
Por Salvador Acevedo Ortega
“Enseñar, inspirar, transformar. Para cada maestro y maestra de la UACH que lleva el Orgullo Universitario no en el pin de solapa, sino en la manera en que entra al salón y cambia lo que pasa dentro de él.
Hay un momento que casi todo profesionista chihuahuense puede recuperar de la memoria si se detiene el tiempo suficiente a buscarlo: el instante preciso en que un maestro o una maestra cambió la dirección de algo. No necesariamente con un discurso memorable, ni con una clase magistral que terminó en aplauso. A veces fue una pregunta que nadie más se había tomado el trabajo de formular. Un comentario al margen de un trabajo escrito. Una mirada que dijo “tú puedes más” sin usar esas palabras. Una conversación en el pasillo que duró cinco minutos y cuyas consecuencias duraron toda una vida.
Hoy, 15 de mayo, la Universidad Autónoma de Chihuahua se detiene para nombrar eso. Para reconocer a quienes, día tras día, entran a un salón de clases, a un laboratorio o a una clínica universitaria y se ponen al frente de una generación que los necesita, aunque no siempre lo sepa todavía. El Día del Maestro no es un trámite en el calendario institucional. Es la ocasión de decir, con toda la precisión que el lenguaje permite, lo que rara vez se dice con la claridad que merece: gracias. Gracias por una labor que construye lo que ningún algoritmo puede construir, que deja lo que ningún software puede dejar, y que importa de maneras que ningún indicador de desempeño termina de capturar.
México celebra el Día del Maestro cada 15 de mayo desde 1918, cuando el presidente Venustiano Carranza decretó esta fecha en reconocimiento a la profesión docente, un año después de que la Constitución de 1917 estableciera la educación pública como derecho fundamental de todos los mexicanos. Desde entonces, la fecha ha sobrevivido a guerras, crisis económicas, pandemias y transformaciones tecnológicas de toda índole. Ha sobrevivido porque la razón de ser del maestro sobrevivió a todo eso también.
Según datos de la UNESCO, hay más de 84 millones de docentes en el mundo. Es la profesión que hace posibles todas las demás. No hay médico, ingeníero, abogado, economista o científico que no haya llegado a serlo a través del trabajo silencioso y frecuentemente invisible de alguien que decidió enseñar. Y sin embargo, en el mismo informe global sobre el estado de la docencia publicado por la UNESCO en 2024, la organización advierte que en muchos países la profesión enfrenta un déficit crítico de reconocimiento, de condiciones laborales dignas y de prestigio social. La paradoja es inaceptable: la profesión que genera todas las demás es, con demasiada frecuencia, una de las menos valoradas en los indicadores que miden el éxito.
En la UACH esa paradoja tiene un antidoto que hoy se renueva: la celebración no como gesto protócolar, sino como reconocimiento genuino a una comunidad académica que tiene en sus aulas, sus laboratorios, sus clínicas y sus espacios de investigación lo mejor que esta universidad puede ofrecer a Chihuahua y al país.
Existe una dimensión del trabajo docente que las métricas institucionales no saben medir y que es, justamente, la más importante. No es el número de horas frente a grupo. No es la cantidad de publicaciones indexadas. No es el porcentaje de aprobación en los exámenes. Es algo más esquivo y más real: la capacidad de encender en otra persona el deseo de saber.
El psicólogo estadounidense Albert Bandura documentó décadas de investigación sobre el concepto de autoeficacia —la creencia de una persona en su propia capacidad para lograr algo— y concluyó que uno de los factores más determinantes en su desarrollo son las experiencias de dominio facilitadas por figuras de referencia. En lenguaje cotidiano: cuando un maestro le dice a un estudiante que puede, y lo dice de una manera que el estudiante realmente escucha y cree, algo cambia en la arquitectura interna de ese joven que ningún app educativa puede replicar. No es transmisión de información. Es transferencia de confianza.
John Hattie, investigador de la Universidad de Melbourne, analizó más de 800 metaanálisis que abarcaron 240 millones de estudiantes en todo el mundo para identificar qué variables influyen más en el aprendizaje. Su conclusión, publicada en Visible Learning (2009), es contundente: la variable con mayor impacto positivo en el rendimiento académico no es la tecnología educativa, ni el tamaño del grupo, ni el nivel socioeconómico del estudiante. Es la calidad de la relación entre el docente y el alumno. El vínculo humano sigue siendo, medio siglo después de las primeras computadoras educativas, la variable irreemplazable del aprendizaje.
El mejor maestro no es el que más sabe. Es el que logra que su alumno descubra que él mismo puede llegar a saber más.
La Universidad Autónoma de Chihuahua tiene en su cuerpo académico una de sus fortalezas más sólidas y menos visibles para el público general. Sus facultades —desde Ingeniería hasta Medicina, desde Contaduría y Administración hasta Filosofía y Letras, desde Ciencias Agrotecnológicas hasta Artes— están sostenidas por hombres y mujeres que en muchos casos dedicaron su vida entera a una sola misión: preparar a las generaciones que van a construir este estado.
Hay maestros en la UACH que llevan veinte, treinta, cuarenta años frente a grupo. Que han visto pasar generaciones enteras. Que han adaptado sus cursos a cambios tecnológicos, económicos y sociales que ningún plan de estudios anticipa con suficiente velocidad. Que han respondido preguntas que sus propios libros de texto todavía no contenían respuestas. Que siguieron enseñando durante la pandemia de COVID-19 desde pantallas y conexiones intermitentes, sin perder el hilo, sin perder el compromiso, sin perder la vocación.
