“La Jeringa”: tinta, miedo y resistencia vs el poder político del Chihuahua autoritario

Crónicas de mis Recuerdos
Oscar A, Viramontes Olivas
Facebook: Oscar Vira
violioscar@gmail.com

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com

 

En el Chihuahua de finales de los años sesenta y principios de los setenta, cuando la ciudad crecía entre el polvo, el rumor de los motores y la sombra alargada del poder, la vida pública parecía ordenarse no por el diálogo sino por la obediencia; eran años ásperos, de instituciones endurecidas, de calles donde la modernidad avanzaba a golpes de cemento y donde, al mismo tiempo, la disidencia era vista como una afrenta, en ese escenario, el nombre de Oscar Flores Sánchez, se alzaba como el de un hombre capaz de proyectar dos imágenes al mismo tiempo, la del gobernador que impulsaba obras, ensanchaba avenidas, presumía progreso, y consolidaba la capital como emblema de desarrollo, y, la del jefe político que, detrás del discurso de avance, no toleraba la crítica, la burla ni la denuncia.

Chihuahua, bajo su mando, vivía una paradoja cruel se edificaban caminos, pero también se estrechaban las libertades; se inauguraban obras, pero se clausuraban voces; se hablaba de futuro, mientras el presente se poblaba de vigilancia, amenazas y miedo. En esa atmósfera nació y creció la figura incómoda de Ernesto Espinoza Hernández, un hombre de imprenta, de taller, de tinta y plomo, que no parecía haber sido hecho para los salones del poder, sino para la áspera intimidad de los tipos móviles, las prensas viejas y el olor penetrante del papel recién impreso. No era un periodista de escritorio ni un hombre de alianzas discretas con funcionarios y empresarios; era, más bien, un tipógrafo endurecido por el oficio, un trabajador de la palabra que conocía el valor físico de la denuncia.

Su herramienta no era el privilegio, sino la página impresa; no su capital, sino la obstinación; no su protección, sino el coraje, y con esas armas, levantó “La Jeringa”, un periódico que desde su propio nombre, anunciaba la intención de herir, de pinchar, de incomodar, de meter el aguijón en la piel de los intocables. “La Jeringa” apareció como una publicación de combate, popular, directa, irónica, áspera, sin adornos ni concesiones. En tiempos en que el servilismo editorial era moneda corriente, y la adulación podía convertirse en salvo conducto, aquella hoja se atrevía a nombrar lo que otros callaban; su lenguaje no buscaba agradar a los funcionarios ni tranquilizar a los poderosos; buscaba poner en evidencia las mentiras, la corrupción, los abusos y el cinismo de los círculos cercanos al gobierno.

Era un periódico que hablaba como hablaba la calle, como hablaban los mercados, los talleres, las colonias obreras, las plazas polvorientas donde la gente común, comentaba en voz baja lo que en público nadie se atrevía a decir; allí, estaban las denuncias por despojos, los señalamientos a la policía judicial, el malestar por el favoritismo, el hartazgo por los privilegios de unos cuantos, la sospecha de que el llamado progreso se sostenía sobre una base de miedo. La sola existencia de “La Jeringa”, representaba una insolencia, y precisamente por eso, fue útil para muchos y peligrosa para otros. A diferencia de los medios dependientes de la publicidad oficial, el periódico se sostenía por su venta, por su circulación entre lectores que lo esperaban como se espera una verdad incómoda pero necesaria; esa independencia. lo volvía más vulnerable, sí, pero también más libre. Y la libertad, en un ambiente político como el de Chihuahua, tenía precio; cada edición, cada crítica, era un desafío. Cada titular mordaz era una provocación; cada caricatura, cada denuncia, cada comentario satírico, funcionaba como una bofetada simbólica para un gobierno que exigía silencio y gratitud.

La tensión fue creciendo poco a poco, como crecen las tormentas en el horizonte del desierto, primero, una nube lejana, luego un viento seco, después la oscuridad que obliga a mirar el cielo con desconfianza, los funcionarios, comenzaron a ver en Espinoza Hernández no a un periodista, sino a un enemigo. Las presiones llegaron en formas distintas, llamadas insinuantes, advertencias veladas, intentos de asfixiar su taller, vigilancia alrededor de sus movimientos, comentarios de pasillo, rumores que corrían de boca en boca con la gravedad de una sentencia. Se decía que lo querían silenciar; se decía que lo estaban marcando; se decía, incluso, que su nombre ya había sido pronunciado en círculos donde la impunidad se decidía a puertas cerradas.

