Por: Oscar A. Viramontes Olivas
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Tino sentía un profundo orgullo por sus raíces chihuahuenses, y esta tierra, lo unió estrechamente con otro gigante, Germán Valdés "Tin Tan", ambos, eran paisanos y grandes amigos, Tino relataba que, cuando Tin Tan estaba produciendo sus películas, llegaba a buscarlo con una petición muy específica: "Oye paisa, vengo por ti, necesito una música bien loca para esta película". La genialidad de Tino era tan desbordante que, le pedía a los productores que le proyectaran la película una sola vez; para la segunda vuelta, él ya tenía toda la banda sonora compuesta en su cabeza, perfectamente sincronizada con las locuras de su amigo en pantalla.
A pesar de ser una leyenda que tocó en Bellas Artes y en Europa, Tino nunca perdió el piso y conocía perfectamente la ingratitud comercial del jazz en México, un día, un admirador se le acercó y le contó que, de niño, su padre lo llevaba a un bar muy modesto solo para verlo tocar, lo cual, lo había inspirado a estudiar música, aunque terminó abandonando la carrera; lejos de darle un discurso motivacional, Tino soltó una carcajada y lo felicitó por haber renunciado: "Qué bueno que no seguiste con tu frustrada carrera... Ahorita estarías de sustituto mío en esta pocilga, ganando una miseria", era un hombre que sabía reírse de sus propios infortunios y de la dura realidad del gremio. A Tino no le gustaba que lo encasillaran con su edad, para él, el jazz no tenía tiempo, ya que, en una entrevista, un periodista intentó indagar sobre sus años, con una sonrisa traviesa y sin titubear, Tino le contestó: "Nací el mismo año que Miles Davis", si uno hacía las matemáticas, y el legendario trompetista estadounidense nacería en 1926. La realidad es que Tino había nacido en 1924 (dos años antes que Davis); era su forma irónica de codearse con los dioses del Olimpo del jazz y, de paso, quitarse un par de años de encima con pura actitud.
Cuando Tino ya superaba los 90 años y había grabado más de 50 discos, un reportero le preguntó, a modo de balance de vida, ¿cuáles consideraba que eran sus mayores logros?, fiel a su energía incombustible, el “Dragón del Jazz” le respondió indignado, pero con mucho humor: “¡Yo todavía no la hago! ¡Déjame estar unos 50 años más en el planeta para decirte! ¿Cuáles son mis logros? No lo sé, porque no tengo tiempo de pensarlo, apenas estoy terminando una cosa, y ya estoy en la otra: ¿Cómo puedes decir que has llegado a una cosa finita, si el jazz es infinito e incluye todos los estados anímicos? ¡Y anémicos!” ¡Por supuesto!, hablar de Tino Contreras sin mencionar a sus contemporáneos, sería contar la historia a medias; Tino no era un lobo solitario, formaba parte de una constelación de genios que revolucionaron la música en México a mediados del siglo XX, además, la hazaña de llevar el jazz al Palacio de Bellas Artes es uno de los capítulos más épicos de la cultura nacional.
Tino Contreras se movía en un ecosistema musical de altísimo nivel, sus relaciones con otros grandes músicos, oscilaban entre la camaradería profunda, la admiración mutua y, por supuesto, esa sana competencia que los empujaba a ser mejores. Luis Arcaraz y Héctor Hallal "El Árabe" en 1949, el saxofonista Héctor Hallal, descubrió el talento desbordante de Tino, y lo invitó a unirse a la Orquesta de Luis Arcaraz. Arcaraz era un director exigente y brillante, pero Tino siempre reconoció que esta etapa fue su gran escuela internacional, pues con ellos, realizó su primera gran gira por Sudamérica y el Caribe, aprendiendo la disciplina de las grandes “Big Bands”. Por otro lado, Juan García Esquivel, El visionario del “Space Age Pop” (música lounge vanguardista), encontró en Tino al percusionista perfecto, Esquivel, escribía arreglos complejísimos que exigían una precisión matemática, y un atrevimiento sonoro inusual, en este sentido, Tino aportó la columna rítmica para las locuras estereofónicas de Esquivel, demostrando que podía tocar lo que fuera, por más futurista que pareciera. Otro personaje, de gran calado era Chilo Morán, y se decía que, si Tino era el rey de los tambores, el sinaloense Chilo, era el amo absoluto de la trompeta. Ambos fueron los pilares fundamentales para legitimar el jazz en México; su relación era de respeto monumental, a menudo, compartían cartelera, e incluso, llegaron a enfrentarse en duelos musicales amistosos que, quedaron registrados en discos como “Frente a Frente”, “Mexican Jazz Jam”, eran dos fuerzas de la naturaleza empujando la misma carreta.
Otro personaje de la época era Mario Patrón, este magistral pianista nayarita, fue el "cómplice" de Tino en la creación del primer disco del género en el país, “Jazz en México” (1954), juntos, bajo el sello Orfeón, trazaron el mapa de ruta para todos los músicos que vendrían después; las colaboraciones inesperadas, su amplitud de miras, lo llevó a cruzar géneros y para 2017, ya a sus 93 años, Tino grabó una sesión en vivo con Javier Bátiz, el padre del rock y el blues en México, demostrando que su espíritu musical no conocía barreras generacionales ni estilísticas y unos de los acontecimiento trascendentes para Tino, fue que antes de la década de los sesenta, el Palacio de Bellas Artes, con sus imponentes cúpulas, y su cortina de cristal de Tiffany, estaba estrictamente reservado para la ópera, la música sinfónica clásica y el ballet folklórico, y el jazz, nacido en los bares y clubes nocturnos, era visto por las élites culturales como un género "menor" o de mero entretenimiento.
Tino logró abrir las puertas del máximo recinto cultural de México gracias a la sofisticación de sus composiciones, no llegó a Bellas Artes a tocar un palomazo de club, llegó con obras de una envergadura colosal, el Jazz Ballet y Orfeo en los Tambores (1963). En su primera gran incursión, Tino presentó una obra sin precedentes, mientras gigantes como Chico O'Farrill, presentaban suites con Chilo Morán como solista, Tino estremeció el teatro con Orfeo en los Tambores, acompañado por el Ballet de Cámara del Palacio. Ver a bailarines clásicos moviéndose al ritmo de una batería de jazz polirrítmica, fue un choque cultural fascinante, en este sentido, la Consagración con la “Misa en Jazz” (1966), siendo el momento cumbre, tocando Tino su batería en el centro del escenario donde cantaba María Callas. Los puristas de la música clásica que asistieron por curiosidad, esperando un desastre irreverente, enmudecieron al escuchar la solemnidad de los coros fusionados con el swing, los cantos gregorianos y los ritmos negros.
Las crónicas de la época, cuentan que los teatros se abarrotaban, Tino, impecablemente vestido de traje, se sentaba tras su batería, no con la actitud de un rebelde, sino con la de un director de orquesta; sus solos de batería, que podían extenderse minutos enteros en una especie de trance místico, hacían retumbar el mármol del recinto y a lo largo de su vida, Tino Contreras, lograría llenar a tope el Palacio de Bellas Artes en más de ocho ocasiones. Él no solo entró por la puerta grande, obligó a la alta cultura mexicana a sentarse, escuchar y aplaudir de pie a un ritmo que, hasta entonces, se consideraba indigno de ese escenario…esta crónica continuará
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