
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Caminar hoy por el Centro Histórico de Chihuahua, no es un ejercicio de nostalgia, es una autopsia en tiempo real y en este año 2026, lo que debería ser el orgullo de una estirpe del desierto, el epicentro de nuestra identidad colectiva, se muestra enfermo, con signos crónicos de abandono y urgencia administrativa; no hablo solo de sensaciones, el Centro Histórico concentra más de seiscientos inmuebles catalogados como monumentos, un conjunto patrimonial que exige políticas de conservación y no paliativos improvisados. La tragedia se ve en los parques, espacios que deberían ser pulmones urbanos y escaparates de la memoria que comienzan en el mismo corazón verde de la ciudad, por ejemplo, el Parque Lerdo, testigo de dos siglos de encuentros y despedidas, está hoy lejos de la imagen señorial que prometían sus arcos de cantera, donde informes periodísticos y diagnósticos locales, han documentado ya intervenciones parciales y llamados a la participación ciudadana para su rescate: reformas de cantera, reparaciones puntuales y, recientemente, diagnósticos participativos para recuperar su funcionalidad y su valor cultural. Pero esas acciones han sido intermitentes, insuficientes, frente a un deterioro que combina falta de mantenimiento, vandalismo y prioridades políticas cambiantes.
Si seguimos la ruta, el paisaje urbano se vuelve más descarnado, el Parque Revolución y el Urueta, aparece como un escenario en el que el mobiliario oxidado, y los juegos infantiles rotos, cuentan historias de una infancia que ha sido desplazada por la inseguridad y la desidia; las bancas horadadas por grafitis y las farolas que apenas alumbran, no son solo señales estéticas, son indicios de un fallo más profundo en la gobernanza local, que no garantiza, ni la limpieza básica, ni la sensación de seguridad que invita a vecinos y visitantes a habitar el espacio público. Frente a estas realidades, y áreas que “sufren el abandono”, hay instituciones que deberían custodiar la dignidad del lugar, así lo vemos también, la plaza situada junto al Hospital Central Universitario, un sitio donde la fragilidad humana se hace evidente a diario, exhibe banquetas quebradas, basura acumulada, árboles secos, y contenedores desbordados, una imagen que transforma la espera por noticias médicas en una experiencia de incomodidad y peligro. Esa contradicción es simbólica, mientras el hospital acoge el cuidado del ciudadano, la plaza Niños Héroes, lugar donde de nichos nos llevaba al saludo de la bandera, hoy es un verdadero páramo, sufre la desatención de las autoridades municipales y de servicios básicos.
El deterioro de las arterias viales y peatonales es otra herida abierta, calles como la avenida Niños Héroes, se han convertido en un campo minado de baches, cuya reparación temporal, se desprende con la primera lluvia, dejando al descubierto la fragilidad de los proyectos de bacheo, y la falta de una estrategia integral de mantenimiento urbano; las losas levantadas, los registros sin tapa, y las banquetas fracturadas, no solo generan accidentes, son una metáfora de la manera en que se gestiona la ciudad; parches que ocultan fracturas estructurales, la multiplicación de lotes baldíos, convertidos en tiraderos y depósitos de escombro, profundiza esa sensación de abandono y corroerá, si no se actúa, el capital social que mantiene viva cualquier comunidad. Conviene mirar también las joyas que aún soportan la dignidad del Centro, y que podrían ser palancas de regeneración, esas son la Quinta Gameros, mansión de estilo art nouveau construida entre 1907 y 1910, sede del Centro Cultural Universitario, ejemplo de patrimonio con potencial para detonar actividades culturales, turismo patrimonial y un nuevo tejido de vida urbana. Su historia, vinculada con personajes del porfiriato, la Revolución y el devenir del siglo XX, la convierten en un recurso inestimable para narrar y rehacer la ciudad. Conservada y programada con criterio, la quinta podría actuar como motor para que el Centro recupere visitantes cotidianos, y no solo turistas esporádicos.
