
M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega
Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería.
Permítame comenzar con una observación que cualquier persona honesta reconocerá en el acto: usted ha terminado alguna vez de ver el perfil de LinkedIn de un conocido y ha sentido, con una puntualidad irritante, que su propia vida necesitaba una edición urgente. No es debilidad de carácter. Es, como descubriremos, la consecuencia perfectamente previsible de un negocio de diseño exquisito. Las plataformas digitales no son espejos. Son espejos cóncavos colocados estratégicamente para que cualquier vida real parezca insuficiente cuando se mide contra las versiones de exhibición de las demás. Y hay que reconocerles el mérito: lo hacen muy bien.
La ansiedad de sentirse rezagado, de llegar tarde a la propia vida, de correr en una dirección que el algoritmo de turno acaba de cambiar, es la condición psicológica más rentable del siglo XXI. No porque las empresas sean malvadas en ningún sentido melodramático, sino porque resulta que la insatisfacción humana, bien administrada, es un motor económico de primer orden. Lo que ocurre dentro de la mente del usuario mientras desliza la pantalla con el cejo ligeramente fruncido no es un efecto secundario tolerable. Es el producto.
El mecanismo más antiguo del mundo, reconfigurado a escala industrial
Antes de indignarnos con las plataformas, conviene reconocer que el mecanismo que explotan tiene setenta años de estudio científico y varios milenios de historia humana. En 1954, el psicólogo social Leon Festinger publicó en Human Relations su teoría de la comparación social, uno de los documentos más citados en la historia de la psicología. Su argumento central era elegantemente simple: los seres humanos evalúan sus propias opiniones, habilidades y condiciones de vida comparándose con otras personas, porque no existe un estándar absoluto externo que sirva de referencia. La comparación no es un vicio psicológico. Es una función adaptativa fundamental que permitió a nuestra especie calibrar sus capacidades en relación con el grupo, aprender de los más hábiles y mantener una posición viable dentro de la jerarquía social.
Festinger también identificó algo crucial: la comparación tiene un radio natural. Las personas se comparan predominantemente con quienes perciben como similares a ellas mismas en condiciones relevantes. Un carpintero novato se compara con otros carpinteros, no con Renzo Piano. Un estudiante de primer semestre mide su avance frente a sus compañeros de clase, no frente a un doctorado de Oxford. Ese radio limitado de comparación es lo que hace al mecanismo tolerable y productivo. Es lo que la economía digital destruyó con la misma delicadeza con que se demuele un edificio: espectacularmente y sin pedir permíso.
Andrew Przybylski y sus colaboradores en la Universidad de Oxford acuñaron en 2013 el término FOMO —Fear of Missing Out, o miedo a quedarse fuera— y lo midieron en una muestra representativa de adultos, publicando sus hallazgos en Motivation and Emotion. Encontraron que el FOMO es un estado psicológico con correlatos medibles en bienestar, motivación y satisfacción vital, y que está directamente relacionado con el uso de redes sociales como mecanismo de monitoreo de las experiencias ajenas. No es incomodidad social ordinaria. Es un estado de alerta cognitiva sostenida que consume recursos mentales sin producir ningún resultado adaptativo en el contexto para el que evolucionó.
La comparación social no es un defecto del carácter humano. Es una función cognitiva brillante colocada en un entorno para el que no fue diseñada.
Jonathan Haidt y la generación que creció dentro del experimento
El psicólogo social de la Universidad de Nueva York Jonathan Haidt lleva años documentando con rigor empírico lo que ocurre cuando la comparación social sin límites de radio se instala en la vida de personas durante sus años de mayor vulnerabilidad psicológica: la adolescencia. En The Anxious Generation (2024), Haidt y sus colaboradores rastrean con datos de múltiples países cómo las tasas de ansiedad, depresión y autolesiones entre jóvenes de 10 a 24 años comenzaron a aumentar de manera estadísticamente significativa entre 2012 y 2015, exactamente el periodo en que los smartphones y las redes sociales con feed visual —Instagram en particular— alcanzaron masa crítica entre la población adolescente.
El efecto, según Haidt, no es simétrico entre géneros: las adolescentes mujeres mostraron los peores indicadores, precisamente porque las plataformas de contenido visual intensifican la comparación de apariencia física y estatus social con una brutalidad que ningún patio de colegio tradicional podía igualar. Pero la tendencia es transversal. Una investigación de Philippe Verduyn y colegas, publicada en el Journal of Experimental Psychology: General (2015), demostró en condiciones controladas que el uso pasivo de redes sociales —desplazarse por el feed sin interactuar— deteriora el bienestar emocional de manera objetivamente medible en horas, mientras que la interacción activa y directa con otras personas no produce ese efecto. La diferencia entre mirar y participar es, en el ecosistema digital, la diferencia entre un estado de ansiedad sostenida y una experiencia social genuina.
