La generación que ya no sabe aburrirse: por qué el silencio mental es el recurso cognitivo que la economía digital está extinguiendo

M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega

Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería.

Imagine esta escena: una sala de espera en cualquier clínica de Chihuahua. Hace veinte años, las personas miraban al techo, observaban a los demás, dejaban que la mente divagara. Algunos, incluso, tenían una idea. Hoy, cada persona en esa misma sala tiene la cabeza inclinada sobre una pantalla. El silencio ambiental existe. El silencio mental ha desaparecido. Y con él, según una cantidad creciente de evidencia neurocientífica, puede estar desapareciendo también una de las funciones cognitivas más valiosas del cerebro humano: la capacidad de generar pensamiento propio cuando no hay nada que lo ordene.

El aburrimiento tiene mala reputación. Durante décadas fue tratado como un estado improductivo que debía evitarse. Hoy, la neurociencia cognitiva está corrigiendo ese prejuicio con datos que merecen más atención de la que están recibiendo. Y lo que esos datos revelan es urgente en el contexto de una economía digital —y de una inteligencia artificial— diseñada específicamente para asegurarse de que el aburrimiento nunca ocurra.

 

La red que trabaja cuando nadie la interrumpe

En 2001, el neurocientífico Marcus Raichle y su equipo en la Universidad de Washington publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences un hallazgo que cambió la manera en que entendemos el cerebro en reposo. Usando resonancia magnética funcional, observaron que ciertas regiones del cerebro no se desactivaban cuando la persona dejaba de realizar una tarea específica. Al contrario: se activaban con mayor intensidad. Llamaron a ese sistema la default mode network, o red neuronal por defecto, y sus investigaciones posteriores —sistematizadas en Annual Review of Neuroscience (2015)— mostraron que esta red es responsable de funciones que ningún estado de atención dirigida puede replicar: la consolidación de la memoria, la construcción de la identidad personal, la empatía proyectiva y la creatividad asociativa.

En términos más directos: cuando la mente divaga, no está perdiendo el tiempo. Está realizando funciones que son imposibles cuando la atención está capturada por una pantalla. La investigación de Sandi Mann y Rebekah Cadman en la Universidad Central de Lancashire, publicada en Creativity Research Journal (2014), lo confirmó experimentalmente: los participantes que fueron sometidos a una tarea deliberadamente aburrida —copiar números de una guía telefónica— mostraron un desempeño significativamente superior en pruebas de pensamiento divergente y creatividad que el grupo de control que no experimentó el aburrimiento previo. El aburrimiento, lejos de ser un estado vacío, es el estado en que el cerebro genera conexiones que la concentración dirigida no puede producir.

Hay más. Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert publicaron en Science (2010) un estudio que siguió a más de dos mil personas mediante una aplicación móvil que las interrumpía al azar a lo largo del día para preguntar en qué estaban pensando y cómo se sentían. Sus conclusiones fueron inesperadas: los participantes dejaban vagar la mente el 47 por ciento del tiempo, y ese estado de divagación estaba asociado con mayor bienestar subjetivo cuando era intencional —es decir, cuando la persona eligía activamente dejar que la mente errara— y con menor bienestar cuando ocurría como escape de una actividad que no querían realizar. La mente que divaga con decisión propia procesa, crea y descansa. La mente que divaga como fuga del present no logra ninguna de las tres cosas.

El aburrimiento no es la ausencia de pensamiento. Es la condición en que el pensamiento más valioso finalmente puede ocurrir.

 

La economía que vive de eliminar el vacío

Sobre esta arquitectura cognitiva opera la economía de la atención con una precisión que merece llamarse lo que es: una ingeniería del secuestro mental. Tristan Harris, exdiseñador de experiencia en Google y fundador del Center for Humane Technology, explicó en su testimonio ante el Senado de Estados Unidos en 2019 y en su conocida charla del TED (2017) que las plataformas digitales modernas fueron diseñadas aplicando principios de psicología conductual —recompensas variables, desplazamiento infinito, notificaciones intermitentes— que explotan los mismos mecanismos de dopamina que hacen adictivos a los juegos de azar. El propósito no es informar ni entretener en el sentido pleno de la palabra. Es maximizar el tiempo de permanencia en la plataforma porque ese tiempo se traduce directamente en datos publicitarios y, por tanto, en ingresos.

