Llegaron con hambre, sobrevivieron al odio: la dolorosa historia de los chinos en Chihuahua (Parte uno)

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com

 

La presencia china en Chihuahua, considerada como una epopeya silenciosa de quienes llegaron con hambre y se quedaron con dignidad, donde existen historias que no nacen para ocupar los grandes discursos, ni para ser repetidas con solemnidad en las plazas públicas; hay historias que sobreviven apenas en los márgenes, cubiertas por el polvo del tiempo, ocultas entre los ruidos del progreso, y las sombras del olvido. Una de esas historias es la de las comunidades chinas en Chihuahua, una historia de desarraigo, de penurias, de persecución y de resistencia; una historia tejida con dolor, con trabajo incansable y con una dignidad, que no se quebró ni siquiera en los días más oscuros.

Durante mucho tiempo, su presencia ha sido poco conocida por la ciudadanía, como si hubieran pasado por esta tierra sin dejar huella, pero la verdad es otra, ahí estuvieron, callados y constantes, en los rieles del ferrocarril, en las lavanderías, en los pequeños comercios, en las calles polvorientas de la ciudad de Chihuahua y en los rincones donde casi nadie miraba. Ahí, estuvieron resistiendo el desprecio, la burla, la sospecha y, más tarde, la persecución abierta; ahí, estuvieron cuando nadie los nombraba, cuando el cansancio les doblaba la espalda, cuando el hambre les vaciaba el estómago, y cuando el miedo les apretaba el alma, y aun así, siguieron. Sin duda, contar su historia no es solamente recuperar un episodio del pasado, es devolverle voz a quienes fueron obligados a hablar en silencio, a quienes aprendieron a vivir entre la necesidad y la esperanza, entre la marginación y la sobrevivencia; es reconocer a hombres que cruzaron océanos, soportaron tormentas, vencieron el hambre, y llegaron a Chihuahua con lo poco que les quedaba, sus manos, su voluntad y una esperanza temblorosa que apenas resistía el peso del dolor.

La llegada de los chinos a Chihuahua, ocurrió en una época en que el estado entraba en un periodo de transformación profunda, el ferrocarril, avanzaba como una bestia de hierro sobre el territorio, desgarrando distancias, enlazando regiones, y abriendo el camino a una modernidad que, como tantas veces en la historia, se construyó sobre el sudor de los más humildes. La “mole de hierro” exigía brazos, resistencia y sacrificio, y allí, llegaron ellos, hombres venidos de muy lejos, arrastrados por una tragedia que había devastado su propia tierra y los había empujado a buscar, en otro continente, una posibilidad de sobrevivir. China vivía entonces, uno de los momentos más dolorosos de su historia. 

Las guerras del Opio, habían dejado heridas abiertas y una humillación nacional, que marcó a generaciones enteras; la presión extranjera, la apertura forzada de puertos, el ingreso masivo del opio, el debilitamiento económico, y la pérdida de control sobre su propio destino, empujaron a miles a buscar salida fuera de su país. A eso, se sumó la devastadora “Rebelión Taiping”, una guerra civil de enormes dimensiones que dejó ruinas, muerte, desplazamientos y desesperación; además, el campo chino, sufría sobrepoblación, escasez de tierras, pobreza extrema, y un futuro cada vez más estrecho; para muchos, quedarse era condenarse lentamente, irse en cambio, era lanzarse al vacío, y aun así, partieron. Los barcos que los llevaron hacia América no eran naves de esperanza, sino cámaras flotantes de sufrimiento, allí viajaban cuerpos agotados, rostros vencidos, familias separadas, y jóvenes que cargaban sobre los hombros el peso de la necesidad, de esta manera, el viaje estaba marcado por la estrechez, el hambre, las enfermedades, el maltrato y el miedo. Muchos no soportaron la travesía, otros llegaron, pero llegaron quebrados, con la mirada oscurecida por la nostalgia y el cuerpo desgastado por la miseria. Eran hombres que no solo habían dejado su país, habían dejado atrás sus nombres, sus campos, sus muertos y su lengua cotidiana para lanzarse a una tierra desconocida que no siempre les abría las puertas.

Cada jornada en aquellos barcos era una prueba cruel. El aire rancio, el encierro, la humedad, los cuerpos enfermos y la incertidumbre volvían la travesía un suplicio. El mar no era solo distancia: era una frontera de angustia. En esa travesía quedaban también los sueños rotos de quienes pensaban encontrar fortuna y hallaban apenas una nueva forma de dolor. Pero el instinto de sobrevivir era más fuerte que el miedo, y así, a pesar de todo, muchos siguieron adelante. Estados Unidos fue uno de los primeros destinos, allí, los inmigrantes chinos fueron absorbidos por los trabajos más duros, la construcción de ferrocarriles, la minería, las labores más pesadas y menos reconocidas, pero el racismo los recibió como una muralla de odio. Fueron vistos como extraños, como amenaza, como cuerpos tolerables, solo cuando eran útiles y despreciables cuando reclamaban un lugar, la Ley de Exclusión China de 1882, cerró todavía más el horizonte y convirtió la esperanza en persecución legal; no era solo rechazo social, era un muro levantado desde el poder. Un muro hecho de prejuicios, miedo y ambición.

