
Así reciben las mesas de seguridad en Guadalupe y Calvo, con el cuerpo de un hombre ejecutado abandonado en medio de la carretera.
La escena se registró la tarde de este domingo 20 de julio en el kilómetro 21 de la vía que conecta a Parral con Guadalupe y Calvo, una zona que ha sido foco de violencia e impunidad durante años y que se ha intensificado estos últimos meses por el control del territorio.
A pesar de los múltiples anuncios de reforzamiento en la región serrana, las Bases de Operación Interinstitucional (BOI) se limitaron a procesar la escena donde yacía el cadáver de un joven de unos 25 años, vestido con uniforme pixelado, botas tácticas y cinturón negro, claramente integrante de algún grupo delictivo.
Presentaba múltiples impactos de arma de fuego y, junto a su cuerpo, se localizaron objetos que revelan un contexto más complejo: un casco balístico, dos chalecos tácticos y una credencial de elector.
La Fiscalía de Distrito Zona Sur ya abrió una carpeta de investigación, mientras que peritos forenses trasladaron el cuerpo para practicarle la necropsia y establecer su identidad.
Pero más allá de los protocolos legales, el mensaje que se envía a la ciudadanía es claro: los grupos armados continúan operando con fuerza, desafiando abiertamente a las autoridades.
Los hechos evidencian el nulo control del Estado en una región históricamente marcada por la presencia de grupos del crimen organizado. Mientras los gobiernos hablan de coordinación, las balas y los cadáveres siguen marcando el ritmo de la vida cotidiana en la Sierra Tarahumara.
Este crimen no sólo es un recordatorio del clima de inseguridad que persiste en el sur del estado, sino también una denuncia silenciosa de la impunidad con la que estos hechos siguen ocurriendo.