
El tiempo presente no es confuso por azar, sino por designio. Las naciones no caen de improviso: se disuelven primero en el alma, luego en las leyes y al final en las calles; México es hoy espejo de esa degradación: Inseguridad sin freno, erario exhausto, democracia liberal reinando y una crisis espiritual que ya ni siquiera sabe nombrarse; no es fatalidad histórica, es consecuencia de haber rendido la inteligencia a ideologías que niegan el orden natural y el bien común.
Hace casi un siglo se advirtió que la Patria y Dios no son heridos por balas solamente, sino por doctrinas. Hoy conviene decirlo sin eufemismos: la masonería, el protestantismo, la revolución y el sionismo político no operan como religiones o pueblos, sino como sistemas de poder que comparten un mismo vicio: expulsar a Dios de la vida pública y sustituirlo por la voluntad del hombre fuerte, del mercado absoluto o del Estado ideológico.
La masonería no gobierna con decretos visibles, sino con hábitos mentales: relativismo, laicismo, sospecha sistemática de toda tradición. El protestantismo, cuando muta en programa político, fragmenta la verdad y convierte la fe en opinión privada, útil para disciplinar conciencias pero inútil para ordenar la sociedad. El revolucionarismo, ese que nunca termina, vive de destruir lo heredado, aunque no sepa edificar nada estable. Y el sionismo subordina naciones, identidades y soberanías a intereses ajenos al bien común de los pueblos.
Estas corrientes no siempre marchan juntas, pero coinciden en el resultado: un Estado sin alma, una sociedad sin virtud y un ciudadano reducido a consumidor o militante. De ahí brota la violencia cotidiana, la corrupción normalizada y la política convertida en administración del conflicto permanente. No es casual que se nos pida votar sin pensar, producir sin sentido y callar en nombre de una tolerancia que solo tolera lo que le conviene.
El error más grave del católico hoy en día ha sido creer que basta con sobrevivir en privado, no basta, cuando la fe se encierra, la Patria se pierde. No se trata de nostalgia ni de clericalismo, sino de orden: reconocer que la política sin verdad degenera en tiranía blanda, y que la neutralidad moral del Estado es una ficción útil para los más fuertes.
Es menester, pues, negarse a respaldar proyectos políticos que sirvan a estas ideologías, aunque se disfracen de progreso o derechos. Urge formar un frente tradicionalista católico de principios firmes; no de odio, sino de claridad; no de violencia, sino de autoridad moral. Solo así podrá restaurarse un orden donde la justicia no sea consigna y la libertad no sea pretexto, sino fruto de la verdad; Sociale Regnum Christi constituere.
Por, Sergio Bolio.