
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Hubo un día en que Chihuahua dejó de ser solamente, una ciudad sitiada para convertirse en un símbolo endurecido por el estruendo, por la tensión de las calles ocupadas, y por la respiración agitada de una población que parecía escuchar el paso de la historia sobre el empedrado. La guerra ya no era rumor ni amenaza abstracta, era golpe, pólvora, grito, persecución, decisión, victoria y a mediados de marzo de 1866, las fuerzas imperiales se hallaban aisladas en Chihuahua y en Guerrero, mientras la presión republicana crecía con una determinación casi feroz, como si la ciudad entera hubiera asumido la tarea de expulsar de su pecho la presencia extranjera.
El 25 de marzo, las tropas unidas bajo el mando de don Luis Terrazas, pusieron sitio a la capital del Estado, y la envolvieron en una atmósfera de angustia expectante, de movimiento acelerado y de silencio tenso, donde cada esquina podía convertirse en un punto de fuego, y cada ventana, en una posibilidad de resistencia. Después de un día de combate, los republicanos se apoderaron de la ciudad e hicieron 291 prisioneros; el dato, seco en apariencia, contiene una escena de altísima intensidad, calles convertidas en frente de batalla, azoteas como nidos de fuego, corredores llenos de eco, polvo suspendido en el aire, y una población contenida entre el miedo y la esperanza.
Chihuahua respiró entonces como respira una ciudad bajo ataque, con sobresalto, con violencia, con la energía desesperada de quienes saben que el desenlace puede cambiar el destino de una comunidad entera, y el desenlace fue favorable; aquella jornada, no solo marcó el triunfo militar de los republicanos, también selló una memoria urbana que, desde entonces, quedó unida para siempre a la idea de resistencia, de dignidad y de coraje compartido. Pero el episodio más dramático de ese ciclo no fue únicamente el sitio, sino el famoso cañonazo contra la campana de Catedral, una acción que condensó en un solo instante el dilema moral, la necesidad militar, y la fuerza simbólica de una ciudad que no quiso bajar la cabeza.
Las voces narran como un momento de resolución dura, casi trágica, donde la fe, la guerra y la urgencia se encontraron en un mismo punto; los republicanos sabían que desde la torre de Catedral los leales a los franceses seguían disparando y causando bajas, y esa situación convertía el corazón mismo de la ciudad en una posición enemiga. La artillería estaba a cargo de Platón Sánchez, un militar veracruzano que, junto con sus hombres, había sido colocado en el Parque Lerdo, desde donde podían observar el movimiento de la torre y responder a la ofensiva; allí, se tomó la decisión que condensó la tragedia de la guerra, disparar contra Catedral. No era una orden cualquiera, ni una consigna fácil, ni una maniobra tomada a la ligera.
Para hombres católicos, formados en la reverencia al templo y en la obediencia a la sacralidad de los espacios religiosos, aquello significaba tocar el límite entre la fe y la necesidad militar, entre el respeto al símbolo y la obligación de vencer al enemigo que se escondía tras él. La guerra, sin embargo, no siempre permite purezas, la guerra obliga, empuja, hiere, y en ocasiones vuelve necesarias las decisiones que antes habrían parecido impensables. La necesidad del triunfo exigió el disparo, Brígido Chavira, recibió la orden y lanzó la bola de ocho kilos con la precisión feroz de quien sabe que un solo impacto, puede modificar el curso de la jornada. La granada no destruyó la iglesia, pero sí entró por la torre izquierda y golpeó la campana mayor, arrancándole un gran fragmento. La ciudad escuchó el estallido como si alguien hubiera mordido la propia historia, como si el bronce hubiera gritado, y el aire se hubiera quebrado en una sola sacudida; la escena tiene algo de desolador y de épico a la vez, los hombres que defendían la torre, confiados en la altura, en el fuego y en la posición estratégica, vieron de pronto cómo la certeza se desmoronaba, pues lo que antes parecía fortaleza, se volvió desorden, lo que, parecía dominio, se transformó en fuga, lo que, había sido arrogancia se convirtió en sobresalto.
