
Por: Dra. Verónica Rodríguez Saldaña, Investigadora postdoctoral del CIMAV
Introducción: Un mundo en cada gota
Imagina que cada vez que abres el grifo, llenas una olla con agua para cocinar, o te das un baño en el río, pudieras ver un informe detallado de lo que hay en esa agua y, claro, con qué sustancias estás en contacto. No solo lo evidente, sino miles de compuestos invisibles: desde minerales esenciales hasta trazas de medicamentos, pesticidas o productos de limpieza que usamos a diario. Vigilar esta "huella química" es un desafío monumental para la ciencia. Hoy, una aliada sorprendente que está ayudando a crear vigilantes de alta precisión, capaces de detectar lo invisible, es la impresión 3D.
Más que juguetes y prototipos, la impresión 3D es aliada en la ciencia.
La impresión 3D ha dejado de ser solo para crear figuras de plástico. En los laboratorios de vanguardia, se ha convertido en una "fábrica digital" que materializa ideas complejas en horas. Usando resinas especiales y diseños por computadora, los científicos podemos crear piezas de laboratorio personalizadas, diminutas, baratas y extremadamente eficientes. Es como tener un taller de luthier para instrumentos científicos: se diseña y fabrica la herramienta perfecta para la sinfonía que queremos escuchar, en este caso, la sinfonía molecular del agua.
Un abanico de aplicaciones.
La versatilidad de esta tecnología está generando soluciones en múltiples áreas:
La investigación en México sobre calidad del agua, utilizando impresión 3D.
En México, instituciones como el Centro de Investigación en Materiales Avanzados (CIMAV) son pioneras en esta convergencia tecnológica. En el CIMAV, investigadores como nosotros trabajamos precisamente en el desarrollo de estos dispositivos de extracción impresos en 3D. Nuestro objetivo es crear herramientas a la medida para maximizar la eficiencia en la captura de contaminantes clásicos y emergentes, como fármacos, productos de cuidado personal o disruptores endocrinos, que se encuentran en aguas residuales y superficiales.
El proceso es muy interesante, consiste en diseñar en software una estructura porosa optimizada, la imprimimos con materiales avanzados (resinas con propiedades específicas) y la probamos en el laboratorio. Este dispositivo actúa como la "trampa" para los contaminantes presentes en agua. Después, el concentrado de contaminantes que obtenemos se analiza en equipos de última generación, como la cromatografía líquida de alta resolución acoplada a espectrometría de masas, una "lupa” especializada capaz de identificar y cuantificar cada molécula con una precisión asombrosa. Este trabajo, que integra el diseño digital, la fabricación aditiva y la química analítica, permite vigilar la calidad del agua con una precisión y una velocidad sin precedentes.
El futuro es claro (y está impreso en 3D)
El potencial es enorme. En el futuro cercano, podríamos tener kits de vigilancia ciudadana con piezas impresas en 3D, permitiendo a comunidades monitorear sus propias fuentes de agua. Estaciones de tratamiento podrían contar con sensores impresos para un control en tiempo real, y los laboratorios de análisis acelerarían su trabajo con dispositivos reutilizables y personalizados.
Esta nueva forma de vigilancia, que combina el ingenio humano con la precisión digital y el poder de la química, nos acerca a un objetivo: garantizar que cada gota de agua, ya sea en un entorno natural o en un vaso, sea no solo transparente, sino también segura y confiable. El futuro en la protección del agua no viene en un tubo de ensayo gigante, sino impresa, capa a capa, en una impresora 3D.