremo; por ende, nuestra respuesta no puede ser tibia. Es menester renunciar al mundo cuando éste seduce con falsedades, resistir al demonio en sus formas sutiles de engaño y soberbia, y someter la carne con disciplina que ordene los afectos al bien. Sin cruz no hay paso a la gloria; sin combate interior no hay libertad.

Hay también una dimensión pública de esta fe. La esperanza pascual no huye de la realidad: la transforma, la actualiza. Exige cristianos veraces, profesionales rectos, familias firmes, comunidades solidas. Donde cada cual cumple con justicia su deber, la luz del Resucitado comienza a irradiar. Donde se normaliza la trampa, la violencia o la apatía, se levanta de nuevo el patíbulo.

La estrategia es sobria y eficaz: formar conciencias antes que buscar aplausos; practicar la verdad en lo pequeño para sostenerla en lo grande; custodiar la vida y la dignidad desde su origen hasta su fin natural; reeducar el corazón para que el sacrificio no sea huido, sino ofrecido. La alegría cristiana no es evasión, es fruto de la victoria de Cristo operante en el alma.

¡Cristo vive, Resucitó!, ¡aleluya, aleluya! Y su victoria no pide espectadores, sino testigos que, con obras, confiesen que la tumba está vacía y el camino al Cielo, abierto.

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