Hubo confusión, carreras, entregas, fugas, algunos bajaron con desesperación, otros se rindieron en el acto; otros más comprendieron, quizá demasiado tarde, que el momento de resistencia había terminado, el cañonazo, no solo lesionó una campana, quebró la moral de un reducto resistente y abrió el camino al triunfo definitivo republicano. La campana quedó herida, mutilada, como una cicatriz de bronce en el cuerpo urbano, como una marca indeleble en la carne de la ciudad, y sin embargo, esa herida no fue borrada, al contrario, se convirtió en emblema. La ciudad que había resistido, que había luchado en los túneles y en las calles, que había seguido el avance de los republicanos como quien sigue el latido de su propia supervivencia, ahora conservaba en su Catedral el signo visible de la victoria.
El templo permanecía en pie, pero la campana dañada, decía más que un monumento intacto, decía asedio, coraje, sacrificio, destino. Luego vino el castigo y vino la memoria, como suelen hacerlo los grandes hechos que no desean ser olvidados; a los capturados, los fusilaron en el actual parque Urueta, entonces Panteón de Nuestra Señora de la Merced, y los enterraron el mismo 25 de marzo, sellando con tierra y silencio el final de aquel episodio, sin embargo, el gobierno de don Benito Juárez, declaró esa fecha como la Segunda Independencia de Chihuahua, porque los franceses se retiraron y no volvieron por años.
La expresión no es exagerada, los archivos de la ciudad, la presenta como una forma de marcar la dimensión histórica del triunfo, de reconocer que, en esa jornada, la ciudad no solo había repelido a un reducto militar, sino que había salvado su dignidad política, su vocación republicana, y su derecho a figurar como símbolo nacional. Chihuahua no venció únicamente por el número de sus armas, sino por el peso moral de su resistencia, por la disciplina de sus fuerzas, por la convicción de que la causa republicana debía mantenerse viva aun en el corazón de una ciudad acosada. Años después, la campana volvió a estar en peligro, como si la historia insistiera en probar la fuerza de la memoria. En 1900, un cura quiso bajarla para fundirla, bajo el argumento de que estaba muda y ya no servía, pero el síndico Albino Mireles, se opuso con determinación, con temple y con una claridad histórica que lo volvió guardián de un símbolo.
Su defensa fue una defensa de la memoria, dijo, en esencia, que aquella campana no era metal inútil, sino una huella histórica que no debía borrarse, Su gesto fue estratégico y patriótico, porque entendió que una ciudad que pierde sus signos termina perdiendo también la narración de sí misma. Gracias a esa oposición, la campana sobrevivió y más tarde recibió el carácter de monumento histórico por parte del Instituto de Antropología e Historia. Así, el objeto herido se volvió reliquia pública, testimonio material de una ciudad que aprendió a convertir la herida en símbolo, el daño en relato y la derrota parcial en un patrimonio de la conciencia colectiva. La última escena de esta crónica no es de pólvora, sino de memoria.
Cuando Chihuahua fue finalmente reconocida como Ciudad Heroica, la Comisión Nacional tomó precisamente en cuenta ese acto de resistencia y ese símbolo central, la campana mutilada que recuerda el enfrentamiento con las fuerzas francesas y el valor de una población que defendió la soberanía de la patria. La ciudad, que había vivido entre el miedo y el triunfo, entre la asfixia y el orgullo, quedó inscrita en la historia nacional, no como un escenario secundario, sino como una plaza decisiva, su nombre, dejó de ser únicamente el de una capital del norte para convertirse en el de un territorio capaz de sostener la república con la firmeza de quienes se saben parte de una causa mayor. Y en esa inscripción también aparece la figura del profesor Rubén Beltrán Acosta, cronista y protector del patrimonio, como uno de esos hombres que comprenden que la historia, se pierde cuando deja de contarse, cuando se abandona al olvido o cuando se reduce a una anécdota desprovista de su profundidad humana. Su tarea no es menor, guardar la memoria para que el olvido no le gane a la ciudad, para que la herida de la campana siga hablando, para que el eco del cañonazo no se disuelva en el ruido del presente. Chihuahua, entonces, no solo venció en 1866, también aprendió a recordarse, a mirarse en su herida y a reconocer en ella la forma más intensa de su orgullo.