Entonces México apareció como una nueva posibilidad, no como una tierra de promesas cumplidas, sino como un sitio donde todavía era posible sobrevivir, por ello, en el gobierno de don Porfirio Díaz Mori, el país buscó modernizarse, atraer inversión extranjera y expandir su infraestructura. El ferrocarril, seguía creciendo y necesitaba mano de obra; en ese contexto, comenzaron a llegar chinos a diversas regiones del norte, especialmente a Baja California, Sonora y finalmente Chihuahua, un territorio estratégico, comercial y ferroviario. Chihuahua, con su ritmo de expansión y sus necesidades de trabajo, se convirtió en un punto de llegada para aquellos hombres que venían de sobrevivir a la exclusión, al desarraigo y al fracaso de las promesas ajenas; en la capital del Estado, la comunidad china empezó a encontrar un sitio, aunque ese sitio estuviera hecho de esfuerzo y precariedad. Muchos ocuparon empleos que otros despreciaban o que, nadie quería asumir. Lavanderías, pequeños comercios, expendios de comida, servicios básicos, ahí, fue donde comenzaron a levantar una existencia nueva. No tenían grandes capitales ni protección social, tenían, sobre todo, disciplina, resistencia y una capacidad admirable para levantarse al amanecer y volver a comenzar, aunque el día anterior los hubiera dejado al borde del agotamiento.

Hay una imagen que define esa etapa, la del hombre chino inclinado sobre una tina de ropa, con las manos resecas por el agua y el jabón, mientras afuera, la ciudad seguía su curso indiferente; o la del comerciante que abría su pequeño local antes de que amaneciera, con la certeza de que vender un poco de arroz, algo de té o algunos abarrotes, significaba ganar un día más de vida; o la del obrero que, después de cargar rieles, dormir poco y comer mal, se quedaba inmóvil un instante, mirando el horizonte de Chihuahua como quien no sabe todavía si ese lugar será refugio o condena; esa es la clase de humanidad que sostiene esta crónica, la participación de los chinos en la construcción de los ferrocarriles, fue fundamental; jornadas largas, trabajos pesados, condiciones durísimas y un desgaste físico que muchas veces rozaba el límite de lo soportable. Fueron parte de una fuerza laboral indispensable para levantar la infraestructura que conectaría a Chihuahua con otras regiones de México y con Estados Unidos. Sin embargo, como ocurre con tantos trabajadores invisibles de la historia, su esfuerzo quedó muchas veces oculto detrás de las grandes obras y de los nombres de siempre. Ellos no aparecían en los homenajes, aparecían en el polvo, en el cansancio, en el temblor de los músculos y en las cicatrices de la jornada... Esta crónica continuará.

 

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Fuentes de Investigación: Hu-DeHart, Evelyn "Racismo y persecución antichina en México" , American Historical Review, vol. 86, No. 3, 1981; Romero, Robert Chao "The Chinese in Mexico, 1882-1940" , University of Arizona Press, 2010 y Del Castillo Troncoso, Alberto. "Los chinos en México: Integración y Exclusión" en Migración y Fronteras: Los Trabajadores Migratorios y la Sociedad Mexicana , El Colegio de la Frontera Norte, 1999.

Tips al momento

Nada de reclamos de Sheinbaum a Markwayne por operaciones de la CIA

Al secretario del Departamento de Seguridad Interior de Estados Unidos,  Markwayne Mullin nada se le reclamó por la presencia de la CIA en Chihuahua.

Mientras que a la gobernadora Maru Campos se le acusa de traición a la patria, la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que la reunión con Markwayne fue de colaboración.

Aun cuando en el operativo del narcolaboratorio se dice que hubo agentes de la CIA, eso no se tocó para nada, ni hubo reclamo de Sheinbaum a Markwayne.

 


De las estampitas, al cuadro mundialista de Morena 

Pasamos del intercambio de estampitas de Ricardo Monreal, al show morenista por el mundial de futbol.

Arturo Martínez Secretario de Ciencia, Arte y Cultura del CEN de Morena, difundió una imagen de la presidenta Ariadna Montiel y los secretarios del partido emulando el cuadro de la selección mexicana. 

"¡El Mundial llega a México! Y en el Comité Ejecutivo Nacional ya tenemos a nuestro equipo titular en la cancha. Presentamos al cuadro que va a darlo todo por la transformación: las secretarias y los secretarios de MORENA encabezados por la Capitana Ariadna Montiel. Porque cuando el equipo está organizado, el partido se gana en territorio. ¡Venga México, venga MORENA!", señala la publicación.

Ricardo Monreal propuso que este 22 de mayo en la Cámara de Diputados, se realizaría el intercambio de estampas del álbum oficial del Mundial 2026, de Panini.

 

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