La inclusión no empieza en el otro, empieza en lo que aprendimos

Colaboración especial / L.C.H. Edna Ponce
Enfoque: Inclusión, neurodiversidad / neurodivergencia
Facebook: Kapa Soluciones
Instagram: @ednap_terapeuta

La primera vez que entendí que la inclusión no era solo “tratar bien a los demás” fue en una situación que parecía insignificante. Un grupo de niños jugaba a la pelota. Uno de ellos quería unirse, pero nadie lo notó: estaba sentado en la banca, tratando de llamar la atención con tímidos “¿puedo jugar?”. Nadie le gritó, nadie lo insultó, nadie lo alejó. Y aun así, quedó afuera. No por mala intención, sino porque así se había hecho siempre: el grupo ya tenía su dinámica. Ese día entendí que la exclusión no siempre duele por lo evidente; muchas veces duele en silencio, de manera invisible, en los gestos que ignoramos y en las oportunidades que no ofrecemos.

Pensemos un momento: ¿Cuántas veces hemos dejado que alguien se quede fuera sin darnos cuenta? ¿Cuántas veces nos hemos concentrado tanto en “nuestro grupo”, “nuestro plan”, que no vemos a quienes quieren sumarse? Crecer creyendo que ser buena persona es suficiente nos hace sentir cómodos: “yo no discrimino, yo no hago daño”. Pero la inclusión no es solo eso. La verdadera inclusión nos exige mirar lo que está frente a nosotros y preguntarnos: ¿Qué debo mejorar?, ¿Qué habilidades debo desarrollar?

La cultura moldea nuestra mirada antes incluso de que podamos elegirla. Está en las palabras que usamos, en lo que consideramos “normal” o “aceptable”. Aprendemos sin darnos cuenta a invisibilizar lo que no encaja, a excluir sin hacerlo intencionalmente. Por eso la exclusión a veces es silenciosa: se oculta en hábitos normalizados que rara vez cuestionamos. Cambiar esta cultura no es fácil. Es incómodo mirar los patrones que repetimos cada día y aceptar que algunos gestos o palabras, aunque “normales”, pueden doler a alguien más.

¿Te has preguntado alguna vez si tus acciones cotidianas incluyen a todos o solo a quienes se parecen a ti, piensan como tú o hacen lo mismo que tú? ¿Qué hábitos podrías desaprender hoy para que alguien más se sienta visto? 

La exclusión no es solo cultural; también es social. Aparece en las reglas no escritas, en las dinámicas de grupo, en los espacios naturales sin pensar en todos. Piensa en un aula, en un parque, en un equipo de trabajo: cuando una persona tiene que adaptarse constantemente para encajar, cuando se siente “extraña” sin que nadie lo diga, el mensaje es claro: no perteneces del todo. Ese mensaje pesa, aunque nadie lo exprese con palabras. Y lo más triste es que, a menudo, quienes lo reciben ni siquiera saben cómo explicarlo.

Por eso, la inclusión requiere ir más allá de la buena intención. No basta con pensar “yo no discrimino” o “yo trato bien a todos”. La pregunta que debemos hacernos es más profunda: ¿mis palabras, mis gestos, mis silencios y decisiones crean un verdadero sentido de pertenencia, o solo una aceptación superficial? La inclusión es un ejercicio diario de conciencia.

Cada pequeño gesto cuenta: escuchar de verdad, abrir espacios, esperar a que alguien se sume, reconocer diferencias y necesidades. No es perfecto, no es inmediato, pero sí puede ser intencional. Cuando incluimos, no se trata solo de “no excluir”; se trata de acompañar, de reconocer, de preguntarnos cómo podemos hacer que alguien se sienta parte, y no invisible.

La inclusión comienza con preguntas incómodas, con pausas que nos invitan a reflexionar. Solo así podemos transformar la cultura y la sociedad, y pasar de un concepto abstracto a un compromiso real y humano. 

L.C.H EDNA PONCE / KP SOLUCIONES

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