Por: Oscar A. Viramontes Olivas
En esta siguiente página de la existencia del “Callejón Uranga”, visto desde la distancia del tiempo, quedó como una grieta antigua del centro de la ciudad de Chihuahua, un pasaje asociado a vecindades obreras, a cuartos mínimos, a cuerpos cansados y a una vida urbana que, durante décadas, fue empujada a los márgenes por la pobreza y después barrida por la modernización. La historia del sitio se entiende mejor si se la mira junto con la de otras vecindades del centro histórico, levantadas para aliviar el déficit de vivienda que dejó la intensa migración del campo a la ciudad entre 1934 y 1971, y también, junto con el impulso de reurbanización que, entre 1956 y 1971, destruyó muchas construcciones viejas en nombre de la pulcritud y el progreso. En ese mismo tejido, aparece el Callejón Uranga, recordado en estudios posteriores como un espacio donde hubo prostitutas y borrachos viviendo dentro hasta su desaparición, y donde todavía podía sentirse el desnivel, la humedad, la precariedad de los cuartos y la fragilidad de una existencia casi siempre expuesta al abandono.
A partir de ese fondo histórico, la crónica puede abrirse como una calle viva, con personajes reales que cuentan sus experiencias sobre el lugar y que no pretenden reemplazar el archivo, sino darle respiración humana, pues, en una de las primeras escenas aparece don Evaristo Baca, relojero de manos finas, y camisa siempre oliendo a grasa de máquina, que rentaba un cuarto cerca del Hotel Napoleón; don Evaristo, llegaba del centro al anochecer, después de ajustar relojes en una tienda de la avenida Juárez, y decía que la ciudad nocturna tenía el “tic-tac” de una culpa antigua. Más de una vez se quedó mirando hacia el Callejón Uranga con la misma mezcla de miedo y curiosidad con la que un hombre mira el agua oscura; sabía que allí había cantinas, mujeres de voz baja y mesas donde el olvido se vendía por tragos. Una noche, después de cobrar una reparación importante, bajó con dos monedas en el bolsillo y terminó en una mesa de madera donde una mujer llamada Matilde, le habló de su hijo enfermo y de una pensión atrasada; él, le dejó el dinero de la cuenta y salió con la sensación amarga de haber comprado, por unos minutos, algo parecido al consuelo, esa escena, repetida mil veces en la memoria oral, explica mejor que cualquier acta, por qué el callejón era al mismo tiempo, refugio y condena.
En otra anécdota, don Tomás Elizondo, empleado menor del ferrocarril, dormía en el Hotel Uranga que estaba frente a la antigua estación del ferrocarril y siempre estaba atento cuando llegaban los trenes de madrugada. Don Tomás, había aprendido a distinguir el silbato largo del convoy de mercancías; el silbido breve, de los de pasajeros y decía, que ambos sonidos anunciaban problemas; unos traían carga, otros traían tentación y después del turno nocturno, se lavaba la cara, se acomodaba el saco y caminaba hacia el callejón con dos compañeros más, uno de ellos, un cargador apodado “El Chato”, que siempre terminaba cantando corridos desafinados, ambos, iban en busca de una copa, pero sobre todo en busca de ese descuido breve que permite olvidar la espalda dolorida y la soledad del cuarto. En una cantina de mala muerte, donde el piso pegajoso y el humo espeso parecían tragarse la luz, Tomás conoció a Leonor, una muchacha de ojos oscuros que no prometía nada y, precisamente por eso, parecía decirlo todo. Ella no le dio ternura de novela, le dio conversación, una silla, un silencio compartido. Al amanecer, cuando el tren volvió a silbar desde la estación, él comprendió que había gastado el salario en bebida y en una ilusión pasajera, pero también, que el Callejón Uranga existía para hombres como él, los que, no tenían un hogar capaz de defenderlos de la noche. La estación, en ese relato, no era solo una terminal, era la puerta de entrada a la deriva, al cansancio y a la búsqueda de una caricia comprada que disimulaba el hambre de compañía.