El resultado es un entorno diseñado específicamente para impedir que la default mode network jamas se active. Cada pausa que podría convertirse en divagación productiva es llenada automáticamente por contenido nuevo. Cada momento de silencio potencial es interrumpido por una notificación. Cada instancia de aburrimiento —ese estado que el cerebro necesita para procesar, integrar y crear— es diagnosticada por el algoritmo como una falla del sistema que debe corregirse inmediatamente ofreciendo más estimulación. Nicholas Carr advirtió en The Shallows (2010) que los entornos digitales están reconfigurando los circuitos cerebrales hacia el procesamiento fragmentado, reduciendo la capacidad de lectura profunda y pensamiento sostenido no por falta de voluntad individual, sino porque el cerebro se adapta al entorno que más frecuentemente habita.

John Eastwood y su equipo en la Universidad de York definieron el aburrimiento en Perspectives on Psychological Science (2012) como un estado de deseo de participar en actividades satisfactorias acompañado de la incapacidad percibida de hacerlo. Lo que el entorno digital está produciendo, según esa definición, no es exactamente aburrimiento: es su simulacro. Una actividad constante que se siente como entretenimiento pero no satisface, porque el cerebro no está procesando ni integrando. Está consumiendo sin digerir.

 

Chihuahua acelerada: el costo local de una tendencia global

Este fenómeno no pertenece exclusivamente a las metrópolis globales. En Chihuahua, la aceleración digital tiene una dimensión económica que la intensifica. La llegada sostenida de inversión extranjera —más de 1,076 millones de dólares en los primeros dos trimestres de 2024, según la Secretaría de Economía— ha traido consigo entornos de trabajo con ciclos de decisión cada vez más cortos, comunicaciones simultáneas y una cultura de respuesta inmediata que penaliza implícitamente la pausa. El estudiante universitario chihuahuense compite en ese mismo ecosistema: cambia de aplicación cada pocos minutos mientras intenta estudiar, duerme con contenido de video de fondo y siente incomodidad genuina cuando el teléfono permanece en silencio más de unos segundos.

La psicóloga social Jean Twenge documentó en iGen (2017) que los jóvenes nacidos después de 1995 presentan niveles significativamente mayores de ansiedad, problemas de sueño y dificultades de concentración que generaciones anteriores, con una correlación temporal directa con la expansión masiva de smartphones y redes sociales. El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han añade en La sociedad del cansancio (2015) una dimensión crítica al argumento: el agotamiento contemporáneo no viene del exceso de trabajo en sentido clásico, sino del exceso de estimulación y de la hiperactividad de una subjetividad que no puede detenerse porque ha perdido la capacidad de hacerlo. No es que no queramos descansar. Es que ya no sabemos cómo.

 

La inteligencia artificial y la paradoja del pensamiento tercerizado

En este contexto llega la inteligencia artificial con una promesa de eficiencia que, en el marco de lo que hemos descrito, introduce una paradoja de consecuencias profundas. Los sistemas de IA generativa —ChatGPT, Claude, Gemini y sus sucesores— pueden producir en segundos textos, análisis, resúmenes y respuestas que antes requerían horas de trabajo intelectual sostenido. Eso es una ventaja real en muchos contextos. Pero hay un proceso que esa velocidad elimina sin que nadie lo haya autorizado: el proceso de luchar con el problema antes de resolverlo.

La investigación educativa llama a ese proceso deseable difficulty, o dificultad deseable: la fricción cognitiva que ocurre cuando una persona intenta resolver algo que no sabe todavía cómo resolver. Ese estado de incertidumbre activa la búsqueda de conexiones nuevas, fuerza la recuperación de conocimiento previo y consolida el aprendizaje de maneras que la recepción pasiva de una respuesta no puede replicar. Cuando la IA entrega la respuesta antes de que el proceso de búsqueda interna haya ocurrido, no ahorra tiempo. Elimina el aprendizaje.

La conexión con el aburrimiento es directa. El estado de no-saber-todavía, ese momento de pausa incerta en que la mente empieza a tantear soluciones, es funcionalmente similar al estado de aburrimiento productivo que activa la default mode network. Ambos requieren una condición que el entorno digital —y ahora la IA— elimina sistemáticamente: la tolerancia a la incomodidad temporal. Una generación entrenada en la gratificación instantánea por el diseño de plataformas y ahora por la disponibilidad de respuestas generadas por IA no desarrolla esa tolerancia. Y sin ella, las funciones cognitivas más sofisticadas —el pensamiento estratégico, la creatividad de largo aliento, el criterio moral— no encuentran las condiciones para madurar.

La IA puede responder cualquier pregunta en segundos. Lo que no puede hacer es crear el espacio mental donde las preguntas importantes se forman.

