Callejón Uranga: crónica de sombras, deseo y olvido en el viejo Chihuahua (Primera parte)

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com 

El “Callejón Uranga” emergió, al igual que muchos espacios que quedan definidos por la contradicción y el olvido en medio del dinamismo del progreso, y la duradera sombra de la necesidad. A mediados del siglo XX, tanto jóvenes como personas de mayor edad, solían adentrarse en ese sector de la ciudad de Chihuahua que, se encontraba delimitado por las avenidas Juárez, Colón y Pacheco, así como la proximidad al río Chuvíscar, como si atravesaran una frontera imperceptible entre la dignidad y la tentación, entre la pulcritud manifiesta del centro, y el consonar incierto de la noche. Este lugar formó parte de lo que se conocía como la zona de tolerancia de la capital, un pequeño rincón, donde la existencia parecía avanzar con el agotado ritmo de la pobreza, y el destello efímero de las pasiones reprimidas.

En ese entorno, caracterizado por paredes desgastadas, pasillos húmedos, habitaciones reducidas, y tabernas en malas condiciones, varias generaciones de jóvenes inquietos, experimentaron su primera vivencia sexual, una experiencia que, en el argot popular, era designada irónicamente como "la primera comunión", como si el deseo, lejos de ser una caída, constituyera un oscuro rito de iniciación. Asimismo, en medio de las bebidas, las adversidades, la desinhibición y el anhelo de compañía, no fueron pocos los que, bajo el sarcasmo de la época, resultaron favorecidos, recibiendo el millón de unidades de penicilina necesario para tratar ciertas enfermedades venéreas, un recordatorio amargo de que, la celebración nocturna, casi siempre implicaba un costo de sufrimiento, deshonor y dolencias.

El Callejón Uranga fue, durante décadas, una herida discreta y a la vez visible en el mapa antiguo de la ciudad de Chihuahua, un estrecho pasaje del centro histórico, cercano a la zona de la antigua estación del ferrocarril y a la avenida Juárez con Pacheco que, con el tiempo, quedó asociado a la pobreza, a la tolerancia ambigua y al comercio clandestino del cuerpo. No nació como un símbolo de escándalo, sino como parte de esa trama de vecindades apretadas y viviendas colectivas que, crecieron al ritmo de la ciudad obrera, cuando la migración del campo empujó a miles de familias a buscar un cuarto humilde, un techo vencido por la humedad y un rincón donde resistir el hambre. En esas casas de muros cansados se mezclaron trabajadores, mujeres solas, niños descalzos, vendedores, parroquianos y hombres extraviados por la bebida, allí, se fue formando una geografía moral que las autoridades observaban con recelo, mientras la ciudad intentaba ordenarse bajo discursos de higiene, modernidad y control social. 

La prostitución, lejos de aparecer de pronto, había sido ya regulada de manera temprana en Chihuahua, un reglamento municipal de 1876 definió a las llamadas “mujeres públicas” como aquellas que, por paga, se entregaban a los individuos que las solicitaban, muestra de una mirada oficial que reducía el fenómeno a un problema de disciplina, vergüenza y vigilancia. Esa base legal no extinguió el mundo nocturno, apenas lo encauzó dentro de una frontera moral que, con el paso del tiempo, se volvió porosa, desigual y profundamente humana en sus miserias. Con el correr de las primeras décadas del siglo XX, el centro de Chihuahua fue llenándose de vecindades que nacieron como respuesta al déficit de vivienda, y al crecimiento urbano provocado por la llegada continua de familias migrantes. Entre 1934 y 1971, esas construcciones cumplieron una función social decisiva, alojar a quienes no tenían otro lugar a donde ir, aunque fuera en condiciones precarias, con cuartos estrechos, servicios escasos y una intimidad rota por la cercanía obligada de tantos cuerpos y tantas urgencias. 

El barrio de “los Uranga” no siempre tuvo ese rostro áspero, ni esa fama entre turbadora y legendaria, antes de convertirse en territorio de cantinas, tolerancia y miseria compartida, aquel sector había conocido el auge porfiriano cuando la ciudad se expandía con ímpetu, cuando los nombres de ciertas familias pesaban como emblemas de fortuna y dominio, y cuando los Uranga, formaban parte de ese entramado de propietarios que disputaban solares, lotes y privilegios al ritmo del crecimiento urbano. En aquellos tiempos, la zona todavía no era el callejón estrecho y degradado que después recordaría la memoria popular, sino un espacio vinculado al poder, a la especulación, al porvenir empresarial, y a la idea de una ciudad que quería modernizarse con toda la solemnidad de la época. Sin embargo, la Revolución, la reconstrucción posterior, y los bruscos movimientos de la nueva vida urbana, transformaron aquel escenario con la violencia callada de las ciudades que cambian sin pedir permiso. 