Lo que estos datos revelan no es que la tecnología sea disfuncional. Es que ciertas características de diseño específicas —el feed de scroll infinito, las métricas públicas de likes y seguidores, la cuestión de qué contenido amplifica el algoritmo— fueron optimizadas para maximizar tiempo de permanencia en la plataforma, no para el bienestar del usuario. La insatisfacción es el combustible. La comparación ascendente —medirse siempre con quien parece estar mejor— es el mecanismo de entrega.
Chihuahua: donde la presión de avanzar tiene nombre y apellido
En Chihuahua, esta dinámica adquiere un acento particular porque el contexto económico local la intensifica de manera específica. La narrativa del nearshoring —con más de 1,076 millones de dólares en inversión extranjera directa en los primeros dos trimestres de 2024, según la Secretaría de Economía— ha construido un relato regional de oportunidad acelerada que, como todo relato de oportunidad histórica, lleva implícito su reverso: quien no aprovecha este momento particular estará perdiendo algo que quizá no regrese.
Ese relato no es mentira. La oportunidad existe. Pero el estado psicológico que produce en quienes lo internalizan a través del filtro de las redes sociales es uno de permanente urgencia y permanente insuficiencia. El estudiante universitario chihuahuense que despierta con notificaciones de LinkedIn anunciando los éxitos de sus contactos, abre TikTok y encuentra a jóvenes de su edad describiendo cómo alcanzaron la independencia financiera a los veintitrés años, y revisa sus correos para encontrar otro curso de inteligencia artificial que debe completar para no quedar obsoleto, no está siendo perezoso ni ingrato con sus oportunidades. Está sometido a una carga cognitiva y emocional que la psicología clínica describe con un término preciso: sobrecarga por comparación ascendente crónica.
El informe Stress in America 2023 de la American Psychological Association identificó que los adultos jóvenes entre 18 y 34 años reportan los niveles de estrés más altos de cualquier grupo de edad en Estados Unidos, con la incertidumbre económica y la comparación social digital entre los factores más frecuentemente citados. La Organización Mundial de la Salud estima que los trastornos de ansiedad y la depresión cuestan a la economía global más de un billón de dólares anuales en productividad perdida. Son números que describen el costo de haber construido un entorno tecnológico que produce insatisfacción de manera sistemática.
La inteligencia artificial como nuevo parámetro de comparación
Aquí es donde la historia toma un giro que merece atención específica, porque agrega una dimensión que ninguna investigación sobre comparación social previa podía anticipar. La expansión de los modelos de inteligencia artificial generativa ha introducido en el ecosistema de comparación un referente completamente nuevo: la productividad no humana. Un sistema de IA puede generar en segundos lo que a una persona le toma horas. Puede escribir sin cansarse, analizar sin fatigarse y producir sin necesidad de descanso, contexto emocional ni negociación interna. El resultado es que la ansiedad de comparación ya no opera únicamente entre personas. Opera entre personas y máquinas cuyo estándar de output es, por definición, inalcanzable para un organismo biológico.
Cuando alguien siente que “debería estar produciendo más” y el estándar implícito de referencia es un sistema que no duerme ni se cansa, ha entrado en un tipo de comparación ascendente para la que la evolución no lo equipó y para la que ningún psicólogo clínico tenía protocolo hace diez años. El miedo a la obsolescencia tecnológica —perder el empleo ante la automatización— tiene al menos una lógica económica que puede analizarse con datos del mercado laboral. El miedo difuso a “no ser suficientemente productivo comparado con lo que la IA puede hacer” es algo más perturbador: una forma de insuficiencia que no tiene solución posible porque el parámetro de comparación no tiene límite superior.
Competir con la IA en velocidad de producción es la carrera más larga de la historia: no tiene meta, y el competidor no se cansa.
El negocio de la insuficiencia: cómo funciona
Vale la pena ser explícitos sobre la mecánica económica del fenómeno, porque entenderla es la condición para dejar de ser su víctima inconsciente. Las plataformas de redes sociales generan ingresos principalmente mediante publicidad. La publicidad funciona mejor cuando el usuario está en un estado de aspiración —quiero ser más exitoso, más atractivo, más productivo, más algo— porque ese estado aumenta la receptividad a mensajes que ofrecen soluciones. La comparación ascendente produce aspiración. La aspiración produce atención. La atención produce datos. Los datos producen anuncios. Los anuncios producen ingresos. El ciclo es elegante, y nadie en ningún consejo de administración tuvo que ser malvado para diseñarlo: bastó con optimizar la métrica equivocada.