 

Lo que la creatividad sabe que el algoritmo ignora

Las ideas que cambiaron la historia rara vez nacieron en condiciones de máxima estimulación. Darwin desenvolvió la teoría de la evolución durante años de observación lenta y reflexión solitaria. Einstein describe sus mejores intuiciones como imágenes que llegaban en estados de ensoñación. El arquitecto Frank Lloyd Wright diseñaba caminando. La neurociencia ya sabe por qué: la default mode network genera conexiones entre dominios de conocimiento distantes —lo que los investigadores llaman pensamiento asociativo remoto— y esas conexiones son la materia prima de la innovación real. No la variación incremental que la IA puede producir optimizando patrones existentes, sino la ruptura creativa que emerge cuando una mente sin instrucciones establece un vínculo entre dos ideas que nadie había conectado antes.

Una economía que destruye sistemáticamente las condiciones para ese tipo de pensamiento no está siendo más productiva. Está siendo más eficiente en la ejecución y más empobrecida en la generación. Y en Chihuahua, donde el reto de largo plazo no es fabricar más rápido sino innovar con más profundidad para escalar en las cadenas de valor globales, esa distincción no es filosófica. Es estratégica.

 

Recuperar el derecho a no hacer nada

La respuesta a este dilema no pasa por rechazar la tecnología ni por romantizar el pasado. Pasa por algo más preciso y más difícil: recuperar la agencia sobre la propia atención. Eso implica entender que el aburrimiento no es un problema que resolver con el teléfono. Es una condición que el cerebro necesita para funcionar en su nivel más alto. Implica también diseñar entornos —laborales, educativos, familiares— que protejan los espacios de pausa en lugar de colmarlos con contenido.

El Foro Económico Mundial identificó en su Future of Jobs Report 2025 que las habilidades más demandadas para el periodo 2025–2030 son el pensamiento analítico, la creatividad y la resiliencia cognitiva. Las tres requieren algo que el entorno digital castiga: tiempo sin estimulación dirigida. Caminar sin audífonos. Esperar sin pantalla. Pensar antes de buscar la respuesta en la IA. Esas no son prácticas nostálgicas. Son las condiciones de entrenamiento del cerebro que el mercado va a recompensar con mayor valor en la próxima década.

La atención no es solo una función cognitiva. Es, en la economía del siglo XXI, una forma de soberanía personal. Y como toda soberanía, se pierde gradualmente y casi sin advertirlo, cuando se cede el control a sistemas diseñados para gestionarla en beneficio de alguien más.

En un mundo donde todo compite por nuestra atención, la persona que aprende a aburrirse con intención —a sentarse con el vacío sin llenarlo de inmediato— no está perdiendo el tiempo. Está preservando el único espacio donde el pensamiento verdaderamente propio todavía puede ocurrir. Ese espacio es, precisamente, el que ninguna inteligencia artificial puede ocupar por nosotros.

La humanidad nunca tuvo tanto acceso a respuestas. Nunca había tenido tan poco silencio para preguntarse si estaba haciendo las preguntas correctas.

REFERENCIAS

Carr, N. (2010). The Shallows: What the internet is doing to our brains. W. W. Norton & Company.

Eastwood, J. D., Frischen, A., Fenske, M. J., & Smilek, D. (2012). The unengaged mind: Defining boredom in terms of attention. Perspectives on Psychological Science, 7(5), 482–495. https://doi.org/10.1177/1745691612456044

Han, B.-C. (2015). The Burnout Society. Stanford University Press.

Harris, T. (2017, April). How a handful of tech companies control billions of minds [Video]. TED Conferences. https://www.ted.com/talks/tristan_harris_how_a_handful_of_tech_companies_control_billions_of_minds

Killingsworth, M. A., & Gilbert, D. T. (2010). A wandering mind is an unhappy mind. Science, 330(6006), 932. https://doi.org/10.1126/science.1192439

Mann, S., & Cadman, R. (2014). Does being bored make us more creative? Creativity Research Journal, 26(2), 165–173. https://doi.org/10.1080/10400419.2014.901073

Raichle, M. E. (2015). The brain’s default mode network. Annual Review of Neuroscience, 38, 433–447. https://doi.org/10.1146/annurev-neuro-071013-014030

Secretaría de Economía. (2024). Estadísticas de inversión extranjera directa en México. Gobierno de México. https://www.gob.mx/se

Twenge, J. M. (2017). iGen: Why today’s super-connected kids are growing up less rebellious, more tolerant, less happy—and completely unprepared for adulthood. Atria Books.

World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025. World Economic Forum. https://www.weforum.org/publications/the-future-of-jobs-report-2025/

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