
Dicen agora ciertos pregoneros de la modernidad que todo varón firme es sospechoso de machismo; tal confusión, repetida en tribunas, escuelas y redes, no sólo yerra en lo social: hiere también la comprensión cristiana del hombre. La Iglesia, Madre, Maestra y dueño del porvenir, jamás enseñó al hombre a dominar con soberbia ni a mandar con violencia; enséñale, antes bien, a ser varón virtuoso, a ejemplo de San José, custodio, esposo y padre en misión.
Conviene distinguir: el machismo envilece; la virtud ennoblece. El primero usa la fuerza para imponerse; la segunda la ordena para servir.
San José enseña justicia y rectitud; en tiempos donde la corrupción moral se disfraza de astucia, el hombre católico debe pagar lo justo, hablar verdad, cumplir su palabra y gobernar su casa con equidad. No hay hombría en la doble vida.
Enseña asimismo fe y obediencia; no obediencia servil a ideologías mudables, sino obediencia a Dios, a la verdad y a la conciencia rectamente formada. El hombre de hoy practica esta virtud cuando no negocia su fe por aceptación social ni calla por temor al escarnio.
Su tercera escuela es la humildad; en una era que idolatra el ego, San José no buscó aplausos. El varón cristiano ha de aprender a corregirse, pedir perdón, escuchar a su esposa, honrar a su familia y reconocer sus límites sin sentir menguada su dignidad.
La cuarta virtud, tan burlada por el mundo, es castidad y pureza; no se trata de represión, sino de señorío sobre sí mismo. En la práctica: rechazar la pornografía, huir de la infidelidad emocional y corporal, custodiar la mirada y amar sin convertir a la mujer en objeto ni trofeo.
Luego viene trabajo y responsabilidad; San José santificó el taller. El hombre católico no mide su valor por lujo ni poder, sino por su capacidad de proveer honestamente, administrar prudentemente y permanecer presente en la vida de los suyos.
Añádase fortaleza, prudencia y protección; proteger no es controlar. Es defender la verdad, resguardar a la familia del vicio, discernir peligros y sostenerse firme cuando la cultura premia la cobardía moral.
Finalmente, silencio y vida interior; San José mantiene el silencio las Sagradas Escrituras, obrando mucho. El hombre moderno, esclavo del ruido, necesita oración, examen de conciencia, lectura espiritual y momentos de silencio para no vivir gobernado por impulsos, algoritmos o ideologías.
Hoy se pretende mezclar arteramente el verdadero machismo con la vida varonil virtuosa, como si formar hombres íntegros fuese amenaza pública. Mas un hombre a ejemplo de San José no degrada a la mujer, no teme su dignidad ni compite contra ella; la honra, la protege y camina con ella hacia Dios. He ahí la varonilidad católica: no dominio, sino servicio; no brutalidad, sino virtud encarnada.
Por, Sergio Bolio.