En cafés, redacciones y esquinas de la ciudad, alguien siempre acababa repitiendo la misma frase con un temblor contenido, a Ernesto lo van a callar, pero él seguía, y seguía, porque el periodismo, para un hombre como él, no era una profesión decorativa, sino una forma de resistencia; no había en su carácter, espacio para la prudencia conveniente, ni para la dócil aceptación del orden impuesto. Sabía que cada línea podía traer consecuencias, y aun así, las escribía; sabía que su periódico irritaba al poder, y aun así lo distribuía; sabía que el precio de seguir era crecer en riesgo, pero también, sabía que ceder era entregar no sólo la imprenta, sino la dignidad. En más de una ocasión, el enfrentamiento con el gobernador dejó de ser un asunto abstracto, y se volvió un choque personal, casi corporal, entre dos formas de entender el poder y la palabra. De un lado, el hombre que gobernaba con mano firme, rodeado de procuradores, operadores políticos y una corte de leales; del otro, el dueño de un tabloide que no tenía más blindaje que su voz.

Entre las escenas que la memoria popular conservó con mayor intensidad, figura aquella en la que Ernesto Espinoza Hernández, encaró al propio Oscar Flores Sánchez en un restaurante, en presencia del procurador del estado. La imagen, transmitida por la tradición oral, y contada luego con variantes, resume la temperatura política de aquellos días; un periodista que no se limitó a escribir contra el poder, sino que se acercó a mirarlo de frente, a romper la distancia ceremonial que lo protegía. En ese momento, dicen, el aire se volvió más denso. No hubo cortesía suficiente para disimular la hostilidad; no hubo mesa, ni cubiertos, ni conversación capaz de borrar el peso de la confrontación. Allí, entre platos servidos y miradas tensas, el dueño de “La Jeringa” habría lanzado reproches directos, cuestionando al gobernador por sus abusos, por la represión, por la forma en que el progreso oficial parecía alimentarse de miedo y de silencios forzados; la presencia del procurador, no ablandó la escena; al contrario, la endureció. Era como si, en aquel restaurante, se hubiera condensado toda la lucha entre la prensa incómoda y el Estado implacable.

Don Filemón salía de la obra con las manos llenas de cal y el cuerpo molido por el sol, no sabía de teorías políticas ni de discursos elegantes, pero sí reconocía la injusticia cuando la tenía enfrente. Un domingo por la mañana compró un ejemplar de “La Jeringa” envuelto en papel gris, se sentó en una banca en silencio, y empezó a leer con los ojos entrecerrados; cada línea parecía escrita para él y el aumento de precios, los favores entregados a los amigos del poder, la policía golpeando a los muchachos que protestaban, los funcionarios que hablaban de progreso mientras las colonias seguían sin agua ni drenaje. El albañil sintió algo que no había sentido en años, que alguien por fin decía lo que todos murmuraban en las cantinas y en las filas del mercado. Se quedó mirando la portada como quien mira una prueba irrefutable. “Esto sí lo entiende uno”, murmuró; en su casa, su esposa le pidió que no lo dejara sobre la mesa, porque “a esos del gobierno no les gusta que les digan sus verdades”, pero él insistió en guardarlo como si fuera un amuleto. Desde entonces compraba cada número, decía que La Jeringa le hablaba sin fingir, sin adornos, sin miedo, sin embargo, para Filemón, ese periódico no era una hoja más, era una defensa. Sentía que lo protegía de la mentira oficial, que lo acompañaba en el hambre y le daba nombre a su rabia. Y cuando leía las críticas contra el gobernador, asentía con una seriedad antigua, como si cada palabra le quitara un peso del pecho.

 

Tips al momento

Corrido de Maru ya ameniza eventos de gobierno

Trascendió que durante el cierre de un evento organizado por la Junta Municipal de Agua y Saneamiento en Ciudad Juárez, fue reproducido un corrido tumbado con referencias a la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván.

La canción, que ha rondado desde hace varios días en redes sociales, comenzó a sonar mientras los asistentes permanecían en el lugar al término del evento, en el que se anunciaron obras por parte del Gobierno del Estado. Aunque inicialmente el ritmo no llamó la atención de varios asistentes, conforme avanzó la letra algunos identificaron mensajes relacionados con la mandataria estatal.

Entre las frases que se escucharon destacan referencias a una mujer “que no se sabe rajar” y que “no le tiembla la palabra cuando hay que poner orden”, además de menciones sobre el combate al crimen y el respaldo a la gobernadora.

También se escucharon líneas como: “Yo con Maru aunque soplen mal los vientos porque ha sabido dar la cara por su gente”, así como “Cuando el crimen ha querido meterse en el estado ella sigue dando frente sin hacerse para un lado”.

Por cierto, según el personal de Comunicación Social de la JMAS, el corrido no fue producido por el Gobierno del Estado y señalaron que el tema fue localizado en YouTube y solicitado para ambientar el cierre del evento.

La reproducción de la canción ocurrió horas antes de la manifestación convocada por simpatizantes de Morena en la ciudad de Chihuahua en contra de la gobernadora.

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Por cierto, según el personal de Comunicación Social de la JMAS, el corrido no fue producido por el Gobierno del Estado y señalaron que el tema fue localizado en YouTube y solicitado para ambientar el cierre del evento.

La reproducción de la canción ocurrió horas antes de la manifestación convocada por simpatizantes de Morena en la ciudad de Chihuahua en contra de la gobernadora.

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