Al cumplirse un siglo del inicio de la Guerra Cristera, la memoria de aquellos años no es un mero recuerdo histórico, sino una lección perenne para la conciencia católica. Fue un conflicto donde la fe se defendió con la vida, y donde la liturgia tradicional, la Santa Misa de San Pío V, se reveló no como un adorno ceremonial, sino como el corazón mismo de la resistencia y la identidad de un pueblo.
El Invierno Legislativo: La Ofensiva de Enero de 1926
La chispa que encendería el conflicto se prendió en los primeros días de 1926. El gobierno del Presidente Plutarco Elías Calles, impregnado de un laicismo radical inspirado en la Constitución de 1917, dio un paso decisivo.
El 4 de enero de 1926, el Congreso de la Unión aprobó la reforma al Código Penal que se conocería como la "Ley Calles". Esta ley no fue una mera regulación; fue el instrumento diseñado para aplicar con rigor punitivo los artículos anticlericales de la Constitución, buscando someter por completo a la Iglesia al Estado.
Disposiciones Clave de la Ley Calles:
· Nacionalidad del clero: Solo los sacerdotes mexicanos por nacimiento podían ejercer el ministerio.
· Control educativo: Prohibición a la Iglesia de dirigir escuelas primarias.
· Disolución de órdenes religiosas: Supresión de conventos y comunidades monásticas.
· Limitación del culto: Todo acto de culto público debía celebrarse exclusivamente dentro de los templos.
· Restricciones civiles: Prohibición del uso de hábitos religiosos en público y de que los ministros de culto comentaran asuntos políticos.
· Expropiación: Las iglesias quedarían privadas del derecho a poseer bienes raíces, y los templos pasarían a ser propiedad de la nación.
Esta ley representaba la institucionalización de una persecución que ya se manifestaba en estados como Tabasco, donde se obligaba a los sacerdotes a casarse para poder oficiar.
De la Protesta Pacífica al Grito de Guerra: La Respuesta de la Iglesia
La jerarquía eclesiástica, tras consultar al Papa Pío XI, optó inicialmente por una resistencia pacífica pero contundente. El 25 de julio de 1926, treinta y ocho obispos mexicanos firmaron una Carta Pastoral Colectiva, un documento de profundo calado teológico y pastoral.
En ella, declaraban que la Ley Calles era "tan contraria al derecho natural" que su tolerancia sería un crimen. Como único medio de protesta válido, y en un acto de enorme dramatismo espiritual, ordenaron la suspensión del culto público en todo el país a partir del 31 de julio.
El impacto en el pueblo católico fue catastrófico. Multitudes acudieron a los templos para recibir por última vez, en un horizonte incierto, los sacramentos. El 1 de agosto de 1926, un domingo, las campanas de México enmudecieron. Aunque los obispos pidieron que los templos permanecieran abiertos para la oración personal, el gobierno procedió a clausurarlos por la fuerza, generando los primeros choques violentos.
La resistencia civil se organizó a través de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosas (LNDLR), que promovió un boicot económico contra el gobierno. Sin embargo, la radicalización era inevitable. Ante la clausura de templos, el hostigamiento a los sacerdotes y la imposibilidad de vivir la fe libremente, el levantamiento armado comenzó a gestarse de manera espontánea en el centro-occidente del país.
La Cristiada: Una Guerra del Pueblo por la Fe
El conflicto armado se desarrolló principalmente entre 1926 y 1929, concentrándose en los estados del Bajío como Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas y Colima.
Características del Movimiento Cristero:
· Composición: Un ejército popular, mayoritariamente campesino, sin leva forzosa, donde se unieron hombres, mujeres y jóvenes de todos los estratos sociales.
· Liderazgo: Si bien contó con militares profesionales como Enrique Gorostieta Velarde, su fuerza radicaba en el compromiso local y la profunda convicción religiosa de sus combatientes.
· Consignas: Los gritos de guerra "¡Viva Cristo Rey!" y "¡Viva Santa María de Guadalupe!" sintetizaban el motivo de su lucha: la defensa de la realeza social de Cristo y la protección de la identidad católica de México.
· Cifras devastadoras: La guerra causó entre 250,000 y 300,000 muertos (civiles en su gran mayoría), además de unos 250,000 refugiados que huyeron a Estados Unidos.
El Corazón Litúrgico de la Resistencia: La Misa de San Pío V
Más allá de las batallas, el alma de la resistencia cristera fue la defensa de la vida sacramental. En la clandestinidad, los sacerdotes que acompañaban a los guerrilleros celebraban la Santa Misa según el Rito Romano Tradicional, la Misa de San Pío V. Esta liturgia no era una elección estética, sino la expresión misma de su fe:
· Fuente de identidad: Era la única Misa que conocían, el rito que estructuraba su vida espiritual, su calendario y su relación con lo sagrado. Defenderla era defender la integridad de la Fe recibida.
· Sacralidad y misterio: Su carácter "ad orientem" (hacia el Señor), el latín, el silencio contemplativo y la reverencia absoluta ante el Santo Sacrificio del Altar, alimentaban una piedad que encontraba en lo trascendente la fuerza para el martirio.
· Formadora de mártires: Esta liturgia, que pone el acento en el Mysterium Tremens, formó a santos como el adolescente José Sánchez del Río (canonizado en 2016) y al Beato Miguel Pro, S.J., cuyos últimos palabras antes del fusilamiento fueron "¡Viva Cristo Rey!". De los 31 santos mexicanos reconocidos, 26 están vinculados a la Cristiada.
Un Final Incierto y un Conflicto que Persiste
La guerra concluyó oficialmente el 21 de junio de 1929 con los "Arreglos" mediados por el embajador estadounidense Dwight Morrow. El gobierno de Emilio Portes Gil ofreció amnistía y la devolución de los templos, pero no modificó las leyes anticlericales. La jerarquía eclesiástica, representada por el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores, ordenó a los cristeros deponer las armas, lo que muchos hicieron con desconfianza.
Este descontento llevó a la Segunda Guerra Cristera (1934-1941), un conflicto de menor escala pero igualmente sangriento, desatado por la imposición de la educación socialista por parte del gobierno de Lázaro Cárdenas, la cual buscaba excluir "toda doctrina religiosa". El Papa Pío XI la condenó en 1937 en su encíclica Firmissimam constantiam, apoyando la resistencia pacífica pero no el alzamiento armado, que fue finalmente sofocado.
Reflexión Final: La Herencia de los Mártires en el Centenario
Un siglo después, la Cristiada nos interpela. Los cristeros no murieron por un Estado confesional, sino por la libertad de la Iglesia, por el derecho a vivir y transmitir la Fe católica sin restricciones ideológicas. Su testimonio demostró que cuando se pretende erradicar a Dios de la vida pública, se desata una persecución que obliga a los creyentes a elegir entre la apostasía y la fidelidad, incluso hasta la muerte.
Su fortaleza se nutrió de una liturgia que era puerta del cielo, no una asamblea autorreferencial. En un tiempo como el nuestro, donde la fe a menudo se diluye en el compromiso o el sentimentalismo, el ejemplo de los cristeros, alimentados por la Misa de los siglos, nos llama a redescubrir la belleza, la profundidad y el carácter sacrificial del culto católico tradicional.
Que en este centenario, bajo el manto de Santa María de Guadalupe, Reina de México y Emperatriz de las Américas, sepamos honrar su memoria no solo con el recuerdo, sino con la misma fidelidad inquebrantable a Cristo y a su Iglesia.
¡Viva Cristo Rey!
¡Viva Santa María de Guadalupe!