
“La mejor política exterior es la interior”, frase célebre de López Obrador durante su campaña y ya como jefe del Ejecutivo; y vaya si le hizo honor a su dicho. Al inicio de su sexenio, el presidente nombró como secretario de Relaciones Exteriores a Marcelo Ebrard, un experimentado político expriista que fue jefe de Gobierno del Distrito Federal por el PRD durante el periodo 2006-2012. Él fue quien se encargó de representar al gobierno de México ante instancias internacionales y gobiernos extranjeros, porque el mandamás se negaba a salir del país, excepto para reunirse con su íntimo amigo, el presidente de Cuba, y otros mandatarios izquierdistas.
Durante el sexenio se suscitaron diversos conflictos y escándalos diplomáticos, tales como: las cartas al rey de España exigiendo disculpas por la conquista; el asilo político al exmandatario boliviano Evo Morales, acusado de tráfico de personas; la ruptura de relaciones diplomáticas con Perú por el apoyo al expresidente Pedro Castillo, destituido por un autogolpe de Estado; los desencuentros con el presidente argentino Javier Milei; y la ruptura con Ecuador por conceder asilo en nuestra embajada en Quito al exvicepresidente de aquel país, Jorge Glas, acusado de corrupción.
Otro escándalo fue el nombramiento como embajadores de exgobernadores y funcionarios priistas, entre ellos: Omar Fayad (Hidalgo) en Noruega, Quirino Ordaz (Sinaloa) en España, Esteban Moctezuma (exsecretario general del PRI) en Estados Unidos y Claudia Pavlovich (Sonora) en Panamá. Este último caso causó polémica porque la propuesta anterior consistía en nombrar a Pedro Salmerón, un historiador y maestro que tiene denuncias de acoso sexual, motivo por el cual fue rechazado por el país centroamericano.
A principios de este año, ya en el sexenio de Claudia Sheinbaum, se nombró al exfiscal Gertz Manero como embajador en el Reino Unido. Paralelamente, salió a la luz que la exembajadora Josefa González Blanco fue denunciada por acoso laboral hacia trabajadores a su cargo; además, se dio a conocer que alojó al hijo de Ebrard en la embajada mientras este estudiaba en Londres.
El último desencanto sucedió en el Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME), organismo que promueve el bienestar de los connacionales en otros países. Dicha dependencia estaba a cargo de la expanista Tatiana Clouthier, quien nunca emitió una declaración o comunicado por las muertes de mexicanos a manos del ICE y renunció al instituto para contender por la gubernatura de Nuevo León por Morena.
Con todos estos escándalos, la política exterior y el ejercicio de la diplomacia en nuestro país se han manchado por gobiernos que no entienden, ni entenderán, lo que representa México a nivel internacional. Todo por el capricho de un mandatario cuyo problema no es que no entienda el inglés, sino que no entiende el mundo —o no quiso entenderlo— y arrastró con él a su aprendiz. Esta última, aunque ha resultado un poco más sensata, ataca a funcionarios extranjeros por expresar sus ideas en territorio mexicano, como ocurrió con la presidenta de la Comunidad de Madrid.
En siete años, hemos visto cómo el ejercicio de la diplomacia se ha convertido en un instrumento de influyentismo, nepotismo e impunidad, como en los mejores tiempos de la "dictadura perfecta". La misma que han criticado, pero de la que han extraído a sus soldados más leales para premiarlos sin tapujos con su perdón y olvido.