
Por, Sergio Bolio
Junio abre sus puertas a los católicos con una invitación que el mundo moderno apenas comprende: contemplar el Misterio del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo; no se trata de una simple devoción piadosa ni de una imagen sentimental destinada a despertar emociones pasajeras. Estamos ante una síntesis visible del Evangelio entero, una escuela de amor verdadero y una llamada urgente a la conversión de los corazones.
El hombre contemporáneo habla mucho de amor, pero pocas veces sabe definirlo; confunde el amor con el placer, con la utilidad, con la satisfacción personal o con impulsos pasajeros. Por ello, la imagen del Sagrado Corazón resulta incómoda para una sociedad que ha aprendido a buscar sus propios intereses antes que el bien del prójimo; Cristo, en cambio, nos muestra un Corazón que ama hasta el sacrificio, hasta la Cruz, hasta la entrega total de sí mismo.
Cada uno de los signos del Sagrado Corazón encierra una enseñanza: el Corazón visible nos recuerda la verdadera humanidad de Cristo; la corona de espinas manifiesta las heridas que nuestros pecados causan a su amor; la cruz levantada sobre el Corazón proclama que no existe amor sin sacrificio; la llama ardiente simboliza la caridad Divina que jamás se extingue y la herida abierta evoca el costado atravesado del que brotaron sangre y agua, signos de los sacramentos que alimentan a la Iglesia. Todo en esta imagen proclama una verdad olvidada: Dios ama al hombre con un amor real, personal y permanente.
Mas este misterio no debe quedarse en contemplación estéril; el Corazón de Cristo exige respuesta. Quien se dice cristiano y conserva rencores, fomenta divisiones, desprecia al necesitado o vive encerrado en el egoísmo, contradice aquello que venera; el verdadero devoto del Sagrado Corazón procura reflejar en su vida la paciencia, la misericordia, la mansedumbre y la humildad de su Señor.
En una época marcada por la agresividad verbal, la soberbia ideológica y la incapacidad para escuchar, resuenan con renovada fuerza las palabras del Evangelio: "Aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas" (Mt 11,29). He aquí una de las mayores necesidades de nuestro tiempo; muchos buscan descanso en el dinero, en el entretenimiento o en los placeres efímeros, y terminan más vacíos que antes. Cristo señala otro camino: aprender de su Corazón.
Por ello, este mes constituye una oportunidad providencial para que nosotros los católicos redescubramos la oración. Conviene acudir diariamente al Señor y suplicarle la gracia del deseo de un corazón semejante al suyo; pedirle que nos enseñe la mansedumbre frente a la ofensa, la humildad frente al orgullo y la caridad frente a la indiferencia. Entonces comprenderemos que el amor auténtico no consiste en tomar, sino en darse; no en dominar, sino en servir; no en buscarse a sí mismo, sino en imitar a Aquel cuyo Corazón sigue ardiendo de amor por la humanidad.