
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
El Arroyo de la Cantera, en la Chihuahua capital, no es sólo una cicatriz de agua sobre la piel de la ciudad, sino una voz antigua, áspera y persistente que ha corrido entre piedras, memorias y barro como si quisiera recordar, a cada tramo, que el territorio también habla. Su nombre, ligado al poblado de “La Cantera” en el poniente de la urbe, sugiere desde el inicio una raíz mineral, una procedencia dura, una genealogía de roca y de trabajo, una historia nacida quizá del golpe seco de la explotación pétrea, del eco de los cinceles, del polvo blanco suspendido en el aire, y de la voluntad obstinada de los hombres que supieron arrancarle sustento a la tierra.
Nadie ha encontrado todavía, al menos en lo documentado de manera temprana, el acta solemne, la firma fundacional o el decreto preciso que haya sellado su nombre, y sin embargo, como ocurre con las historias verdaderamente viejas, la ausencia de papel no borra la presencia viva de la memoria. El nombre permanece porque la geografía lo sostiene, porque la toponimia lo confirma, porque la ciudad entera parece haber aprendido a pronunciarlo con naturalidad, como quien pronuncia el nombre de una herida conocida. Y así, entre la incertidumbre de su origen exacto, y la certeza de su existencia material, el arroyo ha ido trazando una ruta de identidad, una línea movediza que ha acompañado el crecimiento de Chihuahua, capital orgullosa y contradictoria, severa y expansiva, seca y torrencial, siempre al borde entre la permanencia y el derrumbe.
Basta imaginar una mañana lejana, quizá a finales del siglo XIX o en los primeros años del siglo XX, cuando el viento levantaba remolinos de polvo sobre los terrenos ponientes, cuando las casas eran pocas, humildes, dispersas, y cuando un hombre cualquiera, con la camisa sudada y el sombrero gastado, miraba el cauce del arroyo y entendía que allí, había no sólo un desagüe natural, sino un destino urbano, una frontera íntima entre la naturaleza y la ciudad. En esa frontera se asentaron los primeros barrios, las primeras colonias, las primeras pequeñas voluntades de permanencia. La Industrial, cercana a las vías del ferrocarril, con su pulso obrero y su fervor de chimenea; el Santo Niño, extendido hacia el noroeste como una promesa devota; el barrio del Plan de Álamos, al poniente periférico, casi remate del sueño urbano; el barrio Popular, después Emiliano Zapata, que en su nombre ya llevaba el temblor de lo colectivo y el reclamo de lo nuevo, y junto a ellas, el viejo Centro, la Obrera, el Pacífico, el Cerro Coronel, todas delimitando una ciudad que en 1922, todavía era pequeña, contenida, mucho más recogida que la vasta mancha urbana que hoy la desborda.
Aquella ciudad de entonces era un cuerpo mucho más estrecho, mucho más vulnerable, casi apretado por sus propios cauces, por sus arroyos, por sus caminos de tierra, por el mapa severo de sus barrancas; en ese paisaje, el “Arroyo de la Cantera” aparecía como una arteria natural, silenciosa por momentos, furiosa en otros, llevando y trayendo el rumor de las lluvias, el sobresalto de las crecientes, el anuncio de la vida que desciende desde las alturas y se precipita sin pedir permiso. Y cuando la lluvia caía con saña, con violencia, con ese dramatismo súbito del cielo chihuahuense, el arroyo dejaba de ser línea, para volverse fuerza, de ser borde para volverse amenaza, de ser nombre para volverse noticia. Así ocurrió en agosto de 1932, cuando las lluvias torrenciales desataron desbordes en varios arroyos y empujaron sus aguas hacia el río Chuvíscar, como si toda la cuenca hubiera decidido rugir al mismo tiempo. Los arroyos de “La Canoa”, “La Manteca”, “Santa Rita”, “El Mimbre” y otros cauces menores, se hincharon, se agitaron, se desbordaron, y la ciudad observó con pavor cómo el agua, esa misma agua que da vida, también podía arrebatarla. Entonces el Arroyo de la Cantera, dejó de ser un simple accidente geográfico y se convirtió en símbolo de fragilidad urbana, en testimonio brutal de que la ciudad no manda sobre todo lo que habita.
Más tarde, en septiembre de 1990, la memoria volvió a estremecerse con otra tromba histórica, otra lluvia descomunal, otra furia celeste que dejó muertos, destruyó viviendas, quebró hogares y recordó con violencia que los barrios bajos, los márgenes humildes, las casas cercanas al cauce son siempre las primeras en sentir el castigo del agua. Allí, donde la ciudad celebra avenidas amplias, centros comerciales y vialidades modernas, hubo antes familias que corrían con baldes, puertas que se cerraban con miedo, niños que lloraban, mujeres que alzaban sus enseres, y hombres que salían a enfrentar, con el pecho apretado, el avance oscuro de la creciente. Aquellas tragedias no fueron meros accidentes climáticos, fueron también lecciones urbanas, advertencias ignoradas, avisos de que la modernidad sin memoria termina por pagarle cuentas a la naturaleza.
Y en ese largo proceso de adaptación, el arroyo fue encauzado, embovedado en tramos, domesticado con concreto, domesticado con ingeniería, convertido en parte del gran engranaje vial de la ciudad. Entre la avenida Río de Janeiro y el Periférico de la Juventud, su curso quedó oculto bajo la superficie, y la “Vialidad La Cantera” se erigió sobre él como una franja de velocidad, tráfico y prisa. Pero debajo del asfalto, sigue latiendo la sombra del agua, la huella del cauce, la memoria subterránea de una corriente que no ha dejado de existir, aunque ahora circule en silencio. Y mientras la avenida se abre paso entre autos, anuncios y prisa moderna, el ANTIGUO NOMBRE persiste como un recordatorio obstinado de que la ciudad fue primero paisaje antes que avenida, primero arroyo antes que tráfico, primero cantera antes que concreto.
Porque el poder de los nombres no reside sólo en señalar, sino en conservar; no sólo en identificar, sino en contar; no sólo en ordenar, sino en resistir, por eso el origen del nombre “Arroyo de la Cantera” permanece envuelto en cierta penumbra documental, en una duda elegante y severa, en una bruma de hipótesis razonables. Se presume que procede del poblado de “La Cantera”, al poniente, y que ese poblado recibió su denominación por la existencia de una cantera real, de una explotación de piedra, de un sitio donde el trabajo humano se enfrentó a la dureza mineral del suelo; es probable, sí, pero no plenamente probado en los documentos tempranos que hoy se conocen, y esa incertidumbre, no debilita su historia; por el contrario, la vuelve más humana, más viva, más parecida a la propia ciudad, que tantas veces ha crecido entre vacíos, conjeturas y memorias parciales...esta crónica continuará.
"Entre piedra y poder: la disputa por el nombre de “La Cantera”, forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea adquirir los libros sobre Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII y IX, pueden llamar al cel. 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111); La Luz del Día (Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe) y Bodega de Libros.
Fuentes: Archivo Histórico del Municipio de Chihuahua, Archivo General del Estado de Chihuahua (sección Historia Local) Hemeroteca Heraldo de Chihuahua, Correo de Chihuahua Fototeca /Archivo INAH Chihuahua.