Las casonas que antes daban lustre a la élite, comenzaron a ser ocupadas por familias marginadas, por obreros, por viudas, por gente sin otra posibilidad que el hacinamiento y la resistencia, allí donde antes se habían levantado residencias de apellidos resonantes como Fletcher, Creel, Terrazas, Prieto y Uranga, fueron surgiendo viviendas apretadas, ruinosas, precarias, cuartos de lámina o de adobe deteriorado, pequeñas fortalezas de la sobrevivencia cotidiana. El esplendor dejó paso al desgaste; la amplitud, al apiñamiento y la elegancia, a la urgencia, sin embargo, el origen formal del barrio, se remonta al conflicto entre los hermanos Luis y Manuel Uranga y el Ayuntamiento de Chihuahua, así como con la empresa del Ferrocarril Central Mexicano, una disputa que evidenció con crudeza, las tensiones de una ciudad empujada por la industrialización y la modernidad. Desde 1888, la familia Uranga habían adquirido propiedades al Ayuntamiento, pero los requerimientos del crecimiento urbano, del ferrocarril y de las nuevas vialidades, fueron trastocando sus pretensiones, fue así que en el caliente verano de1890, el municipio ya había comenzado a intervenir sobre aquellos terrenos, con la convicción de que la ciudad debía abrirse paso, ensanchar banquetas, levantar una plaza frente a la estación de pasajeros, y trazar nuevas calles perpendiculares a la antigua calle Iturbide, hoy avenida Juárez, en dirección al Chuvíscar. El porvenir urbano se presentaba como una necesidad inaplazable, y los derechos de los propietarios quedaron atrapados entre la lógica del interés público, la burocracia incierta, y una modernización que solía avanzar sobre los demás con paso severo. 

La construcción del Ferrocarril Central Mexicano, la apertura solemne de la avenida Cristóbal Colón, y el asentamiento de fábricas como la Industrial Mexicana, propiedad de Enrique C. Creel y Fletcher, modificaron radicalmente el paisaje; la ciudad, dejó de ser una acumulación de casonas, solares y calles viejas, para convertirse en un organismo industrial que exigía avenidas, patios de maniobra, depósitos, banquetas y rutas funcionales, y en medio de esa transformación, el sector Uranga fue herido, litigado y redefinido, hasta convertirse en una zona que ya no pertenecía del todo a la élite, pero tampoco a la ciudad formal que, pretendía ordenar sus espacios con reglas nuevas. El conflicto no fue menor ni sencillo, se sumaron, por un lado, el desarrollo económico y la fiebre de los terrenos próximos al ferrocarril y al río, por otro, la manera en que la burocracia municipal legitimaba denuncios de lotes con una corrupción tan discreta como eficaz, y finalmente, la necesidad auténtica de ordenar el trazado de la ciudad, de corregir polígonos, de regularizar calles, de evitar que muchos terrenos invadieran vialidades o aparecieran con medidas falsas en los planos oficiales. 

El ingeniero Juan Ochoa en 1891, lo reconoció con claridad, el caos urbano había sido producido por decisiones previas, denuncios aceptados, y titulaciones posteriores que dejaron a la ciudad en una maraña de irregularidades. En ese laberinto administrativo, se quedaron atrapados los Uranga, inicialmente frustrados en sus reclamos, hasta que, con el tiempo, el sector fue regularizado. Cuando se establecieron los límites del derecho de vía del ferrocarril, cuando se adjudicaron espacios al tranvía urbano, cuando se trazó la plaza frente a la estación de pasajeros, y se delineó la nueva calle perpendicular a la Iturbide, entonces pudo contarse con un número real de lotes para nuevas adjudicaciones e incluso, para indemnizaciones. Fue entonces, después de un largo litigio, cuando en 1894, el Ayuntamiento reconoció a favor de los Uranga, la posesión de ciertas propiedades y les restituyó una superficie considerable, permitiendo que el nombre de la familia quedara fijado en la memoria del lugar. Así empezó a llamársele “el barrio de los Uranga”, y luego, casi naturalmente, “el Callejón Uranga”, como si el tiempo hubiera estrechado la propiedad, la hubiera vuelto pasaje y la hubiera condenado a ser recuerdo de sí misma…esta crónica continuará.

“Callejón Uranga: crónica de sombras, deseo y olvido en el viejo Chihuahua”, forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea participar aportando información y fotografías para esta sección, será bienvenida ofreciendo el crédito de su aportación. Así mismo, si desea adquirir los libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas”, tomos del I al XIII, lo puede hacer en la Librería Kosmos o solicitarlos por Whatsapp 614148-85-03.

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Mírame bien, porque ya estoy más cerca de lo que crees

Después del primer encontronazo entre los aspirantes a la candidatura por la alcaldía de Chihuahua, César Jáuregui y Santiago de la Peña, la tensión no se quedó en declaraciones y está brincó directo a las redes sociales…

 

Fue el propio De la Peña quien avivó la conversación al retomar “que no se ponga nervioso, le garantizo un rebase limpio…y por la derecha” realizada el día de ayer, pero más allá de repetir el mensaje, lo interesante vino con la forma…

 

Acompañó la publicación con una imagen de un espejo lateral izquierdo en plena carrera vehicular, con el mensaje “Santiago está más cerca de lo que parece”, rematada con un “así las cosas en Chihuahua capital”, publicación directa y nada inocente…

 

En este caso, el mensaje parece más que evidente de desventaja que intenta posicionar Jáuregui que está siendo respondida con una contraofensiva visual y discursiva.

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