Y hay maestros jóvenes que llegan con investigación reciente, con metodologías nuevas, con la energía de quienes recién descubrieron que enseñar es también una forma de aprender. Que traen al salón preguntas que sus propios estudiantes todavía no saben que tenían. Que representan la continuidad del proyecto universitario de la UACH hacia un futuro que ninguna generación anterior pudo prever del todo.
Juntos, los veteranos y los nuevos, conforman algo que ningún organigrama captura con fidelidad: una comunidad de enseñanza. Una red de personas que comparten la creencia —en algunos casos desde hace décadas— de que formar a otro ser humano es uno de los actos más significativos que una persona puede realizar en su vida.
Orgullo UACH no es un lema. Es el resultado de lo que pasa dentro de cada salón cada día.
Sería ingenuo no mencionar en este artículo el contexto tecnológico en que este Día del Maestro ocurre. En los últimos años, la inteligencia artificial ha entrado a las aulas de todo el mundo con una velocidad que ninguna reforma educativa anticipó. Los estudiantes generan ensayos, resuelven problemas y producen presentaciones con herramientas que hace cinco años no existían en el mercado de consumo masivo. Eso ha generado una pregunta que muchos plantean con ansiedad: ¿seguirá siendo necesario el maestro?
La respuesta, argumentada desde la neurociencia, la psicología del aprendizaje y la filosofía de la educación, es no solo sí, sino más que nunca. Precisamente porque la inteligencia artificial puede generar respuestas en segundos, la habilidad que el mundo más necesita —y que solo un ser humano puede enseñar a otro ser humano— es saber cuándo cuestionar esas respuestas. La capacidad de pensar críticamente, de evaluar evidencia, de sostener un argumento propio, de discernir entre lo que una fuente dice y lo que la realidad confirma: esas habilidades no se descargan. Se construyen, con paciencia y tiempo, en la relación entre un estudiante y alguien que ya sabe cómo caminar ese camino.
El Foro Económico Mundial identificó en su Future of Jobs Report 2025 que las habilidades más demandadas por los empleadores para el periodo 2025–2030 son el pensamiento analítico, el pensamiento creativo y la resiliencia cognitiva. Ninguna de las tres se enseña con un tutorial en línea. Ninguna se adquiere sin alguien que modele cómo ejercerlas. El maestro —el buen maestro— es exactamente esa persona. El que piensa en voz alta frente al alumno y le muestra cómo se ve el pensamiento de calidad cuando ocurre en tiempo real.
En ese sentido, la inteligencia artificial no reemplaza al maestro. Le devuelve su función más esencial: no la de transmisor de información, sino la de formador de criterio. Y esa función, en un mundo donde la información sobra y el criterio escasea, vale más que nunca.
Existe un tipo de influencia que no aparece en ningún indicador de rendimiento académico ni en ningún ranking universitario. Es la influencia que un maestro ejerce sobre la manera en que un estudiante aprende a ver el mundo: las preguntas que hace, los problemas que elige enfrentar, la humildad intelectual con que se acerca a lo que no sabe. Esa influencia no tiene fecha de vencimiento. Viaja con el estudiante mucho después de que el certificado de grado está enmarcado en la pared. Se transmite, sin que nadie lo planee, a las personas que ese exalumno forma a su vez.
Los maestros de la UACH están en todo eso. En el médico que atiende en la clínica del barrio y recuerda lo que aprendió en la Facultad de Medicina. En el contador que asesora a una empresa familiar y aplica principios que algún docente de Contaduría le explicó con paciencia en cuarto semestre. En el ingeniero que diseña un proceso más eficiente y cuyo instinto técnico fue moldeado en un laboratorio universitario por alguien que creíyó en él antes de que él creyera en sí mismo. En el periodista, en el maestro de educación básica, en el funcionario público, en el emprendedor, en el artista. La UACH está presente en todos ellos porque sus maestros estuvieron presentes primero.
Un buen maestro no solo enseña. Inspira, guía y deja huellas que duran para siempre.
Hoy, 15 de mayo, la UACH festeja. Y festejar significa reconocer. Significa decirle a cada docente de esta casa de estudios que su trabajo importa más de lo que ningún salario puede expresar y más de lo que ningún contrato puede capturar. Que las generaciones que han formado, forman y seguirán formando llevan en su manera de pensar, de decidir y de actuar la huella de lo que ocurrió en un salón de clases de esta universidad.
Gracias por la dedicación que no se apaga cuando termina el horario. Por la paciencia que sostiene al estudiante que lo intenta por tercera vez. Por la convicción de que el conocimiento compartido es, siempre, un acto de generosidad. Por elegir, cada día, pararse frente a otro ser humano con la intención de que ese encuentro le sirva para algo verdadero.
Gracias por formar mentes y corazones con pasión. Es lo que la UACH pide, es lo que Chihuahua necesita y es lo que ustedes, maestras y maestros, dan sin que se los pidan dos veces.
¡Feliz Día del Maestro!
El mundo puede programar una inteligencia que responda cualquier pregunta. Pero solo un maestro puede enseñarle a otro ser humano cuáles son las preguntas que valen la pena hacer.
REFERENCIAS Y FUENTES
Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of control. W. H. Freeman and Company.
Decreto Presidencial. (1918, 15 de mayo). Establecimiento del Día del Maestro en México. Gobierno de México. Diario Oficial de la Federación.
Hattie, J. (2009). Visible Learning: A synthesis of over 800 meta-analyses relating to achievement. Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203887332
UNESCO. (2024). Global report on teachers: Addressing the teacher shortage. United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization. https://www.unesco.org/en/articles/global-report-teachers
UNESCO. (2024). AI competency framework for teachers. UNESCO. https://doi.org/10.54675/BZXM8340
Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH). (2024). Informe de actividades rectorales 2023–2024. UACH. https://www.uach.mx
World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025. World Economic Forum. https://www.weforum.org/publications/the-future-of-jobs-report-2025/