Lo que el economista del comportamiento Daniel Kahneman y el economista Angus Deaton identificaron en su famoso estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (2010) es pertinente aquí: sus datos sobre 450,000 estadounidenses revelaron que el bienestar emocional cotidiano no aumenta con los ingresos más allá de cierto umbral, pero la evaluación de satisfacción con la vida sí lo hace de manera indefinida. En otras palabras: la gente puede sentirse igual de bien emocionalmente en un rango amplio de ingresos, pero nunca termina de sentirse suficientemente exitosa en comparación con otros. La insatisfacción con la posición relativa es estructural al ser humano social. Las plataformas simplemente la pusieron a trabajar veinticuatro horas al día.
La salida no es la desconexión: es la soberanía sobre el parámetro
La respuesta a este problema que menos resuelve es la que más se propone: desconectarse. No porque la desconexión sea mala —el descanso digital tiene valor propio, como la serie ha argumentado— sino porque convierte un problema estructural en una decisión individual de abstinencia. El problema no es que las personas usen redes sociales. Es con qué parámetros de comparación las usan y qué están haciendo con la información que consumen. La investigación de Przybylski y su equipo encontró que el FOMO se reduce significativamente cuando las personas tienen claros sus propios valores y metas, porque entonces la comparación con el éxito ajeno se vuelve informativa en lugar de amenazante.
Para las universidades de Chihuahua, esto tiene una implicación concreta: formar estudiantes con criterio propio sobre qué cuentan como éxito en sus propios términos no es un objetivo de autoayuda. Es una competencia cognitiva fundamental en un entorno diseñado para que esa claridad sea lo único que el sistema no puede darte. Y para las organizaciones que operan en la región, crear culturas donde el avance se mida con indicadores propios y no con la velocidad de lo que publican los demás en LinkedIn no es gestión del bienestar laboral. Es condición de la salud cognitiva que las investigaciones de esta serie han demostrado, artículo tras artículo, que el rendimiento genuino requiere.
Simon Templar, ese caballero de geometría moral impecable que resolvía problemas complejos con una sonrisa y sin perder el sombrero, habría señalado con delicada precisión la ironia central de esta historia: la humanidad construyó plataformas para conectarse, y terminó comparándose. Construyó algoritmos para ser más eficiente, y terminó siendo insuficiente. Construyó inteligencia artificial para liberarse de tareas repetitivas, y terminó compitiéndose contra ella. Hay algo casi novelesco en el nivel de sofisticación con que hemos logrado hacernos la vida más difícil.
La pregunta no es si avanzas rápido suficiente. La pregunta que ninguna plataforma puede responder por ti es: ¿hacia dónde? Porque una vez que la tienes clara, dejas de necesitar que el algoritmo te diga si vas bien.
La insuficiencia no es un estado del alma. Es un producto. Y como todo producto, deja de tener poder sobre ti en el momento en que dejas de consumirlo.
REFERENCIAS
American Psychological Association. (2023). Stress in America 2023: A nation recovering from cumulative stress. APA. https://www.apa.org/news/press/releases/stress/2023/collective-trauma-recovery
Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140. https://doi.org/10.1177/001872675400700202
Haidt, J. (2024). The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness. Penguin Press.
Kahneman, D., & Deaton, A. (2010). High income improves evaluation of life but not emotional well-being. Proceedings of the National Academy of Sciences, 107(38), 16489–16493. https://doi.org/10.1073/pnas.1011492107
Organización Mundial de la Salud. (2022). Mental health at work: Policy brief. World Health Organization. https://www.who.int/publications/i/item/9789240053052
Przybylski, A. K., Murayama, K., DeHaan, C. R., & Gladwell, V. (2013). Motivational, emotional, and behavioral correlates of fear of missing out. Computers in Human Behavior, 29(4), 1841–1848. https://doi.org/10.1016/j.chb.2013.02.014
Secretaría de Economía. (2024). Estadísticas de inversión extranjera directa en México. Gobierno de México. https://www.gob.mx/se
Verduyn, P., Lee, D. S., Park, J., Shablack, H., Orvell, A., Bayer, J., ... & Kross, E. (2015). Passive Facebook usage undermines affective well-being: Experimental and longitudinal evidence. Journal of Experimental Psychology: General, 144(2), 480–488. https://doi.org/10.1037/xge0000057
World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025. World Economic Forum. https://www.weforum.org/publications/the-future-of-jobs-report-2025/