El reconocimiento oficial, también existe y debe aprovecharse, en 2023 el Centro recibió la distinción de “Barrio Mágico” por parte de la Secretaría de Turismo, sello que trae visibilidad y recursos potenciales para gestionar recorridos, señalética, rutas culturales y proyectos de regeneración, esa designación, no es una garantía automática de recuperación, pero sí una herramienta estratégica que, bien utilizada, facilita alianzas entre instancias federales, estatales y municipales, así como la convocatoria de inversiones públicas y privadas, con criterios de conservación. Lo que falta muchas veces, es una hoja de ruta clara que, transforme la etiqueta en acciones sostenibles. La recuperación del Centro exige, en primer término, reconocer su valor simbólico y económico, un centro histórico vivo, dinamiza el comercio local, mantiene oficios, sostiene museos y restaurantes, y es imán para visitantes que gastan en la ciudad. Perder fachadas, casonas y comercios tradicionales, no es solo perder piedra o madera, es perder memoria y fuentes de empleo.
Cuando una casona del siglo XIX se derrumba porque su techo cedió ante años de omisión, lo que se pierde es irreemplazable, fragmentos tangibles de la historia que sostuvo procesos políticos, sociales y económicos locales, por eso, la restauración patrimonial, debe entenderse como inversión y no como gasto. Desde el diseño urbano, las intervenciones exitosas en centros patrimoniales combinan tres ejes, restauración física con criterios de conservación, activación cultural sostenida (museos, ferias, programación artística), y políticas de seguridad y limpieza que recuperen la confianza ciudadana. En Chihuahua, estos elementos existen de forma fragmentaria, hay proyectos culturales, ladillos de restauración y convocatorias, pero faltan coordinación interinstitucional, presupuesto sostenido, y participación ciudadana organizada en torno a objetivos claros. La ciudadanía, de hecho, ya ha empezado a movilizarse, hay una generación emergente que reclama un centro digno, organiza caminatas patrimoniales, denuncia el vandalismo, y apoya iniciativas de limpieza; ese capital social, es vital y debe integrarse como actor central en cualquier plan de rescate.
Las soluciones deben ser técnicas y políticas, técnicamente, es urgente estabilizar estructuras, rehacer redes de agua y riego en parques, reparar mobiliario urbano y alumbrado, y realizar un catastro de riesgo arquitectónico que, priorice intervenciones por riesgo y valor histórico; políticamente, hace falta voluntad, presupuesto etiquetado para conservación, sanciones reales para quienes abandonan lotes o dañan inmuebles, incentivos fiscales para que, propietarios rehabiliten fachadas, y convenios con universidades y centros culturales, para programas de capacitación de oficios patrimoniales, no es magia, son decisiones que otras ciudades han tomado con éxito y que Chihuahua puede adaptar a su contexto. En el plano simbólico, la recuperación también exige una narrativa que restituya el orgullo local, el reconocimiento de “Barrio Mágico” debe traducirse en rutas temáticas, señalética bilingüe, mapas culturales y en una oferta que incluya talleres, mercados de oficios, ferias gastronómicas y ciclos de cine y teatro en plazas. Con eso, la gente recupera el hábito de transitar por el Centro con tranquilidad, y con la expectativa de encontrar vida y servicio, no ruina y riesgo.
Chihuahua ha renacido muchas veces en sus 317 años de historia, y la resiliencia está presente, hay instituciones culturales activas, patrimonio valioso, y un nombramiento como Barrio Mágico que puede actuar como catalizador; lo que falta es coordinar recursos, restauración y ciudadanía, ya que, si limpiamos el polvo de la indiferencia con políticas públicas claras y participación organizada, el Centro no solo respirará de nuevo, volverá a latir como corazón urbano, con mercados, arte en las fachadas, niños jugando sin temor, y ancianos sentados en bancas restauradas que cuenten historias. La ciudad que hoy parece herida no quiere morir, quiere ser llamada por su nombre y atendida con la dignidad que su historia merece. Recuperar el Centro Histórico es, devolverle a Chihuahua su memoria material, y su posibilidad de futuro, más que un proyecto estético, es una afirmación de que somos una comunidad que valora sus raíces, y apuesta por un urbanismo que integra pasado, presente y futuro.
“El corazón oxidado de Chihuahua: crónica del Centro Histórico que se niega a morir”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos de Chihuahua. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) o al WhatsApp 614-148-85-03 y con gusto los llevamos a domicilio.