
Después de que en Chihuahua se desmantelara un narcolaboratorio con la participación de fuerzas estatales y federales, y con la supuesta intervención de agentes de la CIA, la gobernadora de nuestro estado se ha posicionado en la agenda nacional.
A estas alturas del partido, el régimen morenista y sus huestes le han dedicado mañaneras, marchas, intervenciones en tribuna, posicionamientos e infinidad de opiniones que, contrario a lo que buscan los políticos en el poder, se han convertido en una campaña de difusión política y publicidad gratuita para la mandataria norteña.
Todo esto parte de un raro trastorno que tuvo su epicentro con un gobernador saliente que buscó encarcelar a la candidata de su propio partido; ese mismo personaje, hoy exgobernador, tiene acusaciones de peculado, tortura y violaciones a los derechos humanos en Chihuahua. Ese mismo personaje hoy se refugia en el fuero de la Cámara de Senadores, desde donde ha transmitido esa obsesión a sus colegas de la bancada oficialista.
Este trastorno, que raya en lo enfermizo, se ha propagado entre senadores, diputados federales y locales, presidentes municipales, funcionarios de partido y hasta la presidenta de la República.
Aunado a las acusaciones por narcotráfico de Estados Unidos contra el gobernador (con licencia) de Sinaloa, se ha tratado de tapar ese escándalo con este caso de Chihuahua. Sin embargo, la jugada no le ha salido al oficialismo, ya que no solo opositores, sino también ciudadanos en general han mostrado su apoyo a la gobernadora.
En su desesperación por desviar la atención, la Presidenta, contagiada de una variante local del trastorno llamada “Bonillitis”, ha acusado al Gobierno Municipal de Chihuahua de “entreguista” por colaborar en temas de seguridad con la policía de Nueva York, acuerdo que fue impulsado por la cancillería en el sexenio anterior, también de su partido.
Igualmente, les ha dado un ataque de paranoia, porque desde la Cámara de Diputados impulsan una reforma para anular elecciones por sospecha de “intervención extranjera”. Pero eso sí, esperemos que no sea selectiva y no se ignore cuando intervengan agentes de sus países aliados, como Cuba, por ejemplo.
A día de hoy, si tienen 90% de aprobación, el pueblo de México está con ellos, tienen todo el poder y presupuesto del Estado, la oposición es insignificante y se asumen con toda la autoridad moral. ¿Por qué, entonces, el actuar de una gobernadora valiente y entrona del norte les ha causado un sismo interno y ha provocado la fractura de un movimiento de masas?
Con esto solo dan a entender que son frágiles y le tienen miedo a los cuestionamientos y embestidas, no solo de una opositora o al gobierno de la superpotencia, sino también de los ciudadanos a los que no han podido adoctrinar, los que no pueden comprar, con los que han tenido que lidiar por 8 años y que se han unido para ser un contrapeso, de esos que tanto se han empecinado en eliminar. Esos mismos ciudadanos que lucharán hasta el final para tener mejores gobiernos que no solo prometan, sino que cumplan las exigencias para que México sea, por fin, un país libre y de instituciones, esas que tanto dolor les han de causar, pero que al país lo han de librar de los trastornos que tanto se han empecinado en propagar.