En la escena también aparecía doña María del Carmen Saldaña, que vivía con su madre en una vecindad próxima a San José de la Montaña, recordaba que el día parecía decente mientras el sol golpeaba los techos de lámina, pero al caer la tarde, todo cambiaba de voz. Desde su ventana veía pasar a los hombres con paso apurado, unos fingiendo rumbo, otros cargando el cansancio como si fuera costal. Decía que muchas mujeres del barrio aprendieron a reconocer a los clientes del callejón por la manera de bajar la mirada, por el sombrero hundido hasta las cejas, por el olfato de alcohol que les precedía. A veces los niños preguntaban por qué había tantas risas al otro lado, y tan poco sueño en las casas; la respuesta no cabía en una explicación sencilla, porque el callejón no era solo un sitio de pecado, sino un borde donde la miseria se disfrazaba de entretenimiento. En una de esas tardes, María, vio salir a una mujer de tacones rotos, envuelta en un rebozo azul, llorando sin ruido; al pasar junto a ella, la mujer le dijo que no llorara por ella, que nadie lloraba por nadie en aquel sitio, sin embargo, María del Carmen lloró después, sola en su cuarto, porque comprendió que la tristeza de esas mujeres no era un adorno moral, sino una costumbre de supervivencia.
Más abajo, hacia la Industrial, vivía don Aurelio Padilla, mecánico de torno, hombre de manos ásperas y bolsillo siempre a medio vaciar. Aurelio salía del taller con la cabeza llena de ruido y la espalda molida, y juraba cada viernes que se iría derecho a casa, pero apenas cruzaba la avenida Pacheco, el reflejo de las luces lo vencía; primero una cantina, luego otra, luego la esquina donde una mujer llamada Esperanza, solía decirle que todavía estaba a tiempo de enderezarse, aunque ella supiera que nadie se endereza del todo cuando ya aprendió a caminar de noche, así, don Aurelio no era un hombre vicioso por maldad, sino por derrota; gastaba el dinero en cerveza, en tragos agrios y en mesas donde la música permitía olvidar la cuenta, y luego volvía a su vecindad con la misma promesa rota: ¡Mañana no, mañana no! El Callejón Uranga lo absorbía como absorbía a tantos, no porque sedujera con lujo, sino porque ofrecía el alivio barato que los pobres suelen confundir con descanso.
Por la avenida Pacheco, pasaban también los que no querían ser vistos, don Remigio Castañeda, comerciante de telas, llevaba cada noche una bolsa de cuero y una reputación intacta de hombre serio, sin embargo, al bajar el sol, su sombra parecía desdoblarse y una tarde fue visto entrando al sector con el pretexto de visitar a un proveedor, pero lo cierto es que terminó en una mesa de cantina con un joven de voz ronca y una muchacha de risa cansada que le ofreció una noche de olvido; don Remigio salió al amanecer con la corbata torcida y el rostro sudado, jurando que jamás volvería, aunque el juramento se lo tragó el siguiente sábado. La crónica oral de la zona, guarda personajes así; hombres que se descomponían en secreto y regresaban a sus oficinas como si nada, tratando de conservar una máscara que la noche ya les había resquebrajado. Y detrás de ellos quedaban las mujeres, dueñas de una paciencia cruel, y de una sabiduría nacida en los bordes, mirando cómo los mismos clientes que las buscaban de madrugada, luego fingían no conocerlas al cruzarse de día en la calle. Otra escena habla de la autoridad, encarnada en un agente municipal de apellido Rocha, que rondaba el área con ademán severo y un silbato colgando del bolsillo; Rocha decía conocer “el vicio” mejor que nadie, y por eso mismo solía terminar en la cantina más próxima, donde el deber se le iba deshaciendo entre tragos.
En una ocasión intentó sacar a un hombre ebrio del lugar, pero acabó sentado con él, contando anécdotas y aceptando una ronda pagada por la dueña del local; esa imagen resume la ambigüedad del tiempo, el orden vigilaba, pero también participaba; la moral condenaba, pero también cruzaba la puerta. En otra noche, una joven llamada Elvira, recién llegada de un rancho del interior del Estado, fue llevada al callejón por una amiga mayor que le dijo que allí al menos habría comida. Elvira descubrió que el consuelo tenía precio, que la música era más triste de lo que parecía, y que el rumor de los vasos podía esconder una vida entera de renuncias. No se volvió legendaria ni famosa, simplemente aprendió a sobrevivir, y esa es una de las verdades más duras del callejón, donde la mayoría de sus historias, no terminaron en tragedia espectacular, sino en desgaste, en cansancio, en el lento borrarse de los nombres…esta crónica continuará.
“Callejón Uranga: crónica de sombras, deseo y olvido en el viejo Chihuahua”, forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea participar aportando información y fotografías para esta sección, será bienvenida ofreciendo el crédito de su aportación. Así mismo, si desea adquirir los libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas”, tomos del I al XIII, lo puede hacer en la Librería Kosmos o solicitarlos por Whatsapp 614148-85-03.