Bitácora de pertenencias

Mahahual: no quedarse en la orilla

Mahahual se saborea, sí.
Pero no por el lujo ni por la foto perfecta.

Se saborea en la calma.

En la arena blanca que quema delicioso al mediodía.
En el agua turquesa tan transparente que ves tus propios pasos bajo el mar.
En esos pequeños lugares donde el pescado sabe a mar y no a estrategia de marketing.
En las mesas con los pies enterrados en la arena y el tiempo medido en risas.

Es un lugar que invita a quedarse en la superficie.
A flotar.
A no complicarse.

Y ahí estaba yo.

Empachada —literalmente empachada— de agua de piña.
La vomité hasta el cansancio. Y eso que en Veracruz sabemos de piña miel, pero la de Mahahual… esa tenía algo celestial y traicionero.

Mis amigas iban a certificarse para bucear. Una inmersión en agua dulce. Otra en agua salada. La de agua salada sería ahí, frente a ese horizonte que parecía manso.

Yo iba de acompañante. Turisteando.

Ellas con el tanque, el visor, el traje de neopreno que las hacía caminar como astronautas tropicales, practicando en la orilla.
Yo, recogiendo caracoles, estrellas de mar, galletas de mar. Cualquier vestigio que el océano hubiera dejado varado. Como niña feliz, ajena a cualquier profundidad.

Hasta que nos subimos a la lancha.

El instructor me preguntó si no me mareaba.
Le dije que no.
Luego preguntó:
—¿No quieres bucear?

Le dije que no había hecho el curso, que no sabía nada, que eso no era lo mío.
—Yo te explico rápido.

Y pensé: ya estamos aquí.
¿Por qué no?
¿Qué estoy haciendo aquí si no es para vivirlo?

Bendita ignorancia.

En menos de lo que esperaba ya tenía traje de neopreno, tanque, visor y un par de instrucciones que no terminé de entender. Y estaba sentada en la orilla de la lancha, sintiendo el peso del equipo y el peso de mi decisión.

Mis amigas estaban felices.
Yo estaba entre la adrenalina y el “¿en qué momento acepté esto?”.

Se lanzó la primera. Me emocioné.
Se lanzó la segunda. Me dio una felicidad profunda por ellas.
Llegó mi turno.

No lo pensé.

Me dejé caer de espaldas.

Jamás olvidaré esa sensación: es entregarte a algo que no controlas. Es confiar sin saber. Es lanzarte a la nada.

Me tomé de una cuerda y empecé a bajar.

A mí me aterra el mar. O tal vez la profundidad. Y sí, un poco de culpa la tiene mi padre, que me lanzaba sin aviso a lo profundo para que “perdiera el miedo”. No lo perdí. Aprendí a fingir que no lo tenía.

Mientras descendía, el azul se volvía más denso. Y mi mente más ruidosa.

¿Y si me pica algo?
¿Y si se me acaba el aire?
¿Y si no sé regresar?

Miedo tras miedo tras miedo.

Y bajaba.
Y bajaba.
Y bajaba.

Hasta que me quedé suspendida a la mitad de la cuerda.

Arriba: el sol encendido, la superficie cercana, la salida clara.
Abajo: oscuridad. No metáfora. Oscuridad real. No sabía qué había ahí.

Y pensé: es la misma distancia para arriba que para abajo.

Si ya llegué hasta aquí, continúo.

No revisé el oxígeno.
Purgar el visor me salió mal.
No sabía si los lastres eran correctos.
No sabía casi nada.

Bajé.

Y entonces el miedo dejó de gritar.

Había arrecifes como jardines secretos. Peces que parecían pintados a mano. Un silencio tan profundo que te obliga a escucharte por dentro. Me tomé una foto en el fondo del océano y, por unos minutos, no fui la que teme al mar. Fui la que lo habitó.

Claro… los miedos regresaron cuando subí.

Salimos en medio de un pequeño caos —una se nos perdió y el susto nos atravesó el pecho— y luego volvió la risa, nerviosa, liberadora. Sentadas después, comiendo frente al mar como si nada hubiera pasado, mis amigas me abrazaban, me sacudían, celebraban.

Yo no entendía tanto alboroto.

Pero ellas estaban celebrando algo que yo aún no veía: que no me quedé en la orilla.

Ese día entendí que no lo hice por adrenalina.
Lo hice por amor.

Por amor a ellas.
Por amor a la experiencia.
Por amor a no perderme un recuerdo que iba a marcar sus vidas.

Y también —aunque me tardé en aceptarlo—
por amor a mí.

Hoy, cuando algo me asusta, recuerdo esa cuerda suspendida entre la luz y la oscuridad. Recuerdo que el miedo no desapareció… pero dejó de decidir.

Y me digo:

No se trata de no tener miedo.
Se trata de no quedarte.

Bitácora de pertenencias.
Porque viajar también es recordar quién somos.

¿Dónde sentiste algo que todavía no sabes explicar?

Por, Jessica Valdez. 

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