
Esta semana, está en comisiones y probablemente se propicie el debate en el pleno del Congreso de la Unión, el cual se convertirá en el epicentro de un debate que trasciende la técnica legislativa para tocar la fibra más sensible de nuestra República: las reglas del acceso al poder. Será el ring de la lucha por no permitir un atropello a la pluralidad de opiniones en el país. La iniciativa de reforma electoral enviada por el Ejecutivo se presenta bajo una narrativa de "perfeccionamiento democrático" y "austeridad", pero una lectura jurídica minuciosa de su contenido revela omisiones y riesgos que obligan a una reflexión profunda. La democracia no es estática ni se queda igual toda la vida, sino un principio estructural que exige un equilibrio real entre la eficiencia del Estado y la protección de la pluralidad, constante innovación y nuevas ideas.
Desde la óptica de Acción Nacional, el posicionamiento de nuestro dirigente Jorge Romero ha sido claro al señalar que no se puede acompañar una propuesta que, bajo el velo de la reducción de costos, debilite el sistema de contrapesos. Un punto crítico es la modificación del artículo 41 constitucional para reducir el financiamiento público. Si bien la optimización de recursos es una demanda ciudadana legítima, el riesgo jurídico es evidente: reducir el financiamiento lícito sin establecer mecanismos robustos para frenar la infiltración de recursos irregulares es, en la práctica, dejar la puerta entreabierta a influencias externas que vician la voluntad popular. Una reforma que no blinde las urnas contra la intervención delictiva difícilmente puede llamarse integral.
Asimismo, la propuesta de reconfigurar las diputaciones de representación proporcional plantea un serio dilema sobre la representatividad. El sistema actual garantiza que las minorías tengan voz en el Poder Legislativo, evitando que una sola fuerza política ignore la diversidad de opiniones del país. Al alterar este equilibrio bajo el argumento de "devolverle el poder a la ciudadanía", se corre el riesgo técnico de consolidar una sobrerrepresentación que desvirtúa la pluralidad. La pluralidad no es un obstáculo para la gobernanza, es la garantía de que todas las regiones y sectores, incluyendo Chihuahua, mantengan su peso en las decisiones nacionales. En senadurías si les dice adiós, mientras que en diputaciones se establece un nuevo criterio (mejores perdedores) pero, deja dudas e inquietudes ese método de designación, ¿gato encerrado?
Por otro lado, el rediseño del Instituto Nacional Electoral y la presión sobre los organismos locales y tribunales estatales sugiere una centralización que asfixia operativamente al árbitro. Como bien se ha advertido desde la dirigencia del PAN, no resulta lógico incrementar las facultades de fiscalización y ejecución del INE mientras, simultáneamente, se le restringen los recursos necesarios para cumplirlas. La autonomía no es solo un mandato constitucional; es una capacidad administrativa real que se vulnera cuando el presupuesto se utiliza como un mecanismo de control político indirecto. Reducir presupuesto a los OPLE’s, pero además exigirles realicen elecciones nuevas (jueces, y está el debate de regidurías), ¿cómo se les obliga a trabajar más, con menos recurso? El intercambio de ideas está sobre la mesa.
Finalmente, es imperativo señalar que una verdadera reforma debería mirar hacia el futuro con herramientas como la urna electrónica o la segunda vuelta presidencial, temas que han quedado fuera de esta iniciativa. En Acción Nacional no nos oponemos a la modernización, sino a la regresión institucional. Son Derechos Humanos que simplemente no pueden ir en retroceso. La forma es fondo, pero en derecho el procedimiento y el blindaje de las instituciones lo son todo.
Muy probablemente, esta semana, se defenderá el derecho de las y los mexicanos a vivir en una democracia donde el Estado sea más que una sola voluntad y donde cada voto, efectivamente, siga contando.