
En estos días turbios, cual nave sin timón en mares infestados de corsarios, se levanta un clamor que no puede ya ser silenciado: la soberanía, don sagrado de los pueblos, ha sido trocada por componendas con el crimen. Y aunque en el púlpito civil se proclame su defensa, como lo hace la presidente Claudia Sheinbaum, los frutos visibles contradicen la palabra, pues donde debiera florecer la justicia, campea la violencia con descaro; “Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal” (Isaías 5,20), advierte la Sagrada Escritura, como si describiese nuestra hora presente.
No es juicio temerario afirmar que el narcotráfico ha penetrado los muros del poder. A manera de lepra moral, corroe instituciones y conciencias. Los nombres de Andrés Manuel López Obrador, Rubén Rocha Moya, Adán Augusto López y Marina del Pilar Ávila resuenan en el debate público, no como ejemplo de virtud cívica, sino envueltos en sospechas y señalamientos que el tiempo no ha logrado disipar. La autoridad, instituida para el bien común, parece haber claudicado ante potestades de tinieblas que compran voluntades y dictan silencios.
Así, la retórica oficial se convierte en artificio: se finge combatir al crimen mientras se le tolera; se habla de paz mientras se administra la violencia. Tal contradicción no es sólo política, sino profundamente moral: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mateo 6,24).
Conviene, pues, que el pueblo, y en particular los fieles católicos, despierte de su letargo. No basta lamentar los males: es preciso discernir sus raíces. Ni el comunismo disfrazado de justicia social y tampoco el sionismo, ofrecen remedio al alma nacional. Todos, en diversa medida, han contribuido a la descomposición del orden natural y cristiano.
Urge la formación seria en la Doctrina Social de la Iglesia, donde se enseña que toda autoridad viene de Dios (cf. Romanos 13,1) y debe ejercerse conforme a la ley moral. Sin este cimiento, cualquier sistema degenera. La política no es arte de dominio, sino servicio al bien común bajo el señorío de la verdad. Y si Cristo no reina en las conciencias, difícilmente reinará en las instituciones.
No se trata de nostalgia vana, sino de rectitud de principios: devolver al poder civil su origen trascendente y reconocer que la ley humana debe someterse a la ley Divina. Sólo así podrá cerrarse el paso a la corrupción que hoy se ha vuelto costumbre.
Mirando al porvenir, se impone una tarea concreta: preparación y vigilancia. Las próximas elecciones no deben ser repetición de errores pasados; izquierda y derecha, son lo mismo, devienen en máscaras de un mismo desorden. El ciudadano consciente ha de exigir integridad, no consignas; verdad, no propaganda.
Si México ha de sanar, no bastan reformas externas; es menester una conversión profunda del alma pública. Porque una nación que vende su soberanía, vende también su dignidad; mas una que retorna a la verdad, puede aún restaurar su grandeza.