
La muerte del Mencho fue objeto de la columna pasada; hace tiempo vengo pensando en una realidad que ya nos alcanzó a los más jóvenes de este país.
Un amigo mío tuvo la mala fortuna de estar en Morelia, Michoacán, el día que abatieron al Mencho. Un evento partidista que no parecía ofensivo en lo absoluto lo llevó ahí. Se esperaba que fuese un momento muy grato. Ese domingo se encontraba en la terraza de su hotel cuando vio cómo miembros del crimen organizado acribillaron a 6 policías municipales. Un suceso que tuvo repercusiones en su salud mental en los días posteriores.
La columna del día de hoy no busca hablar acerca de lo que está bien o mal en el gobierno o con los partidos políticos, sino que busca desenmascarar nuestra insensibilidad. Hace unas décadas, era impensable una balacera afuera de una escuela, o un asesinato a plena luz del día. Un evento como esos daba de qué hablar por meses en una comunidad y en sus medios de comunicación. Hoy en día es de lo más normal. Pero no solo eso, sino que la misma sociedad se ha encargado de enaltecer estos actos de violencia. Por medio de las series de streaming, música, pinturas, influencers, juguetes infantiles, disfraces y más. Y las malas lenguas dicen que toda esa cultura la patrocina y le da foco el mismo crimen organizado.
Parece de lo más normal el que veamos asesinatos, secuestros, extorsiones en primera plana. Como sociedad, somos capaces de ver imágenes explícitas y morbosas acerca de algún delito violento. ¿Qué nos pasó? México se ha caracterizado históricamente como un país amigable diplomáticamente, cultural, bello, bonito; ignorando todos los días una realidad que ya nos rebasó. Hace no mucho se encontraron cadáveres a los alrededores del Estadio Akron, los reportes de personas desaparecidas al alza y, para acabarla de rematar, actos terroristas a plena luz del día en ciudades y pueblos de todo el país.
En contraposición a esto, nacen los opinólogos alegando que esa realidad es inherente a la naturaleza del mexicano. Que nuestra historia ha estado permeada de múltiples eventos trágicos y sanguinarios y que no es posible cambiarlo. Vastos autores: Octavio Paz, Jorge Volpi, Juan Rulfo, hasta Samuel Ramos. Y estoy en desacuerdo. El adoptar ese discurso derrotista y aceptar que es parte de nuestra naturaleza como mexicanos parece un argumento conformista.
Estos autores se volverían locos con la situación actual, que por mucho, rebasó en aquello en lo que se basaron para escribir.
Bajo el amparo de la dialéctica hegeliana (sin muchos tecnicismos), podríamos argumentar que el progreso humano nace a partir de las ideas. Una idea que se contrapone con lo ya establecido es lo que nos lleva a progresar. El milagro mexicano no surgió por arte de magia, sino por la motivación y voluntad de unos cuantos estadistas por llevar al progreso a este país.
Constantemente somos bombardeados con que la violencia nunca acabará, y se nos predispone a aceptarlo en silencio. ¿Por qué no aspirar a tener algo similar en México? Diría el Chicharito: “imaginemos cosas chingonas”. Si nosotros somos los primeros en desistir, nadie nos llevará a la anhelada paz y tranquilidad que merecemos.
Como mexicanos, sería competente el enarbolar la lucha diaria, en contra de aquellos que perpetúan la violencia. Dejar a un lado nuestra insensibilidad y aceptar que no está bien ver lo que vemos. Dejar de festejar al violentador, y sumar en la vida del violentado. Y sobre todo, no interiorizar el discurso del México ensangrentado. Porque la afirmación de que el mexicano es violento por antonomasia, a mí no me representa. Y espero que a muchos de ustedes también.
Por, Patricio Deandar Solis.