A veces creemos que el amor propio es algo que se dice, cuando en realidad es algo que se practica. No se trata de repetir afirmaciones frente al espejo, sino de mirarnos con honestidad y preguntarnos si lo que hacemos cada día está alineado con lo que somos. El amor propio empieza cuando dejamos de traicionarnos para encajar y decidimos vivir desde la autenticidad. Cuando lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos caminan en la misma dirección. Eso es congruencia. Y la congruencia es una forma silenciosa pero poderosa de respeto hacia nosotros mismos.
Desde la mirada del método Ikigai, el amor no es algo que poseemos como si fuera un objeto. Somos solo un medio. Un canal. El amor fluye a través de nosotros cuando actuamos con intención. Cuando cumplimos lo que prometemos. Cuando hacemos las cosas bien, incluso si nadie nos está mirando. Cuando damos más de lo mínimo esperado, no por reconocimiento, sino por coherencia con nuestra esencia.
El amor no se transmite únicamente con palabras bonitas. Se demuestra en los detalles, en la puntualidad, en el compromiso, en el respeto hacia el tiempo y el esfuerzo de los demás. Se nota en cómo tratamos a quienes nos sirven, en cómo corregimos sin humillar, en cómo asumimos nuestros errores sin buscar excusas. Se expresa en la disciplina, en el cuidado, en la constancia. Porque amar también es sostener.
Cada día tenemos infinitas oportunidades para dejar huella. En una conversación, en una decisión, en una reacción. En la forma en que elegimos responder cuando algo no sale como esperamos. En la manera en que trabajamos. En cómo acompañamos a nuestros hijos. En cómo honramos nuestros proyectos. Trascender no es hacer algo extraordinario una vez; es hacer lo ordinario con profundidad todos los días.
Somos responsables de lo que dejamos en los demás. De la energía que entregamos. De la memoria emocional que construimos en cada interacción. No somos eternos, pero nuestras acciones sí pueden quedarse viviendo en alguien más. Una palabra puede marcar. Un gesto puede sanar. Una omisión también puede herir.
El amor propio auténtico nos recuerda que no estamos aquí solo para ser amados, sino para permitir que el amor pase a través de nosotros y se expanda. Cuando vivimos desde la congruencia, dejamos de buscar aprobación y comenzamos a sembrar impacto. Y ese impacto, cuando nace desde la verdad, siempre trasciende.
Quizá al final del día no se trata de cuántas veces dijimos “te quiero”, sino de cuántas veces lo demostramos con hechos. No se trata de cuántos nos aplaudieron, sino de cuántas veces actuamos fieles a nuestra esencia.
Porque el verdadero propósito no es gustar.
Es ser.
Y desde ahí, dejar una huella que hable de amor, aun cuando ya no estemos.
— Erika Rosas