
A ti ciudadano.
Las biografías de papelería fueron, durante décadas, una de las herramientas más comunes —y más subestimadas— de la vida escolar en México. Antes de los buscadores, las enciclopedias digitales y la inteligencia artificial, la tarea se hacía yendo a la papelería del barrio, hojeando hojas engrapadas y copiando a mano la vida y obra de personajes históricos.
Las biografías de papelería fueron hojas pequeñas de papel con la imagen impresa de algún personaje histórico en el anverso, mientras que el reverso contaba la vida y obra de dicho personaje. Ahí convivían héroes nacionales, escritores, científicos, presidentes, músicos y figuras universales. No había hipervínculos ni videos, pero sí fechas clave, anécdotas esenciales y una narrativa clara, pensada para cumplir con la tarea y aprender algo en el proceso.
La escena era casi ritual, la profesora decía “mañana traigan la biografía de Benito Juárez”. Ya por la tarde comenzaba la peregrinación. Algunas papelerías tenían archiveros completos ordenados alfabéticamente; otras, pilas algo caóticas donde aparecían Sor Juana, Miguel Hidalgo, Marie Curie o Emiliano Zapata en el mismo montón.
A diferencia de hoy, la información no se entregaba lista para pegar. El alumno debía copiarla a mano en su cuaderno, resumirla o adaptarla según las indicaciones. Ese acto mecánico, en el mejor de los casos, tenía una consecuencia inesperada: el aprendizaje pasaba por el cuerpo.
Muchos aprendieron a distinguir épocas históricas, movimientos culturales o procesos políticos gracias a esas hojas impresas. Las biografías de papelería no eran profundas ni exhaustivas, pero sí funcionales, pues daban una primera puerta de entrada al conocimiento.
Estas biografías también funcionaron como un archivo popular del saber. No respondían a programas oficiales estrictos, sino a una mezcla de demanda escolar y tradición editorial. Algunas se actualizaban con el tiempo; otras conservaban errores, versiones simplificadas o miradas muy particulares de la historia.
Aun así, formaron parte de la educación sentimental de varias generaciones. Para muchos, fue la primera vez que leyeron sobre la vida de un científico, un poeta o un personaje extranjero. En un país con desigualdad de acceso a libros y bibliotecas, la papelería cumplió un papel silencioso pero crucial.
Comparadas con las herramientas actuales, las biografías de papelería exigían tiempo y esfuerzo. No había resultados instantáneos ni respuestas personalizadas. La tarea implicaba salir de casa, gastar unos pesos, leer y dedicar un rato a transcribir.
Hoy, frente a plataformas digitales y asistentes inteligentes, esa forma de hacer la tarea parece lenta, incluso obsoleta. Sin embargo, también estaba cargada de experiencia: el olor del papel, la caligrafía apurada, la portada forrada con plástico y el cuaderno manchado de corrector
Las biografías de papelería no desaparecieron del todo. En muchos barrios aún sobreviven, resistiendo a la digitalización completa. Siguen siendo útiles para quienes no tienen acceso constante a internet o para quienes buscan una referencia rápida y tangible.
Más allá de la nostalgia, estas hojas recuerdan que aprender no siempre fue inmediato ni automático. Antes del ChatGPT, la tarea se hacía con lápiz, paciencia y una hoja con la imagen e información de algún personaje destacado. Y en ese proceso, quizá sin saberlo, también se aprendía a pensar.
Y así es como, antes de internet y la inteligencia artificial, las biografías de papelería eran clave para hacer la tarea en México.