
Pese a que el 54.4 % de las personas que se gradúan de universidades en México son mujeres, menos de la mitad —alrededor de un 45 %— logra incorporarse al mercado laboral. En contraste, cerca del 76 % de los hombres con estudios universitarios tiene un empleo formal.
La brecha persiste dentro de los centros laborales, incluso entre mujeres y hombres que tienen el mismo nivel educativo. En las salas de junta de muchas empresas, la proporción es de tres mujeres por cada siete hombres en promedio. Esta sigue siendo una diferencia muy grande que impacta el ámbito laboral en todos los sentidos, advierte Ivonne López Vázquez, de la organización Estimada Rebel.
López Vázquez explica que hay una combinación de factores, tanto estructurales como culturales, que explican por qué la formación escolar de las mujeres no se refleja en los espacios laborales que ocupan. El primero y más importante es la carga de cuidados, sobre todo de infancias y personas mayores, que recae principalmente en ellas.
Animal Político publicó en marzo de 2025 la serie Cuidadoras sin oportunidades, que documenta cómo sin un sistema nacional de cuidados, la igualdad de género nunca será una realidad: en México, 19.6 millones de mujeres no son parte del mercado laboral por dedicarse a los cuidados, mientras que las mujeres representan el 80 % de las personas jóvenes que no estudian ni trabajan, la mayoría por estar dedicadas a tareas de cuidado.
Otro motivo, asegura López Vázquez, radica en la rigidez del mercado laboral, pues en un contexto en el que —a pesar de que la pandemia marcó una nueva era— en muchas empresas ya no se permite el trabajo remoto, persisten jornadas laborales extendidas y trayectos largos de transporte, sobre todo en ciudades grandes y con problemas de movilidad, como Guadalajara, Monterrey o Ciudad de México, lo que impacta en la participación de las mujeres.
“Entonces, (en esos casos) no va a haber condiciones para que yo quiera integrarme a un trabajo formal, y me voy a ir más bien a la informalidad o a hacer freelance o a ver si pongo un proyecto propio, o incluso voy a tener una pausa laboral porque las condiciones laborales no están a mi favor”, apunta la especialista.
A lo anterior se suman los sesgos de contratación. Uno de los más significativos es el de afinidad, que refiere a que quienes contratan, si también son hombres, se deciden por personas que piensan y se ven como ellos. Dado que la prevalencia en las empresas sigue siendo principalmente masculina, esto ocurre con mucha frecuencia.
Por otro lado, añade, están las dinámicas que persisten en los hogares: cuando el hombre gana más, desde ese ámbito ya existe una brecha salarial también vinculada al sobrecosto que cargan las mujeres sobre los cuidados. “En el camino hay muchos factores que van dejando este porcentaje con esta diferencia (en el acceso laboral)”, comenta López Vázquez.
Estimada Rebel subraya que el acceso a la educación superior no garantiza autonomía económica, pues el problema de la desigualdad no termina en el aula, sino que continúa en las reglas, incentivos y condiciones del mercado de trabajo. A esto se suma la desigualdad territorial, que aumenta esta desconexión.
Con